Un crucero de lujo

Un crucero de lujo

Escrito por Eva Fornet el 1 julio, 2016

Eva Fornet

15 publicaciones

Alzó la vista y divisó el crucero bajo un cielo que amenazaba una vez más con derramar radiación ultravioleta en las cabezas. La cubierta del barco brillaba al sol y tuvo que apartar la vista al sentir dolor en las pupilas. Era un día de diciembre más de un verano que duraba siempre diez meses y se extendía hasta Navidad. El cambio climático se había consumado y los días de la infancia cuando las Navidades se celebraban estrenando abrigos nuevos habían quedado muy lejos. El recalentamiento de la acera hacía que las imágenes vibrasen como si el mundo hubiese entrado en un microondas gigantesco. La nieve era algo anecdótico que a veces salía en las películas antiguas y que recordaba en su consistencia al polvo blancuzco que cubría las ciudades los días de tormenta. El autobús había dejado atrás campos de árboles muertos sepultados por el polvo y en breve llegaría al puerto donde el crucero esperaba a los pasajeros.

La mole metálica de siete pisos lanzaba al cielo su humareda negra por la chimenea. Algunos pasajeros se asomaban a los balcones del crucero como hormigas minúsculas en un hormiguero prefabricado. El barco era tan enorme que costaba no asombrarse ante su insultante grandeza. Pedro vio desde la ventanilla a dos guías turísticos vestidos de rojo que hacían señas con la mano al chófer de autobús. Llevaban unas paletas de plásticos azules con números blancos. El conductor los vio, murmuró unas palabras en polaco y aceleró en cuanto pasó la verja metálica del muelle, contradiciendo el gesto de alivio en su rostro por haber llegado cinco minutos antes de lo previsto, aparcando bruscamente dando un frenazo cuando tocó el bordillo, como si fuese James Dean midiendo los límites de la rebeldía, sólo que sin tupé rubio, sólo unos mechones lacios cubiertos de sudor que le caían a los lados. El frenazo supuso que algunos objetos que la gente había puesto en el hueco para los equipajes de mano se cayeran con tan mala suerte que una bolsa llena de botellas se estrelló justo en la cara de una anciana rompiéndole las gafas. El chófer resopló ignorando que casi deja tuerta a una mujer, pulsó un botón que sonó a pedo fluido y la puerta se abrió. El  maletero lateral se abrió también con otro soplido y el conductor empezó a arrojar los equipajes al suelo, tan rápidamente que se le marcaron aún más los pegotes de sudor debajo de los sobacos. Cuando terminó de tirar todas las maletas al asfalto ardiente ante la mirada atónita de los jubilados volvió al autobús y arrancó el motor. En cuanto el último pasajero puso el pie en el último escalón del autobús el chófer cerró la puerta y pronunció unos gruñidos ininteligibles que se oyeron a través de los cristales cerrados. Los pasajeros oyeron unos lamentos sonoros como de una foca monje atrapada en una pecera y a continuación vieron como el chófer aceleró y salió del puerto escopetado casi llevándose por delante a un grupo de chinos que iban gritándose los unos a los otros.

Pedro se apoyó en las muletas y se agachó con dificultad para recoger la maleta. Los guías del crucero gritaron casi desgañitándose, ordenándoles que se pusieran en fila y que fueran preparando sus pasaportes. Pedro puso la maleta en el suelo y empezó a buscar su pasaporte en el bolsillo de la riñonera que llevaba. El pulso le tembló ante el nerviosismo de la prisa y empezó a dudar de si en realidad lo había traído. Al abrir el bolsillo vio que el pasaporte estaba allí junto a la foto de su mujer. Pedro suspiró aliviado mientras veía cómo un guardia de seguridad revisaba la documentación a la entrada de la casilla que daba paso al puerto. En un restaurante cercano un grupo de turistas japoneses hacía fotos a un perro salchicha mientras se reían.

Pedro se puso en la cola junto a los otros ancianos. Todos habían comprado el mismo paquete de vacaciones y estaban contentos de empezarlas, lo habían estado celebrando con risas festivas durante todo el trayecto desde el aeropuerto al barco. Una vez enseñaron los pasaportes y cruzaron la casilla del puerto siguieron a los guías que con paso veloz los dirigían hacia las escaleras del barco. Los guías, que en ese momento llevaban cada uno cinco paletas con números en las manos haciendo equilibrios para que no se les cayeran, indicaron que subiesen al barco lo más rápidamente posible ya que la salida estaba prevista en diez minutos. Avanzaron trabajosamente arrastrando los equipajes, intentando mantener el equilibrio agarrándose a las cuerdas de la rampa que los conduciría a un pasillo estrecho dentro del barco. Pedro dejó pasar a los demás para no entorpecerles el paso.

Al entrar en el claustrofóbico pasillo divisó a otra guía vestida de azul que ponía pegatinas con números a los pasajeros. Pedro se fijó en sus ojos fríos y en su sonrisa que no parecía una sonrisa de bienvenida sino una mueca. La chica pareció percatarse de que alguien había entrado en su alma así que estampó con un golpe seco la pegatina en el pecho de Pedro. Era el número siete.

Una vez en cubierta los guías les explicaron que les enseñarían el camino hacia el comedor. Pasaron innumerables pasillos y escaleras que parecían iguales, de hecho Pedro pensó que estaban pasando por los mismos sitios dos veces. Intentó hacerse sin éxito un mapa del recorrido en su cabeza. En los pasillos había máquinas dispensadoras de botellas de agua donde medio litro costaba cuatro euros. Pedro hizo cálculos y pensó que debía haber traído más dinero en efectivo. Eran casi las doce del mediodía y le extrañó que no hubiese comida en el bufé ni rastro de actividad de los camareros. Al fin y al cabo esta noche sería la cena de Navidad, la cocina debería de estar a plena actividad y en lugar de eso sólo se oía una cafetera hervir. Después de subir una escalera de caracol la guía de los ojos azules les dejó justo donde empezaba un pasillo estrecho. Otra guía se les unió mientras la de los ojos de estalactita se despidió del grupo.

Al fin les acompañaron a sus camarotes y les dieron una llave de plástico. Cuando Pedro abrió la puerta del suyo no tuvo más remedio que sentarse en la minúscula cama para recobrar el aliento después de haber seguido corriendo a los guías durante un tiempo que no pudo precisar. Puso la maleta y las muletas en el rincón del camarote que por el tamaño y la forma parecía una pecera. Miró por la ventana y sólo vio un pasillo interno sin luces. Supuso que le había tocado un camarote interior desde donde podía oír el motor del barco. Puso la oreja en una de las paredes metálicas y oyó la vibración de los motores quejándose como si le dolieran los tornillos y vomitaran tuercas. Después de haber escuchado durante un rato el lamento de las entrañas del barco abrió la maleta y puso la foto de su mujer encima de una tabla que hacía las veces de mesilla de noche.

Pensó que era un camarote un poco extraño para haber pagado por él trescientos euros que costaba una semana de crucero por los fiordos noruegos subvencionados por el estado. No mediría más de cuatro metros cuadrados y era un milagro que cupiese una cama. En la agencia de viajes del centro comercial le habían convencido de que lo ideal era hacer un crucero por lo menos una vez en la vida y qué mejor oportunidad que aprovechar esta oportunidad estatal en estos tiempos de crisis y penurias. Pedro pensó en si alguna vez había vivido un tiempo sin penurias y aceptó la propuesta después de que le hubieran descrito los maravillosos paisajes que iba a poder ver, después de que le contaran maravillas del crucero y del trato de lujo que iba a recibir por ser uno de los primeros jubilados que compraba el paquete vacacional navideño. Piénselo, dijo la agente de viajes, poder celebrar la Nochebuena con una cena de lujo rumbo a los fiordos noruegos junto a otros jubilados como usted que están viudos y sin cargas familiares. Pedro se dejó llevar por la emoción de hacer algo que nunca había hecho en la vida y se imaginó un árbol de Navidad gigante y una mesa enorme con delicias navideñas de su infancia. Quién sabe, quizás tendría suerte y podría conocer a alguna viuda que se sintiese tan solo como él. Así que compró el paquete vacacional a pesar de que su intención al entrar en la agencia había sido reservar un fin de semana en un balneario para aliviar las dolencias de sus piernas. Al fin y al cabo nunca antes se había ido de vacaciones. Había tenido la desgracia de nacer después de la crisis del 2001 cuando los trabajadores se hicieron desechables. Sus padres le contaron que sus abuelos fueron los últimos privilegiados en tener salarios estables en empleos fijos, lo cual le parecía un bulo, pero algo de verdad tenía que tener la leyenda cuando sus abuelos fueron los últimos miembros de la familia que había podido tener una casa en propiedad. Suerte que después de jubilarse había tenido derecho a una habitación de alquiler estatal y a una pensión de seiscientos euros con bono de comidas diario. Otros jubilados sin derecho a pensión habían acabado en la calle hasta que desaparecían sin dejar rastro. En realidad hacía tiempo que había perdido la vista a todos los compañeros de trabajo. No es que hubiese hecho muchos amigos en las empresas en las que había estado, al fin y al cabo todos los días laborales de su vida había temido por su vida puesto que la competitividad para mantener el puesto era despiadada e incluso se daban casos de asesinatos entre trabajadores. Fueron tiempos duros. Igual que los de ahora pero por lo menos ya estaba jubilado.

Alguien llamó a la puerta interrumpiendo pesadillas pasadas. Al abrirla se encontró otra vez con la guía de ojos azules. Se fijó en el brillo de sus dientes que hacían juego con el destello oscuro de diamante azul de sus ojos. La guía esbozó una sonrisa que le heló el alma por estar en contradicción con la inmovilidad de sus ojos. Le indicó que le siguiera para disfrutar de la piscina donde todos los pasajeros realizarían unos ejercicios acuáticos con un monitor. Pedro dijo que esperase un momento para encontrar el bañador y la guía respondió que no era necesario ya que en la piscina le darían uno. Normas del crucero, respondió mientras sonreía con una sonrisa helada que dejaba ver las blanquísimas estalactitas de sus dientes.

Pedro cogió sus muletas y avanzó por el pasillo siguiendo a la guía que iba llamando a todas las puertas para avisar al resto de pasajeros. Se fijó en la moqueta con motivos geométricos anaranjados y azules. Era como esa moqueta de aquella película tan antigua de terror, El Resplandor, sólo faltaba ver a un niño con un triciclo adelantándole. Delante la guía pisaba firmemente la moqueta con los tacones dejando pequeños agujeritos que desaparecían enseguida. Llegaron a la piscina donde cientos de jubilados esperaban vestidos con bañadores azules. Un guía entregó a Pedro el bañador azul y le indicó dónde estaban los vestidores. Al salir vio cómo la piscina estaba llena de ancianos, su carne flácida y pálida provocando el extraño efecto de parecer millones de pollos sin plumas a punto de ser hervidos en una sopa. Suspiró al mirar su propia flacidez y bajó las escalinatas de la piscina.

Una música pachanguera y repetitiva salió de los altavoces mientras que un animador con gafas de sol y cara hinchada de bótox empezó a dar grititos de entusiasmo. Su voz entraba por el micrófono que tenía conectado desde las orejas a la boca y se propagaba por medio de unos altavoces que de vez en cuando emitían un desagradable pitido estático, sobre todo cuando el animador se esmeraba con las notas agudas. Los ancianos de la piscina intentaban imitar los ejercicios del animador con más o menos éxito. Después de una hora de ejercicio los altavoces de cubierta anunciaron que todos debían pasar por las duchas colectivas masculinas y femeninas antes de entrar al comedor donde se les obsequiaría con una cena de Navidad de cinco estrellas.

Pedro salió de la piscina, recogió sus muletas del suelo y se puso en la cola para hombres. No entendía muy bien por qué todos tenían que ir a la vez a las duchas pero asumió que era por razones de tiempo. En la puerta les esperaba una guía que les pidió amablemente que dejaran las toallas a un lado. Al entrar notó en sus pies el frío de un suelo de cemento. Pasaron a una sala enorme sin separadores con duchas industriales colgando del techo. Pedro se estremeció ante la oscuridad y frialdad de la sala. Cientos de cuerpos de ancianos desnudos frente a él le recordaban imágenes del pasado, flashes de documentales de otras guerras antiguas que él no había vivido. Cuando la sala estuvo llena empezó a salir agua enjabonada de las duchas. Los suspiros de alivio se extendieron por toda la sala y el enfado inicial seguido por anticipación miedosa dio paso a risas casi infantiles ante el asombro de ver sus cuerpos desnudos y revitalizados después del deporte. Pedro se sintió extrañamente feliz y empezó a reír sin motivo. Sentirse tan bien era extraño y le entró más risa todavía al pensar que quizás el vapor de agua que salía de las duchas estaba mezclado con algunos polvitos mágicos. Después de unos minutos el megáfono sonó en la sala y una voz en off repetitiva indicó que se dispusieran en fila ya que en breve saldrían a un vestidor para ser equipados con trajes de gala para la cena.

Pedro se puso en fila junto a los demás. Una puerta pequeña se abrió al frente de la enorme pared de las duchas colectivas. Desde la puerta parecían venir sonidos industriales de máquinas y cadenas. Seguramente sería una sala cercana a los motores del barco, pensó mientras se imaginaba la suculenta cena de Navidad que le tendrían preparada. Una cena así en tiempos de crisis donde la comida escaseaba para todos era un lujo, especialmente cuando el hambre se había extendido por todos los países y el cambio climático arruinaba las pocas cosechas que salían adelante. Su estómago sonó y lo intentó acallar tragando saliva. Pensó en un árbol de Navidad decorado como cuando los abetos existían de verdad y la gente los compraba en las plazas para después tirarlos a la basura cuando el tiempo de las festividades acababa. Si la gente hubiese sabido que pronto los abetos desaparecerían del planeta los hubiesen intentado plantar en su jardín, pensó mientras seguía sin poder controlar la risa.

Pedro cruzó la puerta. Ante sus ojos no se veía ningún vestidor ni ningún traje de gala. En su lugar se abría una sala enorme de despiece donde operarios vestidos de blanco con mascarillas preparaban bandejas de carne como las que se veían en los supermercados. A su derecha la guía de ojos azules les dijo que se sentaran en la cinta deslizadora que los llevaría hacia el vestidor. A Pedro le entró la risa al pensar que quizás en breve formaría parte de esas bandejitas de carne que luego venderían en los supermercados.

Cuando desapareció detrás de una habitación de la cinta deslizadora todavía se reía. La guía terminó de contar comprobando que todos los ancianos habían pasado. Ciento cuarenta y ocho, puede empezar el despiece de desechos sociales, dijo en voz alta mientras los motores empezaron a rugir.

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos del cierzo para leer cuando no hace viento”

 

 

Eva Fornet

15 publicaciones

Autora del "Libro Definitivo de Antiayuda y Desmotivación", "Poemas para sobrevivir un día o dos","Alfredo Landa que estás en los Cielos",entre otros

Comparte esta publicación en

Comentarios

Be the First to Comment!

Recibir notificaciones de
avatar

wpDiscuz