Síndrome Diógenes Neuronal

Síndrome Diógenes Neuronal

Escrito por J.eSeKa el 26 julio, 2016

J.eSeKa

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Ayer fui a mi doctora de cabecera. Bueno, no es que fuese por ir, es que al cabo de dos meses de solicitarla, me tocó cita con ella. Dos meses son el tiempo suficiente como para que ya no dé importancia a según qué cosas y otras, tan recientes como inesperadas,  sean mi único foco de atención. O mejor dicho… la causa de mis desfocos de atención.

La Dra. Luna es una chica maja y simpática, con el pelo muy rizado y de color cobrizo; y en su cabello acostumbro a fijarme cuando entro en la consulta. Tanto blanco me lleva a imaginar que de la misma forma que es una consulta puede ser un quirófano o una sala de autopsias. Me da mal rollo. Para colmo, me tocó esperar. El móvil lo dejé en casa y para entretenerme no se me ocurrió otra cosa que darle palique a mi neurona hasta desquiciarla. Al cabo de media hora se abrió la puerta de la consulta 7 y mi doctora de cabecera vociferó mi nombre para que pasase.

– Cuénteme, ¿Qué le ocurre?

–  Cómo si yo lo supiese, ¿Por qué cree que he venido?

La doctora de cabello escarola confitada, sonrió.

–En mi estómago conviven unas mariposas y un alien y la verdad es que no lo llevo muy bien.

– ¿Perdón, qué ha dicho?

– Es la foto besándonos que nunca nos hicimos.

La chica se frotó los ojos como una mosca hace con sus patitas sobre su cabeza.

– Razonar es siempre tan difícil para mí…

– Comienzo a darme cuenta. A ver, siéntese en la camilla.

Mientras me dirigía hacia la camilla, me preguntó si había consumido alcohol o algún tipo de droga, espere a estar sentado para responderle, al girarme vi como buscaba algo en un cajón de la mesa.

–Si se refiere a drogas ilegales, no. Aunque, ¿Considera el desamor propio como una droga legal o ilegal?

Se levantó para dirigirse hacia mí, con esa pequeña linternita que utilizan los médicos en su mano derecha. Sin decirme nada, comenzó a buscar no sé qué en mis ojos, y yo a pesar si esa diminuta luz sería una especie de rayos x capaz traspasarme la cornea, la pupila y todo el globo ocular, con capacidad para llegar hasta mis neuronas y leerme los pensamientos. Sólo imaginar lo que podría llegar a ver y pensar de mí, me angustié.

–La hernia la tengo justo por encima del ombligo.

Tardó unos segundos en reaccionar…

– ¡Ah! Así que tiene una hernia– volvió a sonreír.

Tras indicarme que me quitase la camisa y me tumbase, preguntó si había tenido fiebre, diarrea,  vómitos y otras cosas más, a lo que a todo respondí que no; después fue palpando el vientre en busca de mi alien, mientras yo no dejaba de darle vueltas a lo que hubiese podido leer en mis ojos

– Dicen que a un cadáver se le ve la muerte en los ojos, ¿Qué le parece mi muerte, es bonita?

Supongo que esa pregunta fue la chispa que le hizo prender una mirada, entre desquiciante e inquisitiva, que penetró en mis ojos mucho más profundo que la linternita.

–Sr. eSeKa, he visto en su historial que padeció un episodio depresivo y traumático. ¿Cree que necesita ayuda ahora?–  traumático, dice. Vaya eufemismo para no decir intento de suicidio, pensé.

–No sé, ¿Ha visto algo en mis ojos?

A veces me sorprendo con la capacidad que tenemos los humanos para cambiar igualmente de rápido de pensamientos como de tono de mirada. La doctora Luna suspiró con la mirada.

–Espéreme unos minutos, enseguida  vuelvo–  dijo antes de salir por la puerta  de la consulta 7.

El tiempo es absurdamente contable cuando nada depende de él, así que no sé cuantos minutos pasaron hasta que volvió a abrirse la puerta. Yo continuaba inmiscuido en mis desordenadas chaladuras cuando una mujer, de pelo castaño claro tan alborotado como mis pensamientos, se sentó delante de mí. Debo reconocer que si no llega a ser porque mi atención no iba media neurona más allá de mis atolondrados skypercios, hubiese reparado en su altura, sus anchas caderas con curvas hipocondríacas, el sugestivo  escote que hacía casi imposible esquivar que la vista de cualquier hombre se fijase en sus bonitos pechos, si es que acaso alguno conseguía escapar primero de su maniatante mirada y, después, de unos labios que ni con escarpa y martillo me desaferrarían de ellos. En fin, como digo, no se dio el caso de que me fijase en ningún detalle de aquella mujer con gafas de sheriff americano y pendientes de aro, que dijo llamarse… ¡Vaya! ni de su nombre me acuerdo.

– ¿Cómo se siente, sr. eSeKA?

– ¿Cuándo, ahora, o cómo me sentía hace cinco minutos, o hace una hora?

–Ahora mismo, ¿Qué está pesando?

– Que esta noche a la luna le toca continuar llenándose y yo, sin embargo, continuaré vomitando vacíos, deshechos de mi cara oculta, retazos de alma que jamás tocarán luz, vestigios de lo que nunca quise hacer y permanecen encadenados a mi sombra. Que me persigo a mí mismo, desde voces del pasado, desde recuerdos que me llevan a dudar de mí, de quien soy hoy, de quien tal vez nunca seré mañana. Mis ramas buscan oxigenarse y dar frutos, pero mis raíces se extienden por debajo de la tierra, como sogas que me anudan a un lugar que no me pertenece; que es yermo, estéril, inocuo. Y yo deseo ser un Ent de Tolkien y desplazarme hasta el bosque de mi alegría, sin que nada ni nadie me lo impida.

Tras este brote de entelequia neuronal, ambos quedamos en silencio. Supongo que ella intentado comprender algo coherente de lo que yo había dicho, y yo intentando entenderlo. A secas.

– Comprendo– creo recordar que lo dijo con un todo de voz convincente– Medite bien la respuesta de la siguiente pregunta, ¿Cuál de esas raíces es la que más le aferra a esa… a ese viaje hacia su bosque?

Contesté rápidamente…

– Un duelo de pistolas lanza-palabras– y antes de que ella pudiese preguntarme a qué me refería, continúe explicando–. El dolor no siempre sabemos digerirlo con dignidad y a veces necesitamos devolverlo sin tan siquiera haberlo llegado a tragar. Y yo que de impulsivo tengo tanto como falto de serenidad en según qué momentos, puede imaginarse. Total, que sí, que mi impulsividad me crea más problemas que buenas decisiones me hace tomar, aunque reconozco que además también necesito una buena poda de ramas.

–Usted lo que necesita es un injerto de cordura. Es broma, no se lo tome a mal, y… entonces…

Aproveché esos segundos de vacilación que tuvo la doctora X:

– Sí, sí, si tiene razón, necesitaría un injerto de cordura. ¿Usted los receta?

–Puedo darle un manual de cómo hacerlo, pero sin semillas, ni receta.

–Entonces es psicóloga ¿Me equivoco?

–Veo que aún tiene algo de razonamiento. No está todo perdido. ¿Cree que necesita algún antidepresivo?

Esta vez sí que medité la respuesta:

–No. Aunque no le parezca, mis luces son como las de un árbol de navidad. Se encienden, se apagan, cambian de colores, parpadean y bailan al ritmo de mi estado de ánimo. Además, cuando se vuelven muy convulsas, aprendí a manejarlas. Basta con cerrar los ojos y regresar al último lugar que me ha hecho creer en mí.

– ¿Puedo preguntarle cuál es ese lugar?

–Al último lugar me llevó una de esas raras veces que un impulso te hace tomar una buena decisión…–Se me pararon las luces. Quedé en silencio y sin poderlo evitar cerré los ojos– ¿Sabe? Es que fuimos capaces hasta de desnudar nuestras lágrimas, nuestra parte más vulnerable, en nuestra primera cita; y eso no se hace con cualquiera…

Volví a quedar en silencio, pero la psicóloga parecía esperar que yo continuase hablando.

–…Y eso dice mucho de cuánto y cómo te hace sentir esa persona. Esa, porque era esa persona y no otra, porque nadie antes te hizo sentir que podías despojarte de cualquier miedo, tabú, prejuicio, vergüenza, la primera vez que nos veíamos desnudos. Porque hacer el amor con ella era distinto. Era una reyerta por ver quien se entregaba y complacía más al otro. Una reyerta a veces sutil, frágil, pasional y otras barriobajera y sucia, sin leyes ni contemplaciones, en las que las bocas o besaban, o jadeaban o engullían el sexo del otro, o decían palabras soeces que conseguían excitarnos más, o reíamos. Es que hasta eso. Éramos capaces de pararnos a reír mientras follábamos, y luego continuar o ponernos a hablar, y después comenzar de cero otra vez. Y volvían los besos con cadencia, y a sentir como sólo con su mirada era capaz de empalmarme. A mis pupilas les costaba renunciar a dejarse follar por los suyas pero mis labios necesitaban de su cuello, de sus pechos, el vientre, los muslos y al llegar a su entrepierna me daba cuenta de que todo lo que mi boca había recorrido hasta llegar ahí, no era más que un ritual necesario antes saciar mi adicción por el flujo de su orgasmo. Mi alma estaba enganchada al jugo de sus entrañas, y succionaba todo cuanto ella me concedía mientras agitaba su pelvis como queriendo vaciar en mi boca todo cuanto tuviese dentro, hasta que escuchaba un”Penétrame”. Daba igual la postura que yo lo hacía despacio, queriendo sentir con mi pene cada terminación nerviosa de su vagina; me agitaba poco a poco, entrando cada vez un algo más. Pero enseguida me pedía más, y más; yo comenzaba a sentirla mía, me desbocaba dentro de ella; el calor de su flujo aumentaba. Con la mirada me pedía más, y más…; notaba mi verga inflarse y palpitar, las pelvis sacudirse y las sábanas empaparse de la carnicería con la que ejecutábamos nuestros sexos. Y más, y más, y más…, y todo se volvía frenético, calórico, iridiscente; los labios, las manos, las caderas, las piernas entrelazadas, el sudor, mi polla, su coño, las almas, las pupilas. En las suyas podía adivinar cuando le llegaba el orgasmo; y más, y más, y en ese momento sabía que si era capaz de hacerla correrse, podría conseguir cualquier cosa que me propusiese. Sacaba las fuerzas y el aliento que aún me quedase, y más…y más, y más… A veces sentía su sexo como un crisol capaz de fundir el mío aunque fuese de cristal; otras me resistía a derramar mi orgasmo, como si el correrme supusiese el fin de nuestra historia y de creer en mí.

Abrí los ojos. Entonces descubrí que el techo de una consulta acostumbra a ser igual de blanco que el resto de todos los techos. Ya sé dónde mirar cuando vuelva a agobiarme en una consulta. La psicóloga X me miraba. La Dra. Luna también. Debió entrar mientras yo exponía mi herramienta antidepresiva. Ambas se miraron. Yo a ellas. Los tres silenciábamos. Me incorporé de la camilla hasta quedar sentado en ella.

–Y bien…– rompió el hielo la Dra. Luna.

– ¿Hay algo más que ahora quiera decirnos?–me preguntó “X”. Yo negué con la cabeza– Uf, yo qué sé Luna. Creo que no necesita de terapia por mi parte, pero si usted en algún momento cree necesitarla, no dude en venir.

–Lo tendré en cuenta, gracias.

Mi camisa aún tenía los botones desabrochados y me propuse no salir de la consulta descamisado. “X” se disponía a salir por la puerta, cuando la  Dra. Luna que acaba de sentarse delante del ordenador a escribir no sé qué, le preguntó:

– ¿Pongo algún diagnóstico tuyo en su ficha?

“X” me miró sonriendo.

–Síndrome de Diógenes Neuronal, ponle.

–Entonces lo mío es más grave de lo que pensaba. Creo que si promete hacerme terapia con esa sonrisa, tendré remedio. Deme cita ya.

–Bueno, se estudiará la petición, debido a su recomendación–me respondió antes de dirigirse a Luna– ¡Ay, chica! Lo cuenta todo tan bonito que da hasta pena quitarle lo que tiene ahí dentro. No apuntes nada, Luna– se despidió saludando con la mano y marchó.

Su sonrisa también es blanca. Muy blanca. Como el techo y los azulejos de las consultas o de las cocinas, como la bata de los médicos y sus zuecos, como el fondo de los papeles de las recetas, las columnas del ambulatorio, la nieve, el destello de las estrellas o el de las neuronas, y del mismo color que las bolsas de basura en las que almaceno mis recuerdos, para no desprenderme de ellos. Sí, la sonrisa de la psicóloga X también es blanca. O eso creo recordar…

 

 

 

J.eSeKa

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Escritor a pensamientos parciales y vampiro anacoreta a tiempo completo. Los fines de semana hago extras como florero de habitaciones en hoteles de altas perversiones.

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