La escritura es lo último que se pierde. Parte II

La escritura es lo último que se pierde. Parte II

Escrito por Pablo Rompe el 22 junio, 2016

Pablo Rompe

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Escena uno: Cerdos.

Son las diez de la mañana y Carmina se abre una botella de vino que tiene escondida para que su marido no vea como mengua, ya ha llevado a sus dos niños al colegio, los trae de vuelta una vecina, su marido se fue a trabajar y no volverá hasta la noche, ella rellena su vaso y se sienta metiendo sus pies en la piscina.
Algún malpensado podría pensar que lo tiene todo, una familia feliz y acomodada, el amor correcto de un hombre correcto, la comodidad de una lujosa casa, el amor incondicional hacia sus hijos, pero aunque os cueste creerlo, la felicidad no es un organigrama perfecto que se puede colgar en la nevera, la felicidad y la tristeza son metralla que se instala en nuestros huesos cuando la vida te explota en la cara.
Y para escapar de aquella vida por unos momentos, hablaba por chat con un chico, un chico que escribía cosas que ella quería sentir alguna vez, ella se hacía llamar Infierno y él, Espantapájaros.

Infierno: ¿Estás despierto?

Espantapájaros: Joder, son las diez de la mañana, claro que no estaba despierto.

Infierno: Ja, ja, te jodes, te necesitaba.

Espantapájaros: Bueno, has tenido suerte, me he levantado con ánimo erecto y listo para ti.

Infierno: Ja, ja. No es para eso, cerdo, sólo quería hablar un rato y darte los buenos días.

Espantapájaros: Bueno, yo puedo empezar por mi cuenta mientras tú me das los buenos días. Ya que me has despertado, qué menos que aprovecharlo. ¿Ya se han ido todos de casa?

Infierno: Sí, iré al gimnasio esta tarde y no tengo nada más que hacer.

Espantapájaros: Conociéndote, estás con los pies en la piscina bebiendo ese vino que le escondes a tu marido. Como me escondes a mí.

Infierno: El vino y tú sois lo que me mantiene cuerda. Me sacáis de la estabilidad.

Espantapájaros: Somos la locura que te mantiene cuerda. Suena bien.

Infierno: Y tú, ¿cómo estás? ¿Sabes algo de tu ex?

Espantapájaros: Sí, que ha borrado mis huellas, y que no quiero hablar del tema.

Infierno: Conociéndote, eso te habrá sentado muy mal, siempre dices que lo único que quieres es dejar huellas, con lo que escribes y haces…

Espantapájaros: ¿Te importa no hablarme de cómo mi ex ha borrado todo de mí mientras me hago una paja pensando en cómo te follaría en la ducha contra la pared mientras te digo: «Joder, te amo, puta, cómo me gusta follarte»? ¿Es mucho pedir?

Infierno: Ja, ja. ¿En serio te estás tocando mientras estamos hablando? No tienes remedio.

Espantapájaros: Es el precio que pagar por despertar a alguien: hacer que se corra.

Infierno: Pues espero que tus padres no te despertaran mucho cuando vivías con ellos.

Espantapájaros: Y se acabaron las pajas matutinas para siempre, acabas de joder algo muy bonito, que lo sepas. Qué puto asco me acaba de dar.

Infierno: Ja, ja, era para que pararas y me hicieras caso.

Espantapájaros: Pues casi haces que vomite, enhorabuena, estoy bien, no necesito hablar de cómo me siento, no necesito que nadie lama mis heridas, ni un «Todo irá bien», «De todo se sale» y un «Te mereces algo mejor». Toda esa mierda ya la sé, sólo quiero puto silencio y que nadie se acerque a mí, la única razón por la que hablo contigo es porque hay distancia, he estado demasiado cerca de todo, de la felicidad, del amor, de los buenos días sonriendo a los vecinos, de no molestarme por nada porque había algo que me protegía… Y me ha destruido, ahora sólo quiero distancia, creo que me la merezco.

Infierno: Tienes que encontrar a alguien que quiera lo que ofreces, las mujeres somos muy pragmáticas, es la verdad, tienes que preguntarte: ¿Tú qué tienes que ofrecer? ¿Son acaso tus letras y tus manos suficientes? ¿Pueden tu sentido del humor o tu empatía conquistar día a día a alguien?

Espantapájaros: Soy quien soy, no necesito ser más, no necesito tener dinero y poder para que alguien se tenga que fijar en mi jodida persona, no quiero a esa persona, soy feliz estando solo, no necesito a nadie, no necesito impresionar a nadie, soy quien soy, hola, encantado de conocerte, éste es mi pecho, dispara, ése es mi estilo, es mi forma de vivir, y no puedes cambiar quien eres, puedes disimularlo muy bien para conquistar coños y pollas, pero no soy así, voy hasta las últimas consecuencias, y sí, siempre acabo con la metralla en mis huesos, pero con la conciencia limpia, y no hay mayor victoria que ésa.

Infierno: No lo has entendido, el dinero sólo lo utiliza la gente que no tiene otra cosa que ofrecer, no hablo de eso, el poder claro que excita, a quién no le atrae el poder de una persona; pero eso no tiene que ver con tu posición social, sino de persona, y cuando tienes ese poder y lo cedes, hace a cualquiera bajarse los pantalones.

Espantapájaros: Entonces, ¿cuál es mi problema? Joder, entiendo que es difícil estar con una persona como yo, no es fácil, no soy fácil, pero cuando me abren los brazos entiendo que ya saben lo que tienen que esperar de mí, y qué les gusta, pero después intentan cambiarte y cuando no pueden te cambian por otra persona, eso es lo que yo entiendo. ¿Qué entiendes tú?

Infierno: El problema es que yo te entiendo demasiado, entiendo la sensación vacía con la que te quedas si lo das todo y te dejan con nada, entiendo que tu mente no asimila el dolor como el resto de mortales, entiendo que te acompaña y que sólo sabes distraerlo pero no hacer que huya, entiendo incluso que te gusta estar jodido porque no sabes ser feliz sin escribir, y que eso te va a acompañar siempre; pero quiero que entiendas que la gente como tú y como yo estamos hechos para pelear, y si es la felicidad a quien debemos matar no habrá piedad, y si es a la tristeza, tienes que ser igual de letal y apretar el gatillo sin titubear. ¿Entendido?

Espantapájaros: Es cierto… Creo que tengo un problema…

Infierno: Es bueno que lo admitas…

Espantapájaros: No, me refiero a que tengo un problema porque todo ese dolor que has recreado para mí me ha puesto cachondo de nuevo…

Infierno: Ja, ja. Sí, tienes un problema, eres un cerdo.

Espantapájaros: Oh, sí, dime cerdo cuando me vaya a correr…

Infierno: Llámame puta al oído cuando yo lo vaya a hacer.

Espantapájaros: Somos unos cerdos, nos pone el dolor.

Infierno: Y gracias a que lo somos gozamos hasta cuando nos hunden en el barro.
Escena dos: Te quiero más que a Anagrama, como declaración de amor definitiva.

David apagó todos los dispositivos que le conectaban al exterior: móvil, ordenador, wifi… todo al carajo. Se encerró durante meses sin que nadie supiera de él, casi no comía, y cuando David no tiene ganas de engullir hay que llamar a un loquero.
Él quería huir a México, allí había una mujer a la que quería más que a Anagrama, pero como no era posible, aún, siguió con Anagrama un tiempo, se consumía junto a los días. Un día que decidió ducharse, se puso unos pantalones que se le caían; sus amigos tocaban a la puerta, preocupados, no abre. Puto cabrón egoísta.
Los martes le tocaba darse cabezazos contra la pared, pero como ya no sabía en qué día existía, lo hizo sin más, sin saber que era miércoles, y quizá por saltarse la norma en su calendario, alguien al otro lado de la pared le respondió a sus encontronazos de la pared con su cráneo.

Vecina: Eres el loco de la puerta de al lado, ¿verdad?

David: ¿Así me llaman?

Vecina: Es lo más dulce que he escuchado que te llaman.

David: Ja, ja. Bien.

Vecina: Ya no te tocan a la puerta tanto como antes. Siempre había mucho alboroto fuera, no me dejaba estudiar a veces.

David: Supongo que los he cabreado y ya me dan por perdido.

Vecina: Y ¿qué haces ahí solo todo el rato?

David: Leo libros de Anagrama.

Vecina: Bueno, si eso te hace feliz…

David: El día que no me haga feliz, te lo digo desde ya, méteme en un manicomio.

Vecina: Ja, ja. Te tomo la palabra encantada.

David y su vecina comenzaron a hablar varias veces por semana, a veces él no estaba de humor, pero ella le alegraba, consiguió incluso arrancarle sonrisas esporádicas de su seca cara, poco a poco se fueron haciendo más cercanos. David comenzó a comer más, ya llenaba sus pantalones, seguían hablando pared con pared. No dejaba a nadie entrar, no quería volver a ser débil, a ser expuesto, ella le insistió, pero a él le daba vergüenza que le vieran así. Comenzó a hacer flexiones, a ducharse todos los días, hasta que un día estaba listo para abrirle la puerta; ella entró, y todo fue bien por un tiempo, tanto, que consiguió sacarlo a la calle, la luz le molestaba al principio, pero se hizo dueño de esos rayos para regalárselos a ella.
Pero un día sin saber por qué, ella le habló desde el otro lado de la pared, para decirle que se acabó, que se mudaba y que nunca más volvería a saber de ella, que amaba a otra persona. Y se fue.
David se quedó en la habitación, se había acomodado y ahora el dolor era más grande, se descuidó, y ahora no había libro que lo curara…
Le dolía el abandono, sí, pero lo que le hizo saltar desde la azotea de su quijotera fue saber que todas las letras, los actos que le había entregado a ella, no significaban nada, porque ella lo había quemado todo sin mirar atrás. No podía soportar que le pasara otra vez. Y él se había quedado con sus libros de Anagrama, hasta que por miedo a que también le hicieran daño… Explotó.
A los meses, debido al olor a muerto que desprendía su casa, la policía entró a la fuerza. Al entrar lo vieron tirado en el suelo, rodeado de vómitos, con un montón de hojas degolladas a su alrededor. Se lo llevaron de allí.

Policía: Está vivo pero, joder, ha destrozado todos sus libros de Anagrama. Una persona así no puede estar cuerda, lo tienen que encerrar en un manicomio, lo llevaremos allí.

Escenario tres: Quédate con el infierno que te haga ver el cielo.

Carmina estaba muy preocupada, sus días solitarios en su casa mientras todos estaban fuera se acumulaban, y Espantapájaros había desaparecido, llevaba meses y meses sin saber de él, ya no tenía a nadie con quien hablar en sus solitarios días de vino y apatía, y si no era él, no era nadie.
Visitaba cada día dos o tres veces el blog en el que él escribía, Las pajas del espantapájaros, pero no había noticias suyas, no era normal, no era normal que no escribiera, y que abandonara todo lo que ama, y después de mucha desesperación e incertidumbre, fue a su ciudad: dejó una simple nota, pegó un último trago y se fue a buscarle, sólo para saber que estaba bien y después volver, si le dejaban volver.
Buscó e investigó, no conocía mucho más de él, de dónde era y en qué zona vivía y poco más, preguntó a vecinos, llamó a hospitales, nadie sabía de él, y cuando estaba a punto de perder la esperanza y gritar su nombre por las calles como una loca, «¡Espantapájaros! ¡Espantapájaros!» se le ocurrió la idea de buscar en las noticias locales, y entonces lo vio: «Hallan moribundo a un demente que destrozó libros de Anagrama con sus manos. El individuo se hace llamar Espantapájaros y está ingresado en el manicomio de la ciudad. El policía aseguró que aunque no era una amenaza para nadie, ya que es tan egocéntrico que sólo era capaz de hacerse daño a sí mismo y por eso acabó con lo único que le quedaba, el brutal crimen que cometió al asesinar lo que más quería merecía una intervención urgente».

Carmina entonces elaboró un plan para sacarle de allí, sabía que allí no era donde debía estar, que allí lo intentarían adoctrinar, dominar, y que eso le acabaría volviendo realmente loco, pero él nunca podía saber que Infierno le ayudaría, porque soñaba con volver a su vida y que todo siguiera igual. Sin un romántico final, ni una historia valiente que contar, sólo ayudar, como él le había ayudado a ella.
Se internaría en el manicomio y se las arreglaría para escapar de allí con él y, para eso, la primera parte del plan era hacerse la loca, y eso se le daba de miedo.

Director del manicomio: Usted, entonces… ¿quiere ingresar voluntariamente? No sé si se da cuenta de que ésta es una institución que trata con gente peligrosa, si usted tiene alguna crisis le recomiendo que vaya a algún psiquiatra, pero no me haga perder el tiempo. Nosotros nos especializamos en gente peligrosa para sí misma o para la sociedad.

Carmina: Yo soy peligrosa para la sociedad, si no me interna ahora mismo, hay mucha gente que lo sufrirá, incluido usted.

Director: ¿Incluido yo? Mire, no tengo tiempo para paranoias o amenazas baratas, si es tan amable…

Carmina: No lo entiende, ¿verdad? Soy una mujer fuerte, independiente, incapaz de conformarse con lo que tiene, que quiere lo que no tiene y una vez lo tiene no lo quiere. Intentan domarme como a un caballo salvaje, hombres misóginos como usted, sí, como usted, me ven y me desean y quieren cambiarme, quieren encerrarme en su establo y alimentarme y cuidarme porque eso se supone que es lo que un hombre debe hacer con una mujer, pero yo no quiero eso, está en vuestro ADN someternos, hacernos ver que somos vuestras y de nadie más, y os volvéis locos y niños pequeños cuando veis que no podéis, que somos libres. Soy un peligro, ¿no lo ve? Debe encerrarme o acabaré con vuestras patéticas y débiles mentes, y la de usted también, porque he visto cómo me miraba al entrar, cómo deseaba POSEERME contra la mesa, y no le dejaré, no le dejaré tocarme, ni ser suya ni de nadie, y vendré aquí cada día hasta que o usted se vuelva loco o me encierre. Esta sociedad no está preparada para una mujer como yo, vais de liberales pero sólo sois una careta para que confiemos en vosotros y nos arropemos en vuestros brazos, para hacernos sentir cómodas, pero sólo queréis triunfar en algo, en cada una de nosotras. ¡Y conmigo no pueden y os volveré locos! ¡Enciérrame! ¡Enciérrame o te volveré loco también!

Y la encerró. Utilizó sus armas y atacó en el flanco más débil de la psique humana, la inseguridad ante algo que no puedes controlar, ahora sólo tenía que averiguar cómo pasar al pabellón de los hombres y cómo sacar a Espantapájaros de allí.
Y para ello se dijo a sí misma: «¿Qué haría Espantapájaros para salir?»
Y tras darle muchas vueltas y repasar sus largas conversaciones, sus escritos, su macabro sentido del humor, lo vio. Fue hacía uno de los enfermeros y le dijo que se la chuparía, le metió en el cuarto donde guardaban las drogas y allí cogió una jeringuilla con somnífero y se la hincó en la pierna, le cogió las llaves del coche y fue a por el guardia, le hizo lo mismo, prometerle una mamada que nunca llegó a ser. Se metió en el pabellón de hombres y se dispuso a buscar a Espantapájaros, y entonces lo vio, lo vio haciendo lo mismo que antes había hecho ella, prometer mamadas para luego inyectarles somníferos y dejarles KO. «Acerté y pensé como el, qué cerdos somos», se dijo. Corrió hacia la puerta y cogió el coche, para recogerle cuando él se escapara y poder llevarle de vuelta a casa… Para que pudiera seguir escribiendo, para que pudiera seguir dejando huella.

 

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