Dry Martini

Dry Martini

Escrito por Nino Medaglia el 8 junio, 2016

Nino Medaglia

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Sentada en la terraza de un bar cualquiera en la ciudad de las heridas abiertas, expuestas al sol, se encontraba ella. Había llegado media hora antes de la cita prevista. Ese día se lo había tomado con calma y decidió hacerlo todo según lo planeado. Llevaba un vestido estrecho beige, de los que se ajustan a las caderas y bajan hasta cubrir las rodillas, donde un bonito sol tatuado en el gemelo brillaba sobre unos tacones de doce centímetros que la elevaban a lo más alto de su autoestima; eso, y un sinuoso escote por el que se entreveían unos generosos pechos y entre ellos un trébol de cuatro hojas colgando de una fina cadena de oro blanco. Se había pintado los labios del color rojo de las noches negras y sobre su fina nariz reposaban unas amplias gafas de sol que le permitían mantener su mirada en el anonimato.

Mientras se llevaba a la boca un cigarrillo, el camarero depositó sobre la mesa un Dry Martini con bastante torpeza. Al chico se le notaba bastante nervioso y retraído. Le costaba mirarla a los ojos, ya que en ellos solo encontraba la estoica mirada de unos cristales negros que fumaban con acritud, por lo que directamente le miraba los pechos.

Habían pasado unos diez minutos cuando él apareció. Lo reconoció por su peculiar manera de andar, engreída e impertinente y con esa manía de arrastrar los pies. Llevaba unos vaqueros slim fit desgastados, botas de cuero y una camiseta básica negra de manga corta, por los que se dejaban ver unos tatuajes maorís que le cubrían ambos brazos. Llevaba el pelo alborotado, pero de algún modo daba la sensación de que se había peinado de esa manera a propósito. Se estaba llevando a la boca la aceituna del Martini en el momento en que tomó asiento. Lo observó a través de sus cristales largo rato mientras jugaba con la aceituna en el interior de su boca, y no supo si era la calor del lugar o quizá el efecto del alcohol, pero comenzó a sentirse bastante excitada al tenerlo tan cerca, tan próximo y tangible, y sentado frente a ella. Si alargaba la mano podría tocarle los musculosos brazos y pasear su dedo por encima de sus tatuajes. Estaba deseosa de hacerlo. Lo tenía justo enfrente y pudo diferenciar una lujuriosa y pícara sonrisa. La aceituna cayó al suelo a consecuencia de haberse mordido el labio. Quería abalanzarse sobre él.

Se conocían desde hacía unos nueve años, y fueron pareja durante seis. Una relación tóxica para ella, llena de discusiones, enfados, infidelidades, mejillas moradas y puños cerrados sobre la alfombra del suelo intentando barrer lágrimas de sufrimiento. Cuando al fin consiguió ser libre y deshacerse del causante de tantos de sus llantos, desapareció y nunca hizo intento alguno de contactar con ella. Casi tres años después, se lo encontró en un centro comercial. No lo reconoció de primeras ya que había adelgazado bastante, ganado músculos, y cambiado en apariencia. Ahora se había convertido en un hombre atractivo. Su primera reacción al verlo fue la de huir, pero se quedó ahí observando cómo la saludaba. Algo vio en sus ojos y notó que no era el mismo, y así fue. Su mirada, sonrisa y tono al hablar ya no eran los mismos. Había algo dentro de él que había cambiado, se había arrepentido, castigado y había renacido sobre su propia vergüenza como hombre. Charlaron un rato y se intercambiaron sus números de teléfono. Mantuvieron conversaciones por mensajes siempre a escondidas de sus respectivas parejas, se contaban sus problemas y fantaseaban con viejos momentos. Los pocos que alguna vez fueron buenos. Sus respectivas vidas sentimentales no iban muy bien, y la sexual estaba de capa caída, por lo que los mensajes cada vez eran más atrevidos y lenguaraces hasta el punto, que decidieron quedar para charlar en persona. Ésta era la quinta vez que quedaban para tomar algo y charlar. Siempre que quedaban acababan coqueteando, ella lo cautivaba, lo seducía y persuadía pero dejaba en ese punto la cosa. Volvía a casa. Esos días dormía feliz. No follaba pero le hacía tremendamente feliz calentarle la polla a su ex. Su marido no sospechaba nada y mucho menos hacía por tener sexo con ella. Pero ya iban seis veces las que quedaban y ella cada vez tenía más ganas de follárselo.

Estaban sentados uno frente al otro como siempre hacían. Hacían su típica ronda de preguntas banales y pedían de beber, ella Dry Martini y él, Ron con limonada. A medida que hablaban y bebían se iban acercando el uno a el otro cada vez más. El calor era insoportable, el hielo del Martini se consumía rápidamente, el joven camarero ya no sonreía al traer las bebidas y cada vez que él se pasaba la mano por el pelo, ella se le antojaba cada vez más tirárselo ella misma mientras imaginaba que le metía la lengua hasta lo más hondo de su boca. Las anchas gafas de sol miraban desde la mesa cómo el humo del cigarrillo ascendía por encima de los balcones hasta perderse por las cornisas donde las palomas observaban a aquellos dos individuos mirarse y jugar a inventarse un lenguaje que se escribe con las manos sobre la piel.

De repente apoya sobre la mesa la copa casi vacía a la que le quedaba un último sorbo, de los que saben a tiempo que se acaba y no se detiene. En el fondo de la copa reposaba una pequeña aceituna verde, se la llevó a la boca, jugueteó con ella entre sus dientes un poco, antes de desaparecer por su garganta. Nota el fuego en la mirada de su ex, sabe que está excitado y que probablemente los pantalones le aprieten en la entrepierna, y por primera vez desde que empezaran a quedar, siente un repentino impulso de sentarse a horcajadas sobre él, se siente indómita, y siente la necesidad de follárselo, la necesidad de ser empotrada por ese hombre de un metro noventa musculoso, que años atrás había sido un rudo saco de grasa y un maloliente hijo de puta.

Se despidieron y ella volvió a su casa. Cuando entró por el recibidor vio a su marido sentado sobre el sofá viendo la TV mientras se tomaba un Dry Martini. “Qué extraño” pensó, era la primera vez que lo veía tomando alcohol. Seguía sintiéndose excitada por el día que había tenido, estaba exageradamente libidinosa y lasciva. Se acercó a su marido por detrás y le chupó la oreja, le quitó la copa y bebió todo de un trago. Al sentir el cálido licor bajar por su garganta volvió a sentir todas esas sensaciones que había sentido aquella misma tarde en la terraza de aquel bar. Rodeó el sofá y se situó delante de su marido, se postró entre sus piernas y comenzó a desabrocharle el pantalón. Bajó la cremallera y sostuvo la polla de su marido mientras lo miraba con lascivia y diversión. Recogió el vaso de la mesa y sacó la aceituna del fondo del vaso y se la metió en la boca. La saboreó un poco, antes de meterse la polla de su marido en la boca y chupársela de manera que no recordaba haberlo hecho nunca. Pasaron pocos minutos antes de oír los jadeos y gruñidos de su marido, y entonces sintió el espeso y cálido semen bajar por su garganta. Cuando hubo acabado de tragárselo todo, se limpió la boca y se levantó. Su marido seguía aturdido por lo presenciado y probó a decir algo, pero ella lo silenció poniéndole un dedo sobre los labios y lo mandó a callar. Cogió el vaso vacío que estaba sobre en mesa y le dijo a su marido:
-Si no vas a follarme ahora mismo como un hombre, al menos sírveme un Dry Martini con doble de aceituna, por favor.

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Pablo Rompe
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1 year 4 months ago

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Labios de chocolate
Invitado
1 year 4 months ago

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