Buenos y ardientes días

Buenos y ardientes días

Escrito por Joanna Bliss el 12 junio, 2016

Joanna Bliss

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Esta mañana me he levantando suspirando por el orgasmo que me debía mi hombre desde el domingo. Cosas que pasan tras una gran fiesta. Después de hacer el amor como salvajes, a pesar de disfrutar hasta casi morir de placer sexual y arder de amor, no pude llegar a correrme y le dije, ya hecha polvo:

—Me debes una…

—Te la debo —respondió él exhausto y guiñándome un ojo.

Hoy, lunes, aprovechando que los dos tenemos el día libre, he dejado a los niños en el colegio y he vuelto a casa dispuesta a sorprenderlo. Aún estaba durmiendo.

He abierto la puerta con sigilo, he subido las escaleras intentando no hacer ruido y he ido directa a mi despacho, el lugar donde tengo mi armario, espacio en el que guardo toda la ropa picante y sexy, mucha de la cual me regala él.

Escojo uno de los vestidos provocadores que cuelgan de la percha roja, me lo compró hace poco y todavía no lo he estrenado. Es una prenda de licra negra repleta de rajas horizontales, estrechísima y corta hasta unos cuatro dedos por encima de las rodillas. Las divisiones insinuantes que lo ocupan permiten ver la piel de mi figura, hasta la del culo y los pechos. Me quito toda la ropa y me dejo sólo el tanga. Abro el cajón de los complementos y hoy elijo unas medias de liga negras tupidas que tampoco me he puesto nunca, cuya la parte trasera también enseñan unos cortes en forma de equis que se asoman sutiles en el tobillo y se van ensanchando a medida que avanzan hacia el muslo. Cuando ya me las he enfundado en las piernas, saco del mismo cajón los guantes de rejilla negros abiertos a partir de los nudillos y largos hasta los codos. Luego, me pongo el vestido. Todo el conjunto es puro agujero.

De la caja de los artilugios cojo las esposas, el primer juguete que me regaló hace ya una eternidad. Me meto en el baño intentando hacer el mínimo ruido y me maquillo; sombra de ojos de un tono gris oscuro, ralla arriba y debajo, Rímel y los labios rojo intenso, como a él le gustan cuando me visto para matar. Por último, me dirijo en silencio hasta nuestra habitación, donde está tendido, tapado y durmiendo. Saco de mi armario de los zapatos los negros de charole y tacón alto, sé que para él son una perdición.

Dispuesta a devorarlo poco a poco, agarro el nórdico y descubro ligeramente al hombre que me atrapó el alma, a la vez que mis labios húmedos besan su cuello y su rostro.

—Mmm… Qué cosquillas —musita, mientras va volviendo en sí.

Mi boca prueba sus labios envolviéndolo en un beso fresco y mañanero. Nuestras lenguas se saludan y empiezan a revolotear como dos mariposas que intiman en un prado recién despertado. Mi hombre va regresando de su limbo particular, sin saber todavía que me he vestido para él. Sus manos aún no me han tocado, sólo nos hemos saboreado con la boca.

Arranco de un tirón la tela que lo cobija, sé que va a gritar. Le molesta que le haga eso de sopetón y sin avisar.

—¡Ah! —lo sabía—. ¡No me hagas eso, cabrona!

Ahí lo tengo, sin nada que lo cubra, en calzoncillos, como suele dormir, recobrando el sentido, desconocedor de lo que va a ocurrir.

Mis tacones suenan en el parqué cuando me dirijo a la ventana y subo levemente la persiana para que asomen unos vagos rayos de luz y él se dé cuenta de que ya es de día. Abre los ojos, levanta la cabeza, vislumbra mi imagen y yo aprecio su expresión de sorpresa y lujuria. Sus labios me dedican una sonrisa. Le gusta lo que ve. Le regalo una mirada socarrona y me acerco a él.

—Buenos días —sonrío con lascivia.

—Mmm… Buenos… y ardientes días —el gesto de su boca es tan lúbrico como cuando me ha visto—. Me gusta lo que veo.

—Esto todavía te va a gustar más —le muestro las esposas. Sonríe de nuevo—. Hoy no van a ser para mí.

—¿Ah, no?

—No.

Sin vacilar ni un segundo le coloco las esposas en las muñecas, las manos sobre la cabeza, y me siento encima de él, sin quitarme los zapatos.

—Estás tremenda con esa ropa —se muerde el labio inferior y me mata de excitación, que haga eso siempre me hace enloquecer.

—Tienes buen gusto —mi sonrisa traviesa provoca en él una mirada bribona.

Mis manos recorren todo su pecho con la yema de los dedos, mimándole la piel con suavidad. Le beso el cuello, sigo recorriendo su cuerpo, llego hasta un hombro, desciendo por el brazo, sigo en el pecho hasta llegar al otro brazo, paseo mi boca por todo él y vuelvo al lugar donde he empezado, lo lamo hasta alcanzar de nuevo la boca y le doy un mordisco inesperado en los labios, que me esperan deseosos, dispuestos, acalorados. Lo beso con la efusión que él siempre provoca en mí. Sus manos casi no alcanzan a tocarme debido a las esposas, así que, como puede, intenta acariciarme. Me gusta ser dueña de ese poder que voy a hacer durar un rato.

Mi boca continúa devorando su piel deslizándose por el pecho, donde aprovecho para recrearme con los pezones. Los muerdo fuerte, «cabrona», grita de nuevo, los lamo y mimo, me voy hacia el vientre, sigo bajando hasta detenerme en el pubis, lo acaricio con la lengua, lo ensalivo, lo siento.

Ahí está, ahí espera ya mi querido falo erguido. Cuánto lo adoro. Lo degusto con las manos y los labios, rodeo con mi lengua juguetona todo el capullo fino y empinado, provocándole unas cosquillas que le hacen gemir al instante. Sigo y sigo paladeando la piel gustosa de esa punta ya ardiente y cuando ya no puedo más introduzco toda su polla en mi boca húmeda, hambrienta y preparada para deleitar a su dueño con un chispeante placer. Una y otra vez la hago entrar y salir en mi boca sin dejar de mover la lengua.

—¡Por dios, Amor! ¿Qué me estás haciendo?

—Te estoy saboreando.

Sus manos sólo alcanzan a agarrarme el pelo como pueden. Yo sigo dándole placer durante un rato largo. Gime, lamo, jadea y me encanta, se retuerce al son de mis movimientos y yo continúo succionando su erección arriba y abajo sin parar, al ritmo que a él le gusta, al compás que me marcan sus manos atadas agarrándome del pelo, hasta que sus gemidos aumentan y no puede evitar sucumbir a un clímax tan poderoso y placentero que le hace estallar en mi boca:

—¡Me matas de gusto, joder! —sonrío satisfecha.

Pero mi hombre quiere más. Se levanta mientras me limpia la boca y me pide las llaves de los grilletes que no le permiten mover las manos libremente.

—Hoy también van a ser para ti, no vas a librarte —su cara me muestra una risita ladina.

Le quito las esposas y acto seguido me las coloca a mí sin darme tiempo a reaccionar. Me ata a dos ganchos que tenemos escondidos en un cajón y que se acoplan al cabezal de nuestra cama, todo el artilugio creado por él. Me mira con ojos perversos. Me siento inmovilizada, entregada a todo lo que quiera hacerme. Todavía llevo la ropa y los zapatos puestos.

—Ahora, te voy a poseer yo a ti.

Se coloca encima de mí, sentado, y me acaricia el cuerpo entero apretando bien sus manos contra mi piel, me agarra la carne de las caderas, se acerca a mi boca, me lame y tras cogerme lacara con posesión y me muerde los labios, primero el inferior, luego el superior, y termina adentrando su lengua ávida de la mía en mi boca. Nos fundimos en un beso largo y ardiente, luego su lengua se desliza hacia el cuello, lo degusta y lo mordisquea, lo recorre entero estremeciendo mi piel, y yo, sin poder ni tocarlo, expreso el placer que siento con la garganta. Sus manos bajan por mi cuerpo, acaricia cada centímetro de ese vestido cuyas tiras permiten palpar mi figura, los pezones asoman por las rajas de la ropa, juguetea con ellos con la lengua. Los muerde cuando menos me los espero, grito, me empapo.

Cuando ya me ha palpado, lamido y mordido durante un buen rato, decide que la ropa le molesta. Me desata y me quita el vestido sin darme opción a moverme. Vuelve a atarme al cabezal de la cama. No… Todavía no me he librado.

Acaricia toda mi piel de nuevo, recorre mi cuerpo con besos, me saborea entera, y finalmente abre mis piernas para degustar mi flor húmeda que suspira por disfrutar del placer que su boca le proporciona.

Durante un largo y ardiente espacio de tiempo, mi hombre juguetea con los pliegues de mis labios genitales con toda su boca, con la lengua, introduciéndola hasta lo más profundo de mí, a la vez que acaricia mi clítoris, a estas alturas del todo hinchado, y se recrea también con los dedos. El placer que siento es tan intenso que me retuerzo mientras gimo atada al cabezal de la cama, él continúa explorando todo mi interior, sabiendo que estoy a punto de explotar. Aunque lo deseo, no poder toarlo me provoca más excitación.

—Córrete, vamos, quiero saborearlo.

—¡Me va a dar algo, Amor, me muero, me muero!

—¡Sí, muérete, muérete!

Y así, tras sus palabras y la danza de su lengua, mi garganta no puede evitar emitir un gigantesco grito de gloria profunda y me muero, literalmente, de un placer caliente y arrollador, tan largo e inmenso, que me deja sin aliento.

Me quita las esposas, mientras yo aún jadeo y mi entrepierna palpita.

—Me encanta oírte gritar así —sus ojos brillan y sus labios empapados sonríen.

—Me matas de placer —doy un suspiro.

—Y tú a mí —besa en la boca y saboreo mis fluidos junto a su saliva.

—¿Te ha gustado cómo te he dado los buenos días? —mi expresión pícara provoca un mohín perverso en su rostro.

—Mmmm —vuelve a morderse el labio inferior avivando de nuevo el estremecimiento en mi cuerpo, sin ni siquiera tocarme—. Me ha encantado. Pero… Vas a seguir atada. Todavía no hemos terminado…

 

 

 

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Joanna Bliss

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Visceral, emocional, directa a la yugular, muy sexual y, a veces, poética, me considero una contadora de historias y una opinadora deslenguada y clara.

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4 Comentarios en "Buenos y ardientes días"

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Joanna Bliss
Invitado
1 year 2 months ago

Buenos días, Harwin. Gracias. Qué rapidez. ??

Ana Belen Lopez Aguilera
Invitado
1 year 2 months ago

Se parece a las novelas de Elisabet Benavent!!

Pablo Rompe
Invitado
1 year 2 months ago

Buenos y ardientes días, de parte de nuestra querida @JoannaBliss5 EN @_harwin https://t.co/eSqINR6ocg

Joanna Bliss
Invitado
1 year 2 months ago

RT @PabloBenigni1: Buenos y ardientes días, de parte de nuestra querida @JoannaBliss5 EN @_harwin https://t.co/eSqINR6ocg

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