Tres mojitos

Tres mojitos

Escrito por Nino Medaglia el 30 mayo, 2016

Nino Medaglia

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Sobre el escritorio descansaba una cajita y en su interior con un pequeño frasco de perfume. Era mi nuevo perfume. Lo elegí al azar, cansado de guiarme por marcas publicitadas en televisión y de olores que resultaran familiares y recordaran a algún amigo, primo, padre o ex. Siempre ocurre, pero éste era diferente, diseño sencillo y de autor desconocido.
Me ajusté unos pantalones deteriorados y rotos que descansaban sobre una silla, me calé una camiseta de pico blanca, me calcé unas zapatillas deportivas blancas y agarré la chaqueta de cuero negra antes de abrir la caja del perfume y sacar el frasco de su interior. Era un botecito rectangular transparente con unas pequeñas letras negras. No olía mal, era un tanto dulce. Ni muy fuerte ni suave. Más bien olía a recién duchado. Me rocié por el cuello y parte de la chaqueta y me miré en el espejo antes de agarrar el casco de la moto y salir por la puerta.

La había conocido a través de una amiga que conocí -paradójicamente- mediante una aplicación de estas de conocer personas. Se presentó con 12 minutos de retraso, por lo que me dio tiempo a acabarme mi primer mojito. Por una parte lo agradecí ya que el cóctel estaba bastante fuerte y eso hizo que no se me notara el nerviosismo cuando la vi aparecer. Llevaba un vestido largo verde caqui que le quedaba por debajo de las rodillas y una chaqueta vaquera, zapatillas blancas deportivas y el pelo ondulado, lo llevaba suelto y bailando al son de sus pasos. El vestido se le ceñía al cuerpo, por lo que pude vislumbrar todas sus curvas, pechos, cadera y dar rienda suelta a mi imaginación. En cuanto se giró le miré el culo y confirmé lo que todos los hombres se niegan (nos negamos) a aceptar; lo primero que miramos de una mujer es el culo, aunque venga de frente. Y eso es algo que influye bastante a la hora de prestar -más o menos- atención y mostrar interés mientras mantenemos una conversación.

Pedí mi segundo mojito y otro para ella. Estuvimos largo tiempo hablando sobre nuestros amigos, anécdotas y paridas varias que realmente no nos interesaban mucho, pero con las que nos podíamos hacer una idea de qué tipo de amigos éramos en función de cada una de las historias contadas. Trabajo, hobbies, aficiones y demás temas banales para acabar -siempre- hablando de algunas de nuestras antiguas parejas. Se pidió su segundo mojito mientras que yo apenas había tocado el mío.

Seguimos hablando y cada vez intimábamos más, cuando llegamos al tercer mojito. Yo notaba como la sangre se me espesaba a la altura de las mejillas y me avergonzaba pensar que podría estar borracho con tres mojitos. A medida que bebíamos, cada vez el contacto físico era más latente, nuestras miradas cada vez se buscaban más y las banalidades se fundieron como el hielo y empezamos a hablar de temas más profundos. Por momentos nos descubríamos filosofando sobre la vida y nos dábamos la razón el uno al otro aunque antes hubiéramos dicho lo contrario. Yo no era capaz de mirar a otro sitio que no fueran sus labios, y ella no dejaba de sonreír y de tocarse el pelo. Recuerdo que fue en el último sorbo de mi mojito cuando la vi pasearse la lengua por el labio superior para después acabar mordiéndose el labio inferior. Me abalancé hacia ella y la besé con frenesí, la pasé una mano por el pelo y fui dejando que el sabor de la hierbabuena y la lima fluyeran entre nuestras lenguas mientras mis dedos se iban entrelazando con sus rizos. Ella tiró de mi chaqueta y me atrajo hacia ella. Metió su mano por debajo de mi camiseta y comenzó a arañarme la espalda mientras la otra hundía sus dedos en mi pelo. Me hice un hueco entre sus piernas y así nos besamos a trompicones hasta la puerta de mi casa. Llevaba el vestido un poco levantado y sus piernas me abrazaban la cintura mientras salvajemente me mordía la lengua entre beso y arañazo. Cerré con la pierna la puerta de un golpe y nos tumbamos en el suelo del salón. La chaqueta de cuero voló hacia el sofá y me estaba sacando la camiseta por la cabeza cuando noté sus dedos desabrochándome el cinturón y los botones del pantalón. Cambié su vestido por un edredón de besos y le até las manos por encima de su cabeza. Estaba a punto de penetrarla cuando se me acercó al cuello, me pasó la lengua por el lóbulo de la oreja derecha y me susurró:
-Me gusta el olor de tu perfume.
Sonreí, la miré a los ojos y le dije:
-Es el que uso siempre.
Mentí.

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1 Comment en "Tres mojitos"

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Pablo Rompe
Invitado
1 year 2 months ago

Tres mojitos. Estreno de @NinoMedaglia en @_harwin 🙂
https://t.co/NWFwXeTb5R

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