El tiovivo

El tiovivo

Escrito por Eva Fornet el 30 abril, 2016

Eva Fornet

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Le aterrorizaban los tiovivos desde la infancia. Todo tenía que ver con la pérdida de su primer amor frustrado. Un compañero de colegio se había enamorado de ella a los seis años. Era un amor infantil y suave con risas sinceras, promesas de bicicletas, canicas compartidas y pensamientos de algodón rosa de feria. Es decir, un amor que nunca se volvería a repetir. Ella se llamaba Luisa y sentía que su nombre era demasiado grande para ella. Él se llamaba Ernesto pero nunca se preguntaba por el sentido de su nombre sino que se reía cuando pasaba por su calle en bicicleta. Ella vivía en la melancolía de lo que no había pasado y él se movía con el sol.

Luisa tenía dificultades en entender el significado del amor y el comportamiento asociado al mismo así que evitaba a Ernesto en parte por su inseguridad y en parte por miedo al rechazo. Él se acercaba en los recreos y le regalaba margaritas que recogía en el patio del colegio. Cuando sus amigos se reían de su actitud, Ernesto se reía con ellos. Era demasiado grande y demasiado bueno como para preocuparse por lo que dijeran los demás. Incluso una vez le regaló una mandarina diciendo que la había recogido especialmente para ella. Ella murmuró un gracias y se la guardó en el bolsillo. Cuando lo vio alejarse pensó que estar junto a él era como estar debajo del sol del verano en la piscina de los abuelos. Su voz era como llegar a casa y que la esperaran con pan con nocilla y un beso. Hasta una noche en la velada del barrio a principios del verano en la que como atracción principal trajeron un tiovivo.

Recordaba la música ensordecedora y las luces brillantes que anunciaban algo excepcional  y rompían la monotonía de costumbres viejas del barrio. Su madre la había vestido con su traje amarillo de los domingos y le había peinado la trenza castaña muy tirante echándole un poco de agua de colonia de heno de pravia. Olía a algodón y a lazo de raso, a gel de baño Moussel y a hierba.

Salieron a cenar y después a las atracciones. Cuando llegó al tiovivo divisó a Ernesto vestido de domingo con unos pantalones cortos que le parecieron ridículos. Pensó que un niño con un corazón tan parecido al sol como el suyo no debería vestirse nunca con pantalones cortos sino con un traje de príncipe o de arquero. Sus padres interrumpieron sus pensamientos y la subieron a un caballo de plástico grotesco de ojos enormes y asustados justo detrás de Ernesto.

El tiovivo empezó a dar vueltas y en medio de la música atronadora y de los gritos de los demás niños se dio cuenta de que lo echaba de menos. Se sentía tan pequeña y tan ridícula allí montada que sólo pensaba en bajarse y dar un abrazo a Ernesto. Quiso bajarse del caballo para hablarle pero la altura era demasiada para ser salvada y el tiovivo iba muy deprisa. Lo llamó sin éxito y se angustió al ver que sólo daba vueltas sin poder alcanzarlo.

El tiovivo por fin se detuvo y sus padres le ayudaron a bajarse del caballo. Ernesto bajó de su jirafa y desapareció entre la multitud. Ni siquiera la había visto. Nunca más volvió a verlo aquel verano. Cuando volvió al colegio en septiembre averiguó que su familia se había mudado a otra región. Desde entonces le dieron angustia los tiovivos y los asociaba a los amores frustrados que siempre vuelven en órbitas a nuestra vida para recordarnos lo que perdimos por culpa de nuestro miedo. A veces incluso tenía pesadillas con caballos de plástico de ojos enormes que la perseguían.

Hoy tenía un tiovivo delante y acababa de cumplir cincuenta años. Había ido con su hermana y sus sobrinos a celebrar su cumpleaños al parque de atracciones. Cuando divisó la atracción le regresó toda la melancolía pasada. Pensó en que seguía creyendo que su nombre le quedaba grande. Pensó en que nadie más le había vuelto a regalar mandarinas. De repente vio que su vida hasta ahora había consistido en ir en círculos detrás de imposibles.

En un impulso se subió en el tiovivo ante el asombro de los niños y sus padres. Cuando empezó a girar sintió pena por todos esos animales de plástico condenados a dar vueltas sobre sí mismos. Luego vio la risa de los niños que vivían seriamente su cabalgadura por un país imaginario. Todos tenían una historia propia en la cabeza y estaban aquí y ahora, no detrás ni delante. Se concentró en el poder del ahora. Miró su caballo y le pareció el más bonito del mundo. Sonrió y dejo caer todos los amores frustrados al suelo que arrastrados por una fuerza centrípeta acabaron alejándose de ella, despedidos como una bala por el movimiento circular. Ya no tenía miedo. Pensó que eso que sentía debía de ser algo parecido a la felicidad.

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Autora del "Libro Definitivo de Antiayuda y Desmotivación", "Poemas para sobrevivir un día o dos","Alfredo Landa que estás en los Cielos",entre otros

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2 Comentarios en "El tiovivo"

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Eva García Fornet
Invitado
1 year 7 months ago

Cuento para el domingo, a ver si os gusta, El tiovivo https://t.co/RL01zYvhJn

Pablo Rompe
Invitado
1 year 7 months ago

El tío vivo. Nuevo relato de @evagarciafornet en @_harwin 🙂
https://t.co/Yxce7Q9YBD

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