Debajo de mi falda

Debajo de mi falda

Escrito por Paula S. el 22 abril, 2016

Paula S.

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Tengo una falda azul que no deja de pensar en ti. No es de fiesta, ni demasiado elegante. Algo corta, algo sexy. Es una falda con vuelo que ha aprendido a soñar.

Se enamoró de ti en aquel minúsculo restaurante griego de la plaza de Santo Domingo, cuando, al esperar nuestra mesa, tus pantalones se acercaron un poco más de la cuenta. Ninguna de las dos sabemos si ese pequeño gesto fue intencionado o fruto de la casualidad, pero a mí me hizo sonreír y a ella, al parecer, le despeinó el doblez. Sé que después, durante la cena, hubo fiesta debajo de la mesa. Mientras tú y yo hablábamos de Borges, mi falda se insinuó a tus vaqueros. Qué golfa. Por eso no paraba de moverse en la silla. De los nervios, imagino. Y lo entiendo, porque tus pantalones daban ganas de pecar. Sé que ella pensó lo mismo. Lo noté al llegar a casa, cuando vi que estaba arrugada por la parte de detrás.

Mientras me vestía para la tercera cita, sobresalía, qué curioso, limpia y perfecta, sobre todas las demás. Creo que fue ella quien eligió aquellos preciosos y altos zapatos de tacón. Jamás imaginé que lo tuviera previsto. Al montar en el coche noté que dejaba al descubierto más muslo del habitual, incluso se veía parte del tatuaje. Quizá encogió a propósito en la secadora. Nunca lo sabré. En la puerta de tu casa, cuando apareciste al otro lado, simuló una pequeña corriente de aire en mitad de un pasillo cerrado. Qué premeditación. Después de ese gesto descarado, tus pantalones no pudieron quitarle ojo. ¿No te diste cuenta? Se contoneaba al son de la música y sonreía debajo de mi cintura mientras bebíamos vino en la cocina. Yo, ajena a todo, participaba en nuestra conversación sobre Woody Allen. Ingenua. Seguí disertando sobre la fotografía de Manhattan mientras tú ya no escuchabas. La mirabas a ella con descaro. Y ella te comía la boca y la entrepierna con cada costura del bajo. Por eso me pilló todo por sorpresa. Cuando, apoyado en la encimera, nos agarraste por la cintura y nos acercaste mucho, más que nunca, hacia ti. Nos miramos a los ojos un segundo eterno, mientras sonreías, justo antes de que nos hicieras girar, de un perfecto golpe seco. Nos apretaste, de espaldas, hacia tu pecho. Y allí comenzasteis a bailar. Ella, emocionada, se retorcía sobre sí misma. Tú mano, firme y caliente, recorrió el muslo con tatuaje hasta que desapareció por completo debajo de aquella falda azul algo corta y algo sexy. El resto del relato está desenfocado. Sólo sé que perdí el control y que todo mi universo giraba alrededor de tus dedos. A ella volví a verla en el desayuno. Apenas cruzamos la mirada mientras la subía, dócil, por mis piernas. Tenía cierto corte de satisfacción mientras me ponía los tacones. Casi juraría haberla visto sonreír.

Lo que ocurrió en aquella cocina es ahora tema de conversación en mi armario. Ya nadie habla de otra cosa, ni siquiera los vestidos, que se mueren de la envidia. Hoy todas mis faldas sueñan con tus manos.

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