El túnel.

El túnel.

Escrito por Asier T. el 20 marzo, 2016

Asier T.

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Vive en un pueblecito pesquero en el que nunca pasa nada. Quizá hayas visto ese pueblo dibujado sobre lienzo y colgado en la pared de algún restaurante de mariscos en otro pueblo parecido a éste. En otoño, con las mareas vivas, el puerto se seca dejando ver sus fondos arenosos. A ella le encanta contemplar los reflejos púrpura que el aceite de los barcos deja en la superficie del agua. Le recuerdan a las camisetas que llevaba su madre cuando era pequeña. Se pone triste cuando el puerto se seca; como si por ello también lo hiciese el recuerdo de su madre. Más allá, la carretera se extiende unas decenas de metros y se acaba, como en el decorado de los belenes navideños, en un túnel sin talento.
Nunca ha visto lo que hay detrás de esa curva que gira a la izquierda y que sume en la negrura a todos los coches transportándolos al más allá. Cuando tenía siete años se sentaba con su amigo en el murito de la carretera y pasaban las horas fantaseando sobre el paradero de los osados viajeros que se atrevían a desaparecer tras esa puerta al otro mundo. Planetas verdes con anillos rosas, montes hechos de chucherías, pueblos gobernados por niños en los que siempre era domingo por la mañana… Sin saberlo, sin caer en la cuenta, se enamoraban perdidamente a cada fantasía construida más allá del túnel. Él tenía diez años y le fue imposible no crecer antes que ella. Tampoco pudo luchar por no desaparecer tras ese túnel en un coche que ignoraba, con la fuerza de un padre en paro, lo mucho que él deseaba quedarse en este lado.
Esa maldita garganta se tragó todo lo que la importaba y desde entonces, la odia a muerte. Lleva consigo una pequeña libreta en la que apunta los nombres de las personas que no le gustan y las manda hacia el túnel. La primera página está lacerada por furiosos trazos negros formando círculos concéntricos. Todos los días dibuja unos cuantos más, aumentando así la potencia devoradora de la garganta oscura del túnel.
No sabe lo que va a hacer cuando se agote el espacio de la libreta. Utilizar otra no tendría sentido. Sólo ésta contiene el poder de mandar a los indeseables al otro lado del túnel. La comenzó a utilizar con ocho años y medio, cuando su amigo se esfumó tras trazar esa ligera curva hacia el olvido. Siete años después, sus humedecidas y repletas páginas no dan abasto.

Ahora, ella exhibe su sombría adolescencia sentada en el mismo murito sin su amigo unos metros antes del túnel. A sus espaldas el puerto seco revuelve sus entrañas.
Su madre se fue un día por la noche, abandonándola a merced de la duda. ¿Se la tragó el túnel? Una nota bajo su almohada decía: “El mundo es muy grande, no permitas que este pueblo te lo oculte”. Su padre hizo como si no pasase nada. Ni un gesto, ni una charla. Aún continúa así: demasiado ocupado en cosas sin importancia. El nombre de su padre fue el primero en figurar en la libreta; el segundo, el de su amigo. Fue un día duro al que le siguió una semana gris en la que se olvidó de comer; en la que le entró una tos horrible que hacía retumbar las paredes de las casitas del pueblo mientras vagaba por las estrechas y empedradas calles de lo que por momentos, se convertía en una cárcel llena de gritos de gaviota. Ni siquiera el sonido del agua acariciando el casco de madera de los barcos pesqueros o el tintineo de los cabos golpeando del mástil de los veleros amarrados en puerto conseguía serenarla.
Ahora, ella, con unos injustos quince años, con la libreta mágica en su regazo a tan sólo un nombre de estar repleta, deja que el frío viento noroeste penetre en sus oídos mientras observa cómo los coches agravan su ronquido al entrar en el túnel. Los va contando mentalmente. El número sesenta y cuatro siempre ha tenido una especial significación para ella. Justo en el treinta y dos le ha surgido una duda que ha decidido solventar de esta forma: dos motos son un coche, los camiones y autobuses no cuentan. El coche número sesenta y tres es una furgoneta blanca ocupada por una pareja joven que, tras pasar el túnel, hace un comentario sobre ella referente a la leyenda urbana de la chica de la curva. El sesenta y cuatro es una insulsa berlina gris con matrícula holandesa.
Ha llegado el momento.
Abre la libreta y, en el único hueco que queda libre, en la última página, en la esquina inferior derecha, escribe el último nombre, el suyo: Alma.
Tira la libreta al puerto seco y camina lentamente hacia el túnel.
Asier T. (Twitter: @asier_triguero)

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Comentarios

2 Comentarios en "El túnel."

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Pablo Rompe
Invitado
1 year 4 months ago

El túnel de @asier_triguero hoy en @_harwin pasen por él…
https://t.co/d9Nkc7HoG2

Asier Triguero
Invitado
1 year 4 months ago

RT @PabloBenigni1: El túnel de @asier_triguero hoy en @_harwin pasen por él…
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