El tipo que parecía un durum para llevar. (Parte II. Final)

El tipo que parecía un durum para llevar. (Parte II. Final)

Escrito por Asier T. el 12 marzo, 2016

Asier T.

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La casa es igual que la sala en la que he estado hace unas horas: horrible. Intento ver el lado bueno de las cosas para no ponerme triste. No me conviene ponerme triste si he tenido un día turbio; puede ser peligroso. Xoxanna y sus amigas del Instagram se han diluido entre los cuellos de la gente del fondo. Hablan con un tipo que lleva bastón pero que no cojea. Estoy sentado en un tresillo cuyas orejas están hechas de gente moderna. Parecen mi séquito, o mis guardaespaldas, o gente que está cansada y no encuentra mejor sitio para sentarse que las orejas de un tresillo ocupado por un tipo que salta a la vista que no quiere estar ahí, pero que por alguna razón, hace esfuerzos por no marcharse. Siempre acabo rodeado de muchas personas que se mantienen muy cerca de mí. No lo entiendo.

Echo de menos a Marcus y a Alegoría. Ellos son más de mi mundo y podrían sacarme de este pozo haciendo de mí una persona de provecho en un ambiente como éste. Se supone que la gente como yo tiene que saber cómo moverse en ambientes de este calado y saber sacar partido de ellos. Así como un contable sabe qué hacer con un informe y con las cosas que manejan los contables, yo debería saber qué cojones puedo hacer aquí y cómo debo comportarme para terminar la noche con la sensación de haberle interesado a un tipo que puede hacer algo por mí y por las cosas que escribo. Tengo que hacer algo… Me aliento pensando en cosas que me gustan, como los programas de viajes que narran la historia de alguien que lo dejó todo y se marchó lejos y le salió bien. Cojonudo, vamos allá, hoy puede ser una de esas noches en las que alguien que no conoces le dé un puñetazo al prologuista de un escritor famoso.

Saco el móvil del bolsillo y me hago daño en los dedos con la hebilla del cinturón. Mi estómago es como una pelota de golf volando por el aire que piensa que va a hacer un hoyo en uno. Le mando un mensaje a Alegoría con la dirección de la casa y a Marcus la ubicación directa por whatsapp, a la que añado: “UlaPalula bing bing”. Con eso será suficiente. En veinte minutos estarán aquí.
La espera es eterna y se estira como la mozzarella de las pizzas que están ricas. Llevo casi una hora solo en esta puta fiesta. Desde que he mandado el mensaje a Marcus y a Alegoría han pasado diez enormes minutos como diez enormes horas. Soy como un crío esperando a los reyes magos. Alguien me habla de un chamán del Amazonas con número de teléfono y página web y oigo algo de un ritual de ayahuasca. Una chica con tatuajes dice que ha dejado la sal y el azúcar para poder emprender bien el viaje. Me pego a la conversación, intento parecer presente y me encanta, porque es como si no estuviese. Puedo permanecer callado y escuchando o bien intervenir con un par de frases bien recibidas por el grupo y la cosa continúa sin que pase lo de siempre. Siento que somos la rueda de un carruaje antiguo en sus buenos tiempos, cuando funcionaba bien y era recia.

–Creo que todos deberíamos hacer eso alguna vez, quiero decir, hacerle caso y encerrarnos en casa tres o cuatro días, bajar las persianas, meternos en la cama, coger nuestro licor o enteógeno preferido, preocuparnos tan sólo por mantener nuestras constantes vitales y saciar nuestras más primarias necesidades… –están hablando de Bukowski y no da la sensación de que quieran demostrar nada con ello.

Me mareo un poco, pero es genial porque puedo permanecer en el sitio sin necesidad de sonreír y no pasa nada. Estoy avanzando algo. Quiero otra cerveza o cualquier cosa con alcohol.

Me enciendo un cigarro y me sorprende las pocas personas que están fumando. Me encantaría estar en la cama con una lata de cerveza viendo uno de esos programas de viajes que te hace pensar que todo está más cerca y que hay gente como tú en todas partes del mundo. Me encantan esos programas, ya lo he dicho antes. Por eso me relajo pensando en ellos ahora, porque me siento muy lejos de todo y de todos. No sé… en este momento me vendría de perlas saber que un tipo de Burriana que se llama José Andrés lo dejó todo en los ochenta, se fue a Bali, montó una empresa de buceo y ahora es feliz junto a su familia interracial en una cabaña con el techo de paja. Me encantaría comer un cuenco de arroz con ellos y que me contasen la vieja historia de que todo es posible. Pero la duda difumina las paredes del salón y convierte la casa en algo eterno e infinito. La pantalla del móvil está negra y en silencio ¿Qué hago? ¿Permanezco en el círculo o me muevo? Punzada de incertidumbre. Desde hace unos minutos corren por el ambiente unos fuertes siseos de spray que se mezclan con risas. Debe de ser el óxido nitroso del que me habló esa chica.

Afortunadamente, la casa tiene balcón. Caigo en la cuenta de que tengo una cerveza en la mano. El balcón es lo más cercano al exterior que puedo estar; por eso adoro las casas con balcón. El exterior está bien. De camino procuro ir mirando al suelo aunque el miedo a chocar me obliga a elevar la vista. Tengo ganas de asomarme y gritar a José Andrés de Burriana que me vaya preparando un cuenco de arroz.

Una silueta de colores manifiesta la intención de interceptarme o al menos de seguirme, y yo, sin fijarme, señalo hacia el balcón porque creo ser el autobús de esa película tan mala pero que tuvo tanto éxito en los noventa. Llevo a Sandra Bullock y a Keanu Reeves esposados a mi esternón y lloran y se dejan caer hacia abajo y yo noto la presión sobre mi pecho. Si me detengo exploto y mando a todos al carajo.

Consigo salir sin que la bomba estalle arrasando a un par de tipos que piensan que “lo más” es sentarse en el suelo cuando hay sitios libres en los que posar tu moderno culo. Daños colaterales. Acabo de salvar la vida de dos actores mediocres y a todos los de la casa. No creo que un poco de cerveza derramada sobre el hombro de un hipster sea algo grave.

–¡José Andrés, allá voy, espérame en la jungla balinesa! –grito fabricando con mis manos un altavoz casero alrededor de mi boca para proyectar el sonido y que llegue hasta allí.
Noto una risa a mi derecha. Miro, doy un trago, doy una calada. Vuelvo a mirar al frente. Es la silueta de colores, una chica que no conozco. Creo que formaba parte del círculo tranquilo de antes, aunque lo más seguro es que no. Pero soy inestable y necesito inventarme coincidencias de este estilo para no acabar desmayado o triste o con sensación de tener la gripe. La chica hace lo mismo que yo, estar en el balcón con una cerveza en la mano y un cigarro en la otra. Además, respeta mi silencio. Hace como que no estoy. Me gusta mucho. Me fijo en ella. No era nadie del grupo de antes, es una chica que ya estaba en el balcón y me ha visto entrar y gritar y todo eso. Ahora permanece en silencio, dando tragos y caladas, compartiendo el balcón conmigo.

–Me gustaría que éste fuese nuestro balcón –digo, de manera idiota. Ella arquea una ceja y da otro trago.
–Me tiraría por él todos los días si éste fuese mi balcón. No me gustan las escaleras, además, es un primero.

Tres mañanas ociosas de invierno y café caliente inundan mi cuerpo al escucharla. Expreso exteriormente esa sensación tosiendo dos veces y media.
Después, alzo mi botellín y brindamos en silencio. Observo que Marcus dobla la esquina de la calle con la pantalla del móvil iluminando su cara mientras sigue sus pasos guiado por la ubicación que le he mandado.

–¡Ulapalula! –grito desde arriba.
–¡Ulapalula bing bing! –contesta Marcus alzando la luz de su guía.
–¡Makala dong dang, peri peri! –añade la chica, escupiendo después tres veces exactas hacia la derecha.
–Te entiendo –contesto. Siento una extraña conexión con ella–. Yo tampoco quiero estar aquí. Quiero irme, pero creo que no voy a poder volver a pasar por el salón. –La chica arquea una ceja, se lleva el cuello de la botella a los labios como si sellase un destino más, y se asoma apoyándose en la fina barandilla de hierro oxidado del balcón.
–Además de ser sólo un primero hay una tubería –veo cómo su brazo comprueba la sujeción de la misma a la fachada bajo la luz de la luna— Puede servirnos de escalera o liana para escapar de aquí.

Me encanta cómo suena de su boca la expresión “escapar de aquí” y me fascina que me incluya, porque sus labios, y feliz estoy por ello, han conjugado un plural en el que me veo junto a ella. No quiero que sus sílabas se vuelvan cada vez más pequeñas. Quiero que de su boca salgan más plurales que me incluyan sin parar. Quiero formar parte de su verbo para siempre. Mi estómago es como un asterisco trazado por alguien con mal pulso que vuela por todo mi torso. Ahora lo siento girar torpemente junto al pezón derecho.

Doy un giro de ciento ochenta grados y encaro el salón desde nuestra pequeña parcela al exterior. Me bebo lo que queda de cerveza de un solo y muy apetitoso trago y la chica del balcón, como si intuyera lo que me dispongo a hacer, me tiende lo que queda de su botella. Del brillo de sus ojos emana cántico de gorriones. Apuro su botellín sintiendo la impresión de sus labios sobre el frío vidrio y, a continuación, me dirijo a todos los asistentes desde el balcón, como las figuras importantes, pero hacia dentro.

–¡Atención, damas y caballeros del mundo del artisteo! –Siento mi propia voz aleteando por la calle desierta y chocando contra las ventanas. La mayoría de las cabezas del salón se giran, pero esta vez no miro al suelo –¡Sacad vuestros smartphones, preparad vuestras  cuentas de Twitter, de Instagram y de Facebook! ¡Grabad esto en vídeo, sacad fotos, prostituid mi imagen! Tomad notas de audio y escritas, si hay algún romántico que todavía hace esto último…

La chica que está conmigo en el balcón va traduciendo simultáneamente a nuestro idioma particular todo lo que voy diciendo, gritándolo para la gente de fuera, para los de la calle, para el mundo. “Mirori pacheneko, istria salesai mikina”, acompañando los acentos con cachetes en sus piernas o mis hombros.
Abajo, en la calle, Marcus saca el móvil y escribe un mensaje a Alegoría: “Éste está solo en el balcón de una casa gritando al cielo, jajajajaj, te mando ubicación”. Al de pocos segundos, Alegoría, siempre en línea, contesta: “me ha pasado antes la dirección, llego en dos minutos, ¿¿¿¿cómooooo????”

Marcus: “Sí tío, lo que oyes, grita hacia dentro de la casa, se ve que hay luz y eso, pero el tío esta gritando sólo en el balcón como echando un discurso de los suyos, ya sabes”. Alegoría: “jajajajjajajjaja. Te veo al fondo de la calle, estoy ya”.

En el balcón, continúo dirigiéndome hacia mis pupilos…

–Acabo de llegar de Tailandia el martes y ahora me voy directamente a Bali por este balcón, junto a esta preciosidad que tengo a mi lado porque José Andrés, natural de Burriana y residente en dicha isla, nos espera con un cuenco de arroz y verduras picantes. Quiero que utilicéis mi hazaña para vuestros muros y perfiles, para vuestras webs, incluso para vuestros relatos, si es que alguno en esta sala escribe algo decente –escucho risas y veo, entre la multitud de móviles iluminados en posición horizontal que enfocan hacia nosotros, la cara de Xoxanna con expresión preocupada–. Grabad esto, utilizadlo para vuestros manuscritos rechazados, ¡no está registrado! Ésta belleza y yo vamos a escaparnos por este balcón ahora mismo hacia Bali, viajando a través de la tubería que hay en la fachada y que se parece a sus brazos. No os rindáis nunca, la mayoría ya habéis conseguido todo lo que vais a tener en vuestras vidas, y ahora, disfrutaréis de una anécdota más que contar cuando os quedéis sin tema de conversación. Estad siempre alerta y desconfiad de la poesía cobarde. Cuidad vuestra ortografía y no dejéis de lado la sintaxis.

Le hago un gesto a la chica y mientras me giro, puedo oír el tumulto agolpándose en el ventanal que da paso al balcón. Un montón de móviles luminosos y sonrientes flotan hacia nosotros dando saltitos graciosos. El viento frío de la noche sopla en las perneras de mi pantalón cuando siento crujir mis dedos, que se aferran a la fina barandilla del balcón. Levanto una pierna, intento encajar mi bota de invierno en el hueco que hay entre la tubería y la fachada mientras oigo los vítores de ella y la voz de Xoxanna que grita algo que no comprendo. Me agarro a la tubería y me siento vivo, libre, aireado y con alguna posibilidad. La fuerza de la gravedad muerde mis nudillos y creo percibir la respuesta a muchas preguntas. La tubería vibra y emite un sonido parecido a un  canario.

–Empieza a bajar, no tengas miedo, piensa en los columpios cuando eras pequeño –me dice ella
–Bali, ¡allá vamos! –grito.

A mi descenso lo acompañan los maravillosos movimientos de sus nalgas. Ella baja tras de mí con la agilidad de un marsupial, como si tuviera en cuenta mi torpeza y parara para hacer de las suyas. Cuando tan sólo me queda un pequeño salto, miro hacia arriba para despedirme del mundo actual y aterrizar en Bali. Compruebo que el contorno de sus caderas se difumina levemente, pero lo achaco al esfuerzo y a la adrenalina que martillea mis sienes con el mismo sonido que cuando en las películas de amor malas una pareja ve por primera vez la ecografía de su futuro hijo en blanco y negro en un monitor y se abrazan y se besan mientras deciden qué nombre ponerle y todo eso. Aterrizo en suelo firme. Marcus y Alegoría me están esperando, sus móviles están en el bolsillo, su sonrisa fuera. Miles de luciérnagas en el balcón. Ella, la chica del balcón, ya no está. Alguien grita algo estándar desde arriba.

–Buen numerito, spiderman. Y eso que de pequeño no subías por la puta cuerda en clase de gimnasia –dice Marcus.
Alegoría emite una de sus ya conocidas carcajadas y por fin me siento en casa.
–Me han dicho los de la commonwealth que están en el triángulo– dice
–Vayamos, joder, vayamos a todas putas partes, esto no ha hecho más que empezar –contesto.

Siempre que Xoxanna me droga por sorpresa me olvido de que lo ha hecho y entonces pasan cosas divertidas como ésta.

Asier T. (Twitter: @asier_triguero)

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2 Comentarios en "El tipo que parecía un durum para llevar. (Parte II. Final)"

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Asier Triguero
Invitado
1 year 8 months ago

“…Bebías del botellín como si tus labios, acostumbrados, sellasen un destino más…”

Pablo Rompe
Invitado
1 year 8 months ago

El tipo que parecía un durum para llevar. (Parte II) de @asier_triguero en @_harwin genial relato.
https://t.co/n1w4iBaIY3

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