Sopa de garbanzos para comer.

Sopa de garbanzos para comer.

Escrito por Asier T. el 25 febrero, 2016

Asier T.

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—Estoy hasta las narices del temita catalán —dice el padre.

El telediario recita su mantra habitual, un sesgado conjunto de noticias que han visto la luz hace seis horas en las redes sociales, pero ni una palabra sobre la cruda situación de los mineros en la zona del Bierzo. Terremoto en Pakistán; ocho mil quinientos desaparecidos. Roce de cucharas contra el plato, sonido acuoso y sorbos; sopa de garbanzos para comer.

—Hay un meme cojonudo de Artur Mas que lleva circulando toda la mañana, mirad —comenta la hija: veinticinco años, periodista en paro. Pasa el dedo sobre su Smartphone y enseña la foto a sus padres. Pequeñas risas. Vuelta al plato. Sopa de garbanzos para comer en un martes nublado de diciembre.

—¿Alguna novedad? —pregunta el padre, y en la mente de la joven se dibuja inmediatamente el hashtag #frasesqueasustan.

—¿Se sabe algo de la oferta? —añade la madre—. Pásame la sal, últimamente me sabe todo soso —Migas de pan en la manga de su chaqueta. No se la ha quitado para comer; vuelve a trabajar por la tarde.

—Sigo en proceso de selección. Me dijeron que la empresa se comunicaría conmigo en cuanto tomara una decisión —se pasa la mano por la nariz. Huele a sí misma. Hoy no se ha duchado.

—¿Por qué no llamas?

—No me dieron ningún número.

Choque de generaciones. Silencio. La hija tose. El crimen de una niña; juicio mediático.

—Pon Antena3, que dan los Simpson.

Se retiran los platos. Carne con tomate de segundo y después café. Siempre que hay sopa de garbanzos de primero hay carne con tomate de segundo. Desde que era una niña. Son dos platos que su mente los interpreta como uno.

—La voz de esa cría me pone histérica —.La madre lo dice por Lisa Simpson, siempre lo dice—. Puedo hacer huevo frito si queréis— Eso también lo suele decir.

—No te pongas a freír ahora, que ensucia mucho —añade el padre.

—Este miércoles tenemos reunión, igual conseguimos la sala principal para la exposición de fotografía —dice la hija. Tose, se pasa la mano por la nariz y se suena los mocos con una servilleta de papel. Explosión olfativa. Huele a sí misma. Hoy no se ha duchado. Quiere hacerse ver, es autónoma. “Existe más trabajo que ése al que llaman por cuenta ajena”, piensa. Su tuit de la mañana, “trabajadora por vergüenza ajena”, se ha llevado un buen número de impresiones pero pocos favoritos.

—Haznos café, por favor.

La hija se levanta. Su móvil vibra sobre la encimera; whatsapps y correos sin relevancia. Las buenas noticias no llegan un martes nublado de diciembre en el que como siempre y desde que era una niña, hay sopa de garbanzos de primero y carne con tomate de segundo para comer. Esos días acostumbran a repetirse y a pasar, cual perros perdidos sobre el pavimento mojado. Una siesta y varias cervezas por la tarde puede que los hagan más llevaderos, pero nada más.

Melodía. Anuncios. Volvemos en seis minutos.

Viven en un bloque-colmena, en un barrio en el que a veces se escucha al afilador, al patatero o al chatarrero. Y en el que también algunas veces, sobre todo cuando se acercan las navidades, hay gente que va piso por piso pidiendo dinero a puerta fría. También es otoño en diciembre.

—Vete al médico a que te miren esa tos.

Suena el timbre. Silencio. La madre baja el volumen de la televisión. No suelen llamar a estas horas, salvo los que van piso por piso pidiendo dinero. Viento enfermo que se cuela por la ventana abatida. El padre se levanta y camina hacia el recibidor. La puerta se abre. Se escuchan unos murmullos tristes. En la cocina se juega a leer los labios mudos de Flanders para engañar al cerebro y así pasar el “mal rato”. “¡Cortinitas moradas, adoro las cortinitas moradas!”, dice ahora. Es un capítulo repetido. La puerta no se cierra. Alguien va hacia el salón acompañado de un quejido lejano y cansado. Casi ni se distingue un “ya está bien” o el típico “estoy hasta las narices”. Procedimiento habitual: se abre la cartera, se entregan dos euros en una palma áspera y se vuelve al hogar.

—Es alguien pidiendo —dice la hija sin despegar la vista de la pantalla.

—Papá ha ido hacia el salón, ¿no?

—Sí.

Móviles y pequeñas distracciones en la cocina para pasar “el mal rato” mientras transcurre el procedimiento habitual.

—Mira esta foto de ayer.

—Qué bonita. Dime cómo se ven las llamadas perdidas.

Madre e hija en la cocina, codo con codo. Cosas normales. Mocos y algo de acidez.

—¿Dónde está papá?

—No sé, habrá ido al baño.

Ya habían transcurrido los dos minutos de rigor y la puerta aún no se había cerrado.

Van hacia el salón.

Nadie.

Nadie en los pasillos.

Nadie en las habitaciones.

Nadie en el otro baño.

Papá no está.

La puerta entreabierta deja escapar por la rendija la calidez del olor a sopa de garbanzos de un martes nublado de diciembre en el que también hubo carne con tomate de segundo para comer.

 

Asier T.

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