Matarme para luego resucitarme

Matarme para luego resucitarme

Escrito por Alicia el 5 noviembre, 2015

Alicia

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Me estoy volviendo adicta a nuestras conversaciones hasta las tantas. Esas en las que ni siquiera miras el reloj, por miedo a darte cuenta de que llevas horas siendo incapaz de pensar en otra cosa, que no sean tus piernas rodeando su cuello.
Siguen siendo igual de sutiles. Pero es que la sutileza en nuestro lenguaje siempre ha sido inexistente.

Quizá palabras con cautela, para dar pie al otro a arriesgarse a decir lo que en realidad ambos estamos pensando, sería nuestro único mérito. Porque está claro que en rechazar la imaginación de sentir tus dedos saboreando mis labios, hemos fracasado.

Dicen que no hay nada mejor que dejarte estrechar entre los brazos del que te ama y por tanto, sentirte amada.
Los que lo dicen no tienen ni puta idea de como escribes y de los orgasmos que provocan tus comas y las ansias al ver los puntos suspensivos en la pantalla.

Cuando me estaba preparando el café esta mañana, no he podido evitar recordar, que me prometiste desayunarme sobre la encimera de la cocina y follarme en el suelo de esta. Y claro, el día ha sido un bucle de pensamientos lascivos por culpa de tu maldita manía de alimentar mi deseo y hacer que parezca yo la culpable.

Quiero que me expliques como pretendes que te mire a los ojos y no ser consciente de que ya me has desnudado 6 veces en lo que corre de segundo.

Mentira.

Lo que quiero es que tu lengua corra por cada centímetro de mi cuerpo y que el reloj deje de contar las horas en las que tus manos no han sido mi juguete favorito.

¿Te he dicho alguna vez que eres muy cruel por no permitirme dormir una sola noche sin derramar ese suspiro que lleva tu nombre?
Seguro que eso te hace esbozar una sonrisa que me gustaría romper junto con tus labios. Mientras la acompaño con la mía al notar en tus dedos inquietos, tus ganas romperse sobre mi espalda. Y te arrodillas ante mi, con la única intención de degustar el sabor de mi impaciencia.

Claro que, podrías cogerme en brazos y estamparme contra la pared.
Pero ¿que gracia tendría eso?
Prefiero tu interés en compartir un orgasmo, unos cuantos mas después y un ¿para cuando repetimos?

Y que repitamos pronto.

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Un día encontré un cuaderno en el que las prostitutas baratas vestidas de palabras bonitas no tenían cabida. Ahí se corrió el rímel y el pinta labios comenzó a desteñir.

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