Relato 18

Relato 18

Escrito por hitoito el 2 octubre, 2015

hitoito

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Es tarde, muy tarde. Fuera la lluvia cae como si no hubiese un mañana; parece que se quiera caer el cielo sobre este maldito edificio de dos plantas, destartalado y tan viejo como el tiempo.
Estoy sentada frente a una ventana mirando a una calle que parece que se derrite. Pero en realidad es todo una artimaña de la lluvia y sus malditos efectos ópticos. No estoy ahí fuera, pero me siento empapada. Acaban de joderme la vida.
No sé qué le hice realmente a ese pedazo de cabrón, pero la vida es así, y los cabrones también son así, en fin.
Me miro las manos, parecen las de una vieja que ha querido rejuvenecer de golpe, y, sin embargo sigo teniendo treinta años recién cumplidos, pero me siento anciana. Anciana y jodida por dentro.
De repente para de llover, ha cesado el aguacero, pero no tengo ganas de salir ahí fuera, me da miedo patinar con mi propia estupidez. O encontrarme con ese pedazo de mierda que no quiero volver a ver en mi vida.

No quiero salir a la calle. No quiero salir ahí fuera, pero algo me empuja a hacerlo. Algo más fuerte que yo; un deseo, un deseo que comienza a arder en mi pecho. Necesito hacer algo y tengo que hacerlo ahora que todavía está la calle húmeda y no hay a penas gente merodeando por las tristes calles de esta maldita ciudad de mierda.
Me pongo el abrigo, y salgo medio rota y medio compuesta, con todo el maquillaje algo movido del sitio, he llorado. Espero que no se note demasiado, porque no me gustaría tener que volver ahora mismo a mí casa. No ahora que ya he comenzado esta mierda.
Camino con decisión. Mis botas de media pierna con tacones golpean el suelo anegado. Comienza a llover otra vez. «¡Mierda! Olvidé el paraguas en casa, me voy a mojar», digo en voz alta y alguien me escucha; un hombre que bebe de una bolsa de papel y, como si no hubiese escuchado nada, sigue bebiendo despreocupado, como si el mundo y todo lo que contiene no le importasen lo más mínimo.
Yo sigo caminando por las calles tristemente iluminadas, a penas si veo mi propia sombra. Cruzo un par de manzanas y veo a los lejos un letrero luminoso que me guía como una apisonadora, y comienzo a arrollar a la gente como una posesa.
«Apártense de mi camino», grito a voz de pulmón. La gente me mira con cara de no entender nada. No me entienden. No saben nada de mí y sin embargo, se apartan sin rechistar cuando ven mi cara de rabia. Supongo que no quieren problemas con una mujer descontrolada como yo.
Entro en aquella tienda y ordeno al dependiente que me dé todo lo que hay en una nota arrugada. El dependiente obedece entre asustado y cansado, tal vez, también algo sorprendido. No me fijo tampoco mucho en su cara, porque solamente llevo una idea en mi cabeza. No me importa una mierda lo que piense ese imbécil.
Fuera sigue lloviendo. «Un paraguas también, por favor», digo con mi voz más amable. Salgo de aquella bazofia de tienda, abro el paraguas y camino con paso ligero pero no atropellado hasta la dirección que llevo escrita de manera casi ilegible en un papel más arrugado que el anterior.

La lluvia sigue golpeando con sosiego la calle ya de por sí mojada, brillante, todo resplandece a las mortecinas luces de las vacías avenidas. No hay nadie, no hay nada. Todo está tan muerto como mi amor por ese mal nacido.
Agarro la bolsa con fuerza y me pongo frente a la calzada. Espero a que pase un coche amarillo que me lleve a mi destino. Espero y mi corazón se ahoga por momentos, pero mi rabia es más poderosa y mata al dolor que crece en mi pecho.
Llega el taxi, hago un gesto con la mano derecha. Se para, saco el papel y se lo muestro y digo al taxista que acaba de abrir la ventanilla:
—Lléveme aquí, por favor.
—Por supuesto, pero le saldrá caro.
—No me importa lo caro que salga, usted lléveme, ¿de acuerdo?
—Claro, claro… Usted manda.
—¡Pues en marcha! Y no haga más preguntas.

El conductor me mira de una manera extraña a través de su espejo retrovisor central. Me observa con ojos escrutadores. Una chica, sola a esas horas de la noche, con una bolsa sospechosa, todo parece sacado de la trama de una película de cine negro, seguramente estará pensando. Me importa una mierda lo que piense, sólo quiero llegar ahí y hacerlo cuanto antes.
Pasamos cientos de calles fugaces, semáforos que se diluyen con el agua que sigue cayendo en forma de cortina. El limpiaparabrisas se ve obligado a hacer un esfuerzo para quitar tanta agua. La noche esta rota. Rota, como todo lo que esperaba de esta vida.
Los minutos pasan de manera inconclusa, sin dar un veredicto concreto de lo que va a suceder en un momento u otro. Yo sigo mi camino montada en un montón de chatarra que va más despacio de lo que desearía, pero el conductor no puede hacer más, el asfalto es demasiado peligroso para maniobrar con destreza, y mucho menos pensar en correr un poco más. No importa, todo llega.
Finalmente el taxi se detiene, hemos llegado. Todo empieza y acaba ahora. Le doy el dinero al taxista, más de lo demandado. Él se marcha contento. Yo estoy a punto de romper la noche con mis manos, pero eso él no lo sabe.
Golpeo la puerta de la casa de mi ex con ambas piernas. Es tal mi ira que la acabo dañando. Escucho pasos rápidos que se aproximan a abrir la puerta. Me escondo en la parte más oscura del umbral y espero.
La puerta se abre y veo la cabeza de una mujer rubia que se asoma. «Cariño, aquí no ha nadie», dice con una voz de furcia despreocupada. Entonces se asoma él. Les observo y procuro no ser vista. Agarro con fuerza la pistola, me tiemblan las manos, estoy cansada. No he dormido, pero el golpe de adrenalina que siento al coger el arma, casi que me mantiene despierta.
Aprieto el arma contra mi pecho con decisión, luego rápida y de manera súbita, alargo el brazo derecho. Dos segundos. Dos malditos segundos es lo que tardo en apretar el gatillo y dejar a uno de ellos tirado en el suelo. El otro grita, es ella. Sale corriendo. No sabe que está pasando, sale despavorida. Debo asegurarme de que no me ha visto. Pero al parecer no me ha visto. El cerdo sigue en el suelo arrastrándose con medio estómago perforado. «Estás jodido», pienso.

Cojo las llaves de su coche de su bolsillo derecho del pantalón. No habla, no me puede ver la cara, la llevo cubierta por una de esas máscaras chinas de porcelana. Sólo gimotea y hace preguntas al viento. Puedo ver como se mueven sus labios, pero yo llevo la música demasiado alta, no escucho nada de nada. Una canción de Rilo Kiley, Picture Of Success suena en mi cabeza y comienza a golpear con fuerza la voz de Jenny Lewis, suena bien. Al fin y al cabo es un “éxito”, he consumado mi venganza.
Con la pala que llevo en mi bolsa le asesto varios golpes en la cabeza y le dejo inconsciente. P ya no puede decir nada, ni siquiera al viento.
Cargo su cuerpo en el portaequipajes. Es doloroso ver en qué ha terminado nuestra situación, pero de mí no se ríe nadie, y muchos menos él. Cierro de un golpe sordo que precede a una canción bastante entrañable de She & Him. “Qué dulce soy”, pienso. “Estoy escuchando This Is Not A Test, y realmente no es un test, es un asesinato”, concluyo.
Subo al coche y meto la llave en el contacto, arranco. Miro por el retrovisor, no hay nadie. Nadie.
Tomo la carretera estatal y pongo la radio, está sonando una canción inequívoca de que todo eso es una señal, R.E.M y su Imitation Of Life, me encanta.
Esta carretera lleva a un pueblo de mala muerte y a una reserva india abandonada, al parecer, hace varios lustros.
Finalmente tomo el camino que lleva a un bosque bastante frondoso, en el que hace un tiempo se halló el cuerpo mutilado de una joven de veintitantos. “Menos mal que no entro en el perfil de víctima de ese asesino”, pienso. Por otra parte, todavía no le han cogido, ni siquiera tienen un sospechoso. Asesina igual que aquel pirado de Montana, pero nadie sabe quién puede ser, porque al parecer, todos tienen coartadas buenas; yo no.
Bajo del coche y saco el paquete del portaequipajes. Pesa lo suyo, el muy cerdo. Saco también varias bolsas de plástico industriales e instrumental.
“Un comienzo que no comienza bien, siempre acaba siendo un mal final”, me digo a mí misma mientras intento acabar con esta situación angustiosa.
Necesito reconfortarme de algún modo, y comienzo a acariciarme los hombros y la espalda, pero no encuentro la forma de sentirme bien, no lo logro. Y, por más que quiero, ya nada me hace sentir bien. Nada.
Dejo de pensar en ello como algo real. Intento hacerme una idea equivocada en mi cabeza, a fin de intentar despistar a mi mente, pero no logro apartar de mí aquella sola idea, aquella idea que, ahora me golpea con toda la fuerza de su realismo justo en mis fosas nasales.
Esto apesta demasiado. Se me está mezclando todo. Esto es insufrible y quiero terminarlo. Sí, terminarlo.
Comienzo a hacer el trabajo. Primero una sierra corta pero efectiva, después una bolsa de basura. Voy metiendo los pedazos y termino, casi vomito. De hecho, he vomitado.
Esto está hecho, ahora sólo tengo que enterrarlo, y me duelen los brazos y hasta el alma. Lo dejo aquí, se acabó. Total siempre fue un cerdo.
La naturaleza se lo traga todo.
Todo, ¿no?

¿Fin?

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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