Relato 17

Relato 17

Escrito por hitoito el 2 octubre, 2015

hitoito

21 publicaciones

«¿Has visto lo que el dolor puede hacer hoy por ti?», me preguntaba la televisión con voz de presentador entusiasta. Yo simplemente, me limitaba a hacer un movimiento de negación con mi cabeza. Un breve giro, y aquel presentador de sonrisa brillante y ojos relampagueantes estaba frente a mí. Me quedé paralizado. El viejo televisor Grundig se quedó en ruido blanco mientras toda la sala de estar se convertía en aquel plató. Y automáticamente, casi sin quererlo, me convertí en el concursante de un programa de televisión en el que el único realmente humano era yo mismo.
El terror comenzó a apoderarse de mí cuando comencé a oír las risas enlatadas con cada frase que pronunciaba aquel ser de pelo engominado y sonrisa forzosa —como si le estuviesen aguantando las comisuras con dos ganchos o dos anzuelos—, era realmente un tipo grotesco.
Las risas enlatadas y los aplausos pregrabados se detuvieron, casi ipso facto, cuando el personaje del traje-chaqueta habló de nuevo, pero ésta vez con una voz atronadora que, amplificada por el micrófono, sonó casi como una amenaza: «¡Que comience el show!»

Entonces y sin previo aviso, sonó un bocinazo que me dejó prácticamente sin sentido del oído, después, a continuación en mi cabeza comenzó a sonar la música; una música terrible que ponía los pelos de punta, de hecho, se me erizó el vello y comencé a sentirme cada vez más incómodo en mi asiento. El tipo dijo con una voz que sonó como una tromba: «¡Silencio!» y la música paró como por arte de magia. Se acercó a mí con aire perturbador, en realidad, yo ya comenzaba a estarlo. Se puso frente a mí y me atenazó con una pregunta escalofriante que subió desde mis pies hasta mi garganta y comenzó a quemarme en la boca, quería salir de mi boca, pero sin duda, salió de la suya: «¿Quieres sentir el verdadero dolor?», él hizo una pausa prudente o para ponerme más en tensión y atacó de nuevo con una pregunta aún más inquietante que, casi me estaba anunciando lo que vendría a continuación: «¿Quieres sentir el verdadero dolor?, ¿ése dolor que sale de tus entrañas y te desgarra por dentro, como si tuvieras un montón de ratas que no pudiesen salir de dentro de ti?». Me quedé mudo, no sabía qué contestar y, de haberlo sabido, no hubiese podido en la vida. Aquello no fue demasiado terrible, porque al rato de preguntarme esto, simplemente, y con una sonrisa sintética me dijo: «Pues… no te preocupes… ¡Ahora sabrás lo que es el dolor, querido amigo!». Ahora sí que no cabía ninguna duda, ese tipo no era humano, y yo estaba a punto de vivir mi peor pesadilla.

La cosa comenzaba a ponerse cada vez más extraña, y aquel presentador comenzó a aplaudirse a sí mismo, porque el público era de cartón; jodidos muñecos de cartón, estáticos, inertes. Yo estaba cagado, esa es la verdad, pero aquel ser no se inmutaba ni conmovía lo más mínimo, era como un robot, pero no parecía un robot. No hablaba como un robot y, por descontado, no se movía como uno de esos cacharros de hojalata.
Se comenzó a mover de un lado para otro, demandaba aplausos de su público y gritaba: «¡Vamos a enseñar a este tipo lo que es el dolor!».
Sacó una foto de mi familia y me la enseñó, y me dijo: «Te voy a hacer sentir lo que sintieron tus padres en el momento de tener el accidente de coche que les provocó la muerte», eso me dejó pálido, sin color, sin aliento, estaba totalmente petrificado, no podía mover ni siquiera una pestaña. El presentador terrible me miró a los ojos, su mirada era terrorífica, me desafiaba y la vez, sus ojos parecían puñales que se querían clavar en los míos. ¿Quién demonios era ese tío?, me preguntaba sin cesar, casi sin darme un respiro a mí mismo, a mi mente, a mi cerebro. Sabía cosas de mí. Conocía mis miedos. ¿Era acaso el diablo? ¿O la muerte? ¿Quién?
Se rompió el silencio y cuando quise darme cuenta, el escenario había cambiado completamente. Aquello ya no era un plató estrambótico con un público de pega, estaba en el Ford de mis padres, pero sin estar, era extraño. Los veía, pero ellos no me veían a mí y, sin embargo yo estaba físicamente dentro del auto. Era demasiado raro para contarlo a la mañana siguiente en el trabajo. Como poco, me tomarían por loco, pensaba.
Mi madre iba cantando una canción de Michael Bolton. Mi padre iba atento a la carretera, parecía que no sucedería nada, al menos, eso parecía.

Mi padre manejaba el volante con suavidad. Mi madre ahora cantaba “To France” de Maggie Reilly y Mike Oldfield. La carretera estaba desierta, pero la niebla era intensa y casi no se podía ver a través de ella. Yo estaba aferrado al asiento derecho trasero, quería salir de allí, pero no hubiese podido, porque cada vez que quería abrir la puerta para saltar o la ventanilla para salir por ella, mis manos se volvían transparentes, como fantasmales, era un ser de carne y hueso pero con manos de gelatina, era algo demasiado raro para ser cierto, pero sin duda, aquello estaba ocurriendo de verdad, yo estaba allí y esa era la realidad.
Ya no escuchaba la voz de aquel tipo, por lo menos, eso era un alivio. Estaba con mis padres a los que pude disfrutar muy poco tiempo. Era como volver a mi infancia, pero de una manera escabrosa, porque aquello era el momento de su mortal accidente, iba a presenciar su muerte, pero además yo iba a morir también, ¿o qué?, me preguntaba mientras miraba por la ventanilla los árboles de siluetas fantasmagóricas, terribles, insinuantes de muerte, de la muerte que se llevaría a mis padres.
La niebla era cada vez más espesa, ya no se podía ver lo más mínimo, estaba aterrado. No sabía que sucedería, era desconcertante, realmente desconcertante. Mi padre seguía atento, aunque ya no podía ver nada, y sugirió mi madre: «Cariño, deberíamos buscar un lugar donde parar, no se ve nada y no conoces esta carretera». Mi padre le contestó: «No te preocupes, Evelyn, llegaremos enseguida». Yo al escuchar esas palabras, esas últimas palabras, quise llorar, de hecho, lloré sin consuelo, porque no podían oírme. Ahora entendía todo, ahora entendía a aquel tipo extraño de sonrisa artificial, esto era sentir dolor. Pero…¿por qué a mí?, me preguntaba con insistencia, casi me mareo de las veces que repetí aquella pregunta mentalmente.
Mi madre seguía tarareando canciones de la radio, era el día de Noche Buena. Lo que yo logro recordar, es que estaba con mi abuela en ese momento. Era triste recordar y me producía un dolor profundo que me perforaba lentamente. No quería tener recuerdos y, sin duda me estaban obligando a recordar, además, algo que nunca había vivido antes. Ese era un golpe bajo, demasiado bajo para tratarse de una lección, aquel presentador quería que sintiese verdadero dolor, quería hacerme daño. Yo ya me temía lo peor, entonces, y casi sin darme cuenta, mi padre dio un volantazo. Todo comenzó a ir muy deprisa, pero a mí me parecía que iba muy lento, como hecho a propósito especialmente para mí. Mi madre dejó de tararear y comenzó a gritar, y a decir cosas que casi no podía escuchar, porque la voz de mi padre y la suya se entremezclaban y daban como resultado una absurda e inteligible cacofonía. Yo me estremecía cada vez más por momentos. De repente, sentí un golpe certero y doloroso en la cabeza. El coche se salió de la carretera traspasando el quitamiedos. Ahora sí que estaba aterrorizado, porque aquella caída era terrible, y más siendo una carretera de montaña. El coche comenzó a dar vueltas sucesivas sobre un mismo eje imaginario, y yo con él, también mis padres. Comencé a ver la sangre, mi propia sangre y a sentir primero rasguños y pequeños cortes, luego punzadas, después contusiones, roturas, fracturas. Los cristales de las ventanillas se me clavaron en la carne y me atravesaron lentamente, pero produciendo un dolor indescriptible. Mi madre tenía su cara destrozada. Mi padre se había golpeado contra el volante y de su cabeza manaba un reguero de sangre. Los cristales de todo el coche estaban esparcidos por sus cuerpos.
Finalmente el coche se paró. Yo estaba vivo pero terriblemente tocado, creo que me volví loco en aquel momento. Mi madre estaba muerta con medio cuerpo aprisionado, la ventanilla la había sesgado el cuello y su cabeza estaba medio desencajada del cuerpo. Mi padre estaba totalmente irreconocible. Su cabeza había reventado, literalmente, no tenía una forma humanamente posible. La sangre estaba esparcida por todas partes, y el coche había quedado totalmente compactado. Yo estaba atrapado, no podía moverme y me dolía todo el cuerpo. ¿Era ese el dolor del que me hablaba aquel tipo? No lo sé, pero ya no sabía ni dónde estaba. La cabeza me daba vueltas, y un espantoso olor a gasolina me golpeó, como un revés que no te esperas. Aquel coche comenzaría a arder tarde o temprano y yo estaba inmóvil, estaba atrapado como una mosca en la tela de una araña. Quería escapar, pero las piernas estaban totalmente rotas, y hasta podía ver el hueso salir de ambas. Tenía todas las costillas rotas, o casi todas. Y ya no podía ni hablar, seguramente tenía un derrame, porque me salía sangre de ambos oídos. Estaba realmente jodido, realmente acabado.
Cerré los ojos y deseé que aquello terminara pronto, lo hice, o lo intenté, porque ni eso podía hacer. No podía hacer nada, estaba condenado a arder con mis padres en aquel Ford de color azul. Estaba condenado a arder por querer olvidar mis recuerdos, por querer olvidarme a mí, por querer ser otra persona. Aquello era sin duda un castigo de alguna entidad suprema. No podía ser de otra forma.
Todo se comenzó a oscurecer. ¿Se estaba haciendo de noche? ¿O me estaba muriendo? ¿Era eso la muerte? ¿Oscuridad? No lo supe en ese momento, y creo que no lo sabré nunca.
Todo se volvió negro. Todo se apagó. Y sin yo quererlo, volvió a sonar aquella música terrible en mi cabeza y la risa estremecedora de aquel horrible presentador de televisión.
«¡Aplausos, aplausos!», dijo.

Publicaciones relacionadas

hitoito

21 publicaciones

Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

Comparte esta publicación en

Comentarios

Be the First to Comment!

Recibir notificaciones de
avatar

wpDiscuz