Fuego del desconocido

Fuego del desconocido

Escrito por nemesis el 29 septiembre, 2015

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Ruido, luces nocturnas, farolas encendidas, carteles publicitarios, la débil luz de estrellas lejanas, una inmensa luna que de vez en cuando se deja ver entre las nubes purpúreas de un cielo oscuro…

Calles húmedas, el estrambótico ajetreo del tráfico, los semáforos cambiando lenta y paulatinamente.

Tres de la mañana.

Una joven descalza dibuja eses deformes por la acera en plena ciudad, con los tacones en la mano. Un vestido negro de espalda descubierta deja entrever sus tatuajes, su silueta, su piel erizada, pues el contacto del suelo frío bajo sus pies descalzos hace que toda su piel se erice.

Demasiadas copas, piensa mientras camina, demasiados gilipollas en el último garito.

Malditos tacones. Malditos taxis. Maldita ciudad.

Sigue caminando sin rumbo fijo, buscando un taxista que la pare, que la escuche, que le haga un mínimo de caso. Se detiene y busca torpemente su tabaco, el último cigarro del paquete de Marlboro, por el cual le han cobrado cinco putos euros. La vida es una estafa, piensa mientras busca el mechero. ¿Y su mechero? Mira al cielo irónicamente y maldice la noche y sus habitantes. No tiene el puto mechero.

Quiere fumar, pero no ve a nadie en la calle. Mira a los lados… atrás… nadie. Sigue andando descalza, notando la frialdad del suelo, con el cigarro en la mano, deseando poder darle una calada, calmar sus nervios, su frustración, encontrar un taxi, irse a casa, ducharse y dormir.

A lo lejos ve un hombre, un hombre fumando. ¿Y si es un violador? ¿Un perturbado? Da igual, necesita fumar.

Acelera el ritmo, descuidando sus pisadas. Se acerca, alza sus pies de puntillas y toca su hombro.

—Perdona, ¿tienes fuego?

El hombre la mira con desdén. Una sonrisa se dibuja en su cara.

Claro, princesa, aquí tienes.

Saca el mechero del bolsillo de su pantalón ajustado y lo enciende, iluminando el perfil de la joven.

—¿Qué hace una princesa tan sola a estas horas de la noche y por aquí?

El hombre no deja de sonreír mientras guarda el mechero.

—Me has salvado. Gracias, de verdad, necesitaba fumar.

—No me has contestado.

Sonríe y despídete, se dice a sí misma, mientras se da cuenta de que ese hombre tiene pinta de ser un jodido perturbado, pues su voz suena autoritaria.

—Bueno, me tengo que ir, me están esperando. Gracias por darme fuego. Hasta luego.

Se gira. Un grave error por su parte. El hombre agarra su brazo y la arrastra hacía él. No tiene tiempo de reaccionar, la agarra con sus brazos, aprieta su pecho y su miembro contra ella, huele su pelo, su cuello.

 

—¡Suéltame!

El hombre sigue oliendo su pelo, lame su cuello y se desplaza lentamente hacia un lado para apoyarse en la pared. Está agarrada de tal forma que es incapaz de moverse, por mucho que se revuelve no consigue soltarse. Ese hombre, ese loco, tiene una fuerza descomunal.

Me va a matar, piensa, mientras el pánico se apodera de ella.

—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡¡Socorro!! ¡¡Por favor!!

—Calla, princesa, calla.

El hombre no eleva la voz, habla casi en un susurro, tapa la boca de la mujer con delicadeza mientras con el otro brazo aprieta más con más fuerza, cuerpo con cuerpo.

—Eres tan pequeña y delicada, eres como tienen que ser las princesas…

La joven mira a aquel hombre aterrada, no sabe qué esperar, no entiende la situación… Pero comienza a notar a la altura de la curva de su espalda el miembro erecto y duro del hombre, que cada vez la aprieta más fuerte.

No deja de oler su cuello y su pelo, no la toca en ninguna parte, sólo la huele y aprieta con fuerza.

Vas a hacer lo que yo te diga, ¿Verdad? ¿Vas a ser buena conmigo?

No puede hablar, pero asiente, las lágrimas comienzan a caer de sus ojos asustados.

Sólo espera la oportunidad y sal corriendo, se repite automáticamente una y otra vez. Sal corriendo.

Camina conmigo, vamos al coche. Te voy a llevar a mi reino, princesa.

El hombre deja de apretar su pequeño cuerpo y libera la boca.

Ella intenta salir corriendo, pero se escurre en el pavimento mojado, cae de rodillas e intenta incorporarse deprisa para poder escapar de aquel perturbado.

No lo consigue.

El hombre la agarra de la pierna, haciéndola caer de nuevo torpemente al suelo, ensuciando su vestido, raspando sus rodillas.

La arrastra hacía él, se sube encima de ella, agarra su cuello, sus hombros y se pone cara a cara con la joven que le mira aterrada.

No es capaz de pronunciar palabra, su pecho sube y baja a un ritmo desenfrenado, las rodillas le arden.

¡Torpe, torpe, torpe!, acabas de perder la única oportunidad que tenías, se reprocha por dentro.
Eso no lo hacen las princesas. Lo que tú acabas de hacer lo hacen las rameras. ¿Acaso me has querido engañar? ¿Eres en realidad una sucia mujerzuela? Sabes…Yo sé cómo tratar a esas mujeres de mala vida…

Retira un mechón de pelo de la cara.

Se levanta de encima de ella, hace lo mismo con el cuerpo de la mujer pero sin delicadeza alguna, mira con frialdad sus ojos asustados.

Sonríe de nuevo, esta vez con malicia.

Su rostro ha cambiado…ha tornado a un gesto de maldad.

Agarra sus pequeños hombros y la empotra con dureza en la pared. La besa, pese a que ella no le responde y cierra los labios, él sigue besando su cara, y a fuerza de lengua consigue penetrar en su boca.

Con el antebrazo sujeta su cuello, casi ahogándola. Lame su mano libe con ansia, y de una patada abre las piernas de la mujer descalza…

No por favor, no me hagas nada.

Las rameras como tú por lo único que suplican es para que le metan la polla bien dentro, y eso es                 lo que voy a hacer, pero todo a su debido tiempo.
Me va a matar.

Maldito mechero.

Con la mano humedecida por su saliva, separa los muslos de la joven, que ahora tiemblan de miedo, aparta el tanga e introduce sin piedad alguna, tres de sus cinco dedos, índice corazón y anular.

Duele. Su interior se desgarra y se dilata a la vez.

Mueve sus dedos dentro de ella, los mete y saca sin dejar de mirar su cara. Ella tiene los ojos cerrados, sus lágrimas brillan bajo la luz tenue de las farolas.

Su cuerpo vibra. Siente cómo sus dedos la destrozan por dentro.

¡Basta!

¡Cállate, puta!

El hombre aprieta más su antebrazo, casi ahogándola, hundiendo su pequeña y delicada nuez.

Se relame la mano, disfruta del sabor que ha dejado en ella el interior de la mujer. Chupa uno a uno sus dedos. Saborea el jugo blanquecino y pegajoso que en ellos hay.

Agarra su delicado cuello, ahora ya enrojecido por la presión ejercida y hace que camine calle abajo. Giran a la izquierda y se meten dentro de una callejuela en penumbra.

¿Y mis tacones? Piensa mientras camina a trompicones. No seas absurda, vas a morir, ¿Qué importa que sea descalza?

No quiero que nadie vea lo que te voy a hacer, sucia ramera.

Sus muslos están húmedos, pues aunque no ha disfrutado, su sexo se ha humedecido de tanta sacudida interna. Los nota pegajosos.

La empuja con tal fuerza que cae, raspándose de nuevo rodillas y brazos, de tal manera que se hace sangre, y nota el escozor de las heridas.

Sin dar a su víctima tiempo a levantarse, el hombre agarra sus tobillos y gira su cuerpo, se sube encima de ella, y comienza a reírse a carcajadas, como un desquiciado.

Me va a matar, se repite ella de nuevo.

Toca sus pechos, y hace fuerza con sus piernas para que no pueda escapar. Pellizca sus pezones, duros por el frío del pavimento en su espalda, por el miedo, por la… ¿excitación?

Se acerca a ella y lame su cara. Un sentimiento de asco llena a la mujer, que usa los brazos para apartarle e intentar quitarse de esa posición.

Una bofetada, tan fuerte que hace sangrar el labio superior, crea eco en la callejuela, pero nadie puede oírlo, se encuentran solos.

No te resistas, no se servirá de nada.

¡Basta! ¡Basta! ¡Puto Loco! ¡Por favor! ¡Basta!

Suplica cuanto quieras, eres una ramera y pagarás tu engaño.

El sonido de un coche a lo lejos hace que el hombre mire para atrás. En ese momento, ella araña su cara y se retuerce de tal manera que casi puede soltarse de la prisión de sus piernas.

¡Maldita zorra!

Agarra sus muñecas con una sola mano, ejerce una fuerza descomunal.

Aun nota el escozor de sus rodillas por la caída anterior. El pánico empieza a apoderarse de ella, no sabe qué hacer.

Con la otra mano el hombre se desabrocha el botón del pantalón y baja la cremallera, no lleva ropa interior, lo cual le hace más sencillo liberar la bestia interna.

Me va a follar y después me va a matar…

Maldito mechero.

Con la mano libre, abre las piernas de la mujer y con sus rodillas hace de tope para que pueda cerrarlas.

¿Ahora qué, putita? ¡Ahora qué!

Por favor…

Escupe en su mano y lo restriega por su falo duro, grueso y venoso, lo coloca en la posición adecuada y acaricia la cara de ella.

Cuando menos lo espera…

ZAS.

Se introduce bruscamente, tanto que el pequeño cuerpo de la mujer parece vibrar en la embestida y el asfalto araña su espalda por la violencia de la misma.

Grita con un gemido de dolor, pues su sexo no está preparado para tal acometida.

Él se excita aún más, y muerde su cuello. Se queda dentro, notando el calor de su sexo, notando cómo éste se dilata por la dimensión de su miembro, que cada vez va creciendo más y más dentro de ella.

Lágrimas cristalinas recorren la faz de la mujer.

¿Te ha gustado, putita?

Por favor…

El hombre sigue embistiendo el cuerpo de la pequeña joven, una y otra vez. A cada arremetida, un nuevo grito, dolor y excitación.

Gritos y gemidos se unifican.

Sale de ella. Se está haciendo daño en las rodillas. La levanta con una sola mano.

Las piernas de ella tiemblan. Sus muslos están mojados. Su sexo húmedo y chorreante.

El hombre se dirige a la pared y empuja a la mujer hacia ella. Se coloca detrás suya y curva su espalda.

Una espalda roja y herida.

Maldita la hora, piensa.

Maldito mechero.

Abre de nuevo de nuevo sus piernas forzosamente, pues ella aún se resiste. Agarra sus brazos con una mano y los apoya en la pared. Con la otra, coloca su glande en el núcleo abismal de la mujer para después rodearla con sus brazos y embestirla nuevamente.

El cuerpo de ella se curva, se eriza, se resiente.  El de él…disfruta.

Mete primero el capullo, haciéndolo girar en círculos y después termina la embestida con dureza.

Ella grita. Siente como si el mismo demonio estuviese poseyéndola en aquella callejuela.

Continua metiéndola sin ningún problema, pues la lubricación va mejorando a cada metida. El sonido que produce le excita y enfurece más.

Te gusta, ¿eh, puta?

Ella no contesta, sólo intenta respirar, pues cada vez le resulta más costoso.

¡Contéstame!

Se introduce más fuerte, con más potencia, agarrando su pecho con ira. Da una cachetada sonora en su nalga, dejando la marca de los dedos. Se queda dentro.

Se mueve en círculos. Le encanta.

Basta…por favor…por favor…

¡Cállate!

Aún dentro de ella, lame su espalda.

Sus piernas pronto cederán, no aguantan más tensión. Las embestidas de aquel perturbado la están destrozando. Pero no puede evitar, muy en su interior, disfrutar un poco.

Quiero que me la comas.

Pone a la mujer de rodillas, agarra su cabeza y empieza a ahogarla con su falo erecto.

Se la mete hasta dentro, haciendo que ella salive en exceso, que haga sonidos guturales,  casi de asfixia, que incluso le den arcadas. Sus ojos se encharcan de lágrimas. Su cara se pone roja.

Se ahoga con su escroto.

¿Ves como eres una ramera? Las princesas no comen pollas. No así. Quiero correrme, pero dentro de ti.

Ella niega con la cabeza, y el perturbado introduce más adentro su pene, haciendo que ella explote en un ataque de tos.

La tumba con brusquedad en el suelo, en el frío suelo. Pone sus piernas magulladas y temblorosas en sus hombros, dejando al aire todo su sexo húmedo y dilatado.

Esta vez no necesita colocar su falo, pues de la erección se posiciona solo. Agarra sus muñecas con una de sus grandes manos, la otra apoyada en el hombro hace fuerza hacía él. Necesita  un punto de apoyo y será el pequeño cuerpo de la joven exhausta.

Deja reposar su cuerpo, dobla a la mujer, haciendo que toquen rodillas y cara. Disfruta de la flexibilidad que otorga semejante ramera.

Embiste, se introduce en la joven de forma desorbitada, disfruta de semejante placer que es penetrar ese cuerpo. Un cuerpo que no le pertenece.

¿Me matará? Ya no afirma, ahora se lo pregunta.

Maldito mechero.

El hombre gime como un oso en celo. Nota cómo su cuerpo expulsa el pecado. Cómo se corre dentro de esa sucia ramera. Cómo recorre su interior el elixir blanquecino.

Disfruta del calor que produce su propia hidromiel dentro de la mujer, el calor que se expande por los muslos de la joven. El sudor cubre su cuerpo, el suyo y el de ella.

Pero aun no ha salido, no ha dejado de penetrarla. Aún permanece dentro. No quiere dejar de disfrutar de esa sensación.

Pasan diez minutos, lo que a ella le parece una eternidad…y finalmente se incorpora.

Se guarda su ya flácido pene, abrocha su pantalón y sube la cremallera.

Ella huye torpemente hacia la pared, encogida sobre sí misma. Espera lo peor.

Él se acerca, le tira el mechero y un cigarro, se gira sobre sus talones y comienza a andar.

Gracias por el servicio. Ahí tienes tu mechero. Fuma.

No dice nada. No contesta. Ni siquiera le mira. Con la mano temblorosa enciende el cigarro y aspira una fuerte bocanada de humo…

Une escalofrío recorre su cuerpo, el cielo empieza a clarear y el sonido de los pájaros comienza a escucharse de forma difusa.

Lo ve alejarse de forma tranquila y pausada.

No hace nada, sólo fuma.

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