Cuento de amor y primavera

Cuento de amor y primavera

Escrito por Siseia Olvidio el 28 septiembre, 2015

Siseia Olvidio

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 Se encontrada en ese momento del día en que las luces del alba se pueden confundir con las del ocaso. El cielo con tonos naranjas poco a poco vistió los colores del amanecer.
Descorrió la puerta, los primeros días de la primavera eran fríos, el rocío vespertino daba aspecto del fragilidad cristalina, la brisa provoco en él que se abrigara un poco. Él miró hacia el santuario, los cerezos en flor flanqueaban la subida y una senda de adoquines llegaba justo a la puerta que separaba lo humano de lo divino.
Instintivamente pasó su mano por el bolsillo, notó la raíz pagana, respiró aliviado. Todos los dioses necesitan sacrificios y él estaba dispuesto a hacerlo, recuperar a su amada merecía perder la vida y el alma.
Comenzó a recorrer el camino adoquinado, olía por última vez la tierra mojada,  la hierba, grababa los trinos de los gorriones, se impregnaba de verlos desperezarse en las ramas de los cerezos, otros se bañaban en las pequeñas fuentes junto al puente.
El camino se le hizo largo, cuando llego a su destino lo preparó todo, pasó la cuerda por uno de los travesaños de la puerta, hizo un nudo corredizo, sacó de su bolsillos la raíz de mandrágora. De sus labios salió el conjuro, la plegaria a la diosa de los amores perdidos, de los desencuentros pidió su favor.  Empujó el tronco en el que se había subido, el crujido de la fractura de su cuello saco de su baño mañanero a los gorriones levantaron el vuelo, los que estaban en las ramas florecidas de los árboles en su escapada fortuita desprendieron los pétalos níveos de las flores provocando una nevada primaveral.
El cuerpo se agitó con los últimos espasmos de vida, su ropa se humedeció cuando sus esfínteres se relajaron. Como un péndulo se balanceaba, las aves volvieron a su rutinario baño y canto.
La oscuridad era fría y sorda, la muerte, el más allá no le produjo sorpresas tal y como esperaba encontró una ausencia absoluta. Volvió a repetir 21 veces el mantra aprendido, si la raíz había cumplido su cometido la diosa aceptaría el presente y le dejaría entrar en el jardín.
Notó como el silencio sordo se detuvo al instante, como una onda de agua se sintió engullir, un tirón fuerte de todo su ser lo empujó hacía un punto luminoso que anteriormente no se veía. El movimiento cesó tan rápido como empezó y una inmensa claridad le hirió los ojos.
Se tuvo que adaptar a ese lugar iluminado por un sol en el cenit perpetuamente, sí había sido bendecido por la diosa acepto la ofrenda la raíz del ahorcado por su alma. Estaba en el jardín de los suicidas, allí encontraría a su amada.
Acudieron rápido los monjes a sostener el cuerpo que colgaba de la puerta, uno lo sujetó de las piernas para impedir que muriese, su inexperiencia le impidió ver que era tarde y un acto inútil. Lo tumbaron en el suelo con cuidado, lo reconocieron enseguida, un grito ahogado y un rezo por su alma fueron lo único que pudieron articular en ese momento.
Lo llevaron en procesión, recorrieron con él a hombros el camino adoquinado, vivía y ahora volvía muerto. La puerta estaba descorrida y les sorprendió no encontrar a nadie del servicio, sólo había legajos en el suelo, incienso aún quemándose y un altar con el retrato de su difunta esposa.
Se tomaron la licencia de lavarlo adecentarlo y velarlo mientras alguien avisaba a la familia cercana y servicio. Un joven monje recogió la estancia desordenada con tantos papeles en el suelo. Un temblor súbito se apodero de novicio llevaba poco tiempo consagrado, pero los años de estudio habían sido muchos, y aquel símbolo sabía que y a quién representaba.
La diosa primigenia la que juega con la muerte en la vida y la vida en la muerte. Llamó a su superior y este le mandó a buscar la raíz esperaba encontrarla. Miro y remiró en toda el alrededor de la puerta y nada, le susurro eso mismo al superior al oído. Ambos empezaron a rezar pasando las cuentas de sus malas y sabiendo que ese hombre amable se había condenado a una servidumbre a una diosa tirana eternamente.
Le advirtieron, le dijeron que mejor era dejar a su amada como estaba que en las sucesivas reencarnaciones se encontrarían, pero ahora por su impaciencia se había inmolado para el ser más temible de todos para una recompensa con trampa.
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Vivo mi muerte tan rápido como bebo mi vida.

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