Clara esencias naturales.(I)

Clara esencias naturales.(I)

Escrito por Siseia Olvidio el 29 septiembre, 2015

Siseia Olvidio

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Aquella mañana el aire estaba cargado de un intenso olor, intensificado como avanzaba el sol y el calor por el cielo. Durante la mañana se produjeron algunos desvanecimientos, pero en el cenit solar y de calor aumentaron vertiginosamente. El pánico, el desconcierto empezaron a tener abrigo entre los corazones desazonados de aquella pequeña pedanía del norte de Jaén.

Un arroyo de agua cristalina discurría por su cauce chispeante, se percibía desde su fluir las carcajadas de las náyades, se formaban en los recodos lagunas, las agujas de los pinos cercanos se abandonaban en caída libre hacia el refrescante agua. Los rayos de sol se filtraban por las ramas de los árboles, juguetones montaban las olas del arroyo devolviendo el reflejo de mil diamantes, o eso pensó Clara. Andaba contemplando el paisaje extasiada por la belleza y animada por el amor floreciente que crecía en su corazón.

Fantabuloso, esa era la palabra que había inventado con su amante para describir la sensación de permanecer juntos unidos, de pasarse horas muertas bebiendo la esencia de la otra persona. Ella casta, por las circunstancias de una vida llena de obligaciones y una malformación que ahora se percibía menos. Él, su amor era todo lo que pedía con fuerzas cuando soplaba las velas de su tarta de cumpleaños. Había salido a recoger hierbas aromáticas, para crear, festejar lo contenta y satisfecha que se sentía, compartir todo lo que su ser desprendía, de la forma que mejor sabía hacerlo creando un jabón casero con olor a amor.

Retornó a su hogar, una casa cerca de una pequeña pedanía, esperaba que Enrique aún durmiera o la esperara listo para volver a amarla.

-Corazón- susurró ella al entrar en casa- ¿estás despierto?. Como respuesta obtuvo un quejido.

-Corazón ya sabes que lo hago porque te quiero- su conversación se dirigía a un bulto iluminado levemente por la claridad que pasaba por la puerta que ella franqueaba.

Avanzó hablándole a ese ser que permanecía atado, respirando ansiosamente. El muchacho tenía los ojos llenos de lágrimas de desesperación, la mordaza con un paño de cocina le hacía agitarse más al respirar pues el algodón del que estaba hecho le asfixiaba.

-¿Me vas a volver a hacer el amor?- preguntaba sonrojándose Clara, – Si quieres y no gritas saldremos al patio, realmente da igual que grites nadie te va a escuchar.- Una mueca de sonrisa iluminó su cara.

Enrique se sentía morir, la angustia, el desamparo y la indefensión se apoderaron de él. Sólo entró en aquella tienda para pedir una indicación, le gustaba fotografiar la naturaleza y estaba enamorado de la sierra norte. Repasaba una y otra vez en su mente que había dicho, hecho, por qué se detuvo allí. Quizás le gustó el cartel de madera impreso con letras quemadas y adornado de flores, aquellas flores pequeñas y violetas que había fotografiado tantas veces y ahora victima de la desesperación era incapaz de recordar.

Enrique escuchaba como ella le hablaba, como sus pasos se acercaban a él, el aire le faltaba. Clara acarició el rostro del hombre, este en un acto reflejo movió la cabeza, el asco era superior, se sentía sucio, ultrajado y la atmósfera de la habitación no acompañaba.

-¿Me rechazas?- le preguntó la mujer desencajando la mirada, el hombre sólo podía gemir para recuperar y llenar de aire sus pulmones.

-¿Hay otra verdad?¿cómo se llama esa zorra?-le interrogaba sin obtener respuesta de su enmudecido amor. Clara cayó en la cuenta del trapo que silenciaba a su novio, se la quitó pero él volvió a tener un movimiento de rechazo a su cercanía.

-Estás loca- le gritó a la chica- no me conoces me has ultrajado.

-Tú me has engañado con otra- le reprochaba empezó a resoplar y a moverse como alimaña encerrada. -Yo que me he entregado a ti, que te he dado mi virtud, me engañas con otra.

Enrique sintió náuseas y vomitó el engrudo papilloso que Clara le dio antes de salir al bosque. Tuvo que vomitar de lada al estar atado de pies y manos en los cuatro barrotes de la cama de alpaca.

Clara cambió del enfado y del reproche al maternal interés en un parpadear de ojos. Desató al chico una mano, que vomitara los tranquilizantes no era problema estaba lo suficientemente aturdido para escapar…………………………..

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Vivo mi muerte tan rápido como bebo mi vida.

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