Relato 16

Relato 16

Escrito por hitoito el 3 julio, 2015

hitoito

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Para una mujer de mi edad, cuarenta y dos años, la vida puede parecer pesada, demasiado. Pero si además, a todo eso le sumamos que padezco agorafobia, la vida no es sólo pesada, es además estremecedora.

Me dan pánico los espacios abiertos, tanto que a veces tengo ataques de pánico antes de salir. No puedo salir de casa.

En realidad, nunca he podido salir de casa, y eso es frustrante para una niña, que ve como los demás juegan con sus amigos y amigas, o hacen batallas de bolas de nieve durante las copiosas nevadas. Siempre fui una niña de lo más triste, asomada en la ventana sin poder salir.

Soy una mujer triste ahora, no he tenido una verdadera infancia. Nunca tuve amigos de verdad, todos eran imaginarios. Mis amigos eran peluches. Por eso odio mi vida. Por eso me odio la mayor parte del día. Excepto cuando como algo y aplaco mi ansiedad.

Tengo algo parecido a una pareja. Hablamos por skype, y de vez en cuando se deja caer por mi casa, aunque con cuarenta y tantos todavía vivo con mis padres. Así que decir que es mi casa, bueno, suena un poco a broma.

Me levanto cada día con la sensación de ser un bicho insignificante en una tostada llena de mermelada. Me siento pegada al mundo de una forma terrible. El mundo me parece tan enorme y yo tan pequeña que, cuando esto sucede, el pánico llama a mi puerta en forma de serotonina y me avisa. Aunque yo nunca hago caso de sus avisos y luego vienen los espasmos, las convulsiones, y un rosario de síntomas algo desagradables.

Mike dice que es mejor que no nos veamos mucho, porque a veces me dan sin más, a la que veo un espacio enorme por la televisión, por ejemplo.

Un día, Mike me llevó al cine con los ojos vendados, y ya dentro del cine me retiró la venda. Estaba oscuro y medio vacío. Vi la película sin problemas, pero al encenderse las luces vi un espacio enorme ante mí, y comencé a sentirme muy ansiosa, el sudor frío… Grité, gritaba mucho. Comencé a sentirme cada vez peor. Necesitaba salir de allí como fuese.

Cerré los ojos y corrí ciega y medio loca hacia la salida. Tropecé varias veces. El dolor bajó la intensidad de mi ataque y pude salir con los ojos cerrados, no sin antes golpearme numerosas veces. El dolor disipó mi pánico y salí por aquella puerta automática.

La puerta se abrió y llegaron a mí aromas, sonidos, ruido, voces, pero sobre todo ruido. Era todo tan ruidoso…

Abrí los ojos y estaba ante una calle que no tenía fin, la avenida Madison. Estaba a punto de recaer. Sabía que si me daba allí, me quedaría en estado de shock.

Mike llegó corriendo y me puso la venda. Yo ya estaba arrodillada implorando por salir de aquel lugar infernal.

Mike me abrió la puerta de su coche y entré gracias a su ayuda. Cerró la puerta y me llevó a casa. Allí tomé mi medicina y la ansiedad, el pánico y todos sus compinches fueron desapareciendo paulatinamente.

Mike se fue a su casa y me prometió no hacerlo nunca más. Yo estaba haciéndome la dormida cuando lo dijo. Me dio un beso de buenas noches y se esfumó como mi ataque de pánico.

Pasaron los años y Mike se fue cansando de mí. Aunque nunca hemos dejado lo nuestro, es obvio que él tiene una amante o una relación más normal.

Yo siempre he sido una mujer solitaria. Nunca he podido moverme de aquí sin ayuda. Siempre he estado mal, y no creo que nunca me cure. Porque según mi psiquiatra, la enfermedad ha empeorado, y ahora ya ni siquiera puedo mirar por las ventanas sin sentir escalofríos.

Ya no puedo abrir a Mike. Él tiene una llave de casa y entra cuando le parece bien o cuando su mujer le deja tranquilo.

Mi vida es cada vez más pesada. Pesa mucho, pesa demasiado. Pesa tanto que estoy pensando en acabar de una vez por todas. Sin embargo, pienso en qué pensarían mis padres y se me pasa. Aunque, después de todo, mi vida no vale nada.

No sé cómo terminar sin mancharlo todo, y tampoco sé cómo despedirme de los que quiero sin ir a verlos. Quizás por eso; quizás por intentar suicidarme, ya no me dejan salir de este cubículo acolchado. Quizás por eso, porque aquí estoy segura, Mike ya no viene a verme desde el ataque en el cine.

Sí, será por eso.

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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