Relato 15

Relato 15

Escrito por hitoito el 24 junio, 2015

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Estamos en 1856, en Inglaterra. Una lluviosa tarde de octubre, concretamente del treinta de octubre de 1856.

La gente salía de la pastelería con sus caras sonrosadas. Yo era un crío por aquel entonces; uno lleno de suciedad y hollín, era deshollinador.

En Londres limpiar chimeneas era un trabajo bastante mal pagado, pero daba algún beneficio para comprar alguna chuchería.

A mí me encantaba ir a la pastelería y llevarme un pastelito. No me llegaba para dos, ya que tenía que pagar a mi empleador; un huraño viejo que lo único que me dejaba a mí eran unos pocos chelines.

Entonces entré en la pastelería y le pedí un pastelito al dependiente. Él me dio un pastelito, pero lo dejó en el mostrador y lo agarraba aún. Con la otra mano me reclamaba el dinero pertinente. Yo saqué los pocos chelines que llevaba y entonces él me dijo:

—Son dos peniques. Si no tienes más, niño sarnoso, mejor que no vuelvas por aquí, hasta que tengas para comprar este mísero pastelito —su sonrisa era la de un psicópata.

—Señor, es lo único que tengo. Antes…

—He subido los precios. El negocio no va muy bien desde que abrieron una nueva pastelería en el barrio. Así que me he visto obligado a subir los precios, mocoso.

—Pero, señor, estoy hambriento, hace frío y tan sólo soy un niño. Por favor, tenga piedad.

—Lo siento —me dijo mientras me hacía ademán con la mano derecha y me señalaba la puerta.—¡Largo de aquí, niño pobre asqueroso!

Fuera seguía lloviendo y el frío insistía en agrietar todos los huesos de mi endeble cuerpo; como si de una banda de mineros se tratara, comenzó a picar en ellos. Tuve que ocultarme, tenía que resguardarme de aquel terrible frío, y vi de repente una trampilla abierta. Me metí. Ya dentro, vi que era una casa bastante bonita, lujosa, muy lujosa, quizá de alguien sumamente más importante que yo y que muchos señores de Londres a los que había limpiado sus chimeneas, y por supuesto más que ese señor alto, delgado y relamido de la pastelería.

No había nadie. Entonces pude fijarme en uno y cada uno de los detalles con total tranquilidad. La casa era muy espaciosa, decorada con alfombras de Kachemira. En ese momento no sabía qué era, pero me parecieron preciosas y también me lo parecieron sus motivos. Había también una biblioteca enorme en la que se podían observar muchos libros de los grandes autores británicos así como de otros países más lejanos como Rusia. Al menos conocía, de haberlos visto en las librerías, a Charles Dickens, Coleridge y a Theodore Hook.

Me senté en una butaca cómoda, enfrente ardía el hogar y el agradable calor penetró en los agujeros de mis botas de cinco peniques usadas por algún niño que ahora estaba muerto, seguramente, por culpa de la escarlatina o de una pulmonía. Me acomodé y me quedé dormido.

Unas horas después escuché una puerta que se abría, pero ya no lograba discernir si era parte de un sueño o lo que estaba sucediendo en la realidad. Hice caso omiso y proseguí con mis sueños. Poco después una mano enfundada en cuero me acarició los cabellos, y me desperté súbitamente. Un hombre mayor, de unos sesenta y pocos, estaba apoyado sobre el respaldo y me miraba con ternura. Yo estaba en guardia, y mi cara era la de un niño asustado.

El hombre mayor se puso en pie, se desprendió de su sombrero de copa, de sus guantes y de su capa. Finalmente se quitó el abrigo y lo puso en el perchero junto con la bufanda y las otras cosas, y me habló:

—He visto lo que te ha hecho ese pastelero y… Verás, yo también fui un niño y sé lo que le gusta a los niños, de hecho, fui un niño pobre; sí, como tú —se sentó en la butaca que había enfrentada a la mía y lanzó un suspiro que casi apaga el fuego del hogar. Luego prosiguió: —Comprendo que no lo creerás, pero yo también fui deshollinador y, créeme, muchos días no tuve qué llevarme a la boca.

Le miré con atención mientras seguía contando su triste historia.

—Hasta que, un día, me sucedió algo inesperado: un hombre mayor me acogió en su casa, en ésta que ves. Y no sólo hizo eso, sino que también me proporcionó una educación y me abrió las puertas que hasta entonces estaban cerradas a cal y canto para mí, y yo quiero hacer lo mismo por ti.

—Yo sólo quiero comer pasteles —le dije sin pestañear. —Soy adicto al azúcar y eso es todo. Necesito comer azúcar a todas horas. ¿Quiere usted hacerse cargo de un enfermo como yo?

—Bueno, si es azúcar lo que quieres… No tendré problemas en proporcionarte azúcar.

—Entonces me quedo, pero le advierto que soy insaciable.

El viejo me sonrió y yo le devolví la sonrisa con una invitación a estrechar mi mano. Él aceptó el trato y todo lo que ello significaba.

Pasaron los días. Yo ya estaba instalado en la casa, y cada día recibía mis dosis de azúcar, tal y como si de una mosca me tratara. El viejo era un hombre de palabra y nunca me faltaba azúcar, ya fuera en forma de pastel, galletas, bombones… Cualquier cosa que llevase azúcar sería bien recibida.

Un mes después, el viejo me llevó a la pastelería que la tarde del treinta de octubre visité. El dependiente no me reconoció al verme, con mi chaqueta limpia, mis pantalones nuevos, mis cabellos rubios y mi cara inmaculada, blanca como el mármol, con dos manchas rojas de salud.

—¡Buenos días! ¿En qué puedo servirles?

—Azúcar —dije inmediatamente.

—¿Azúcar? —preguntó con extrañeza el dependiente.

—Quiero la tienda entera. ¡Azúcar, azúcar, azúcar, azúcar, azúcar, azúcar, azúcar, azúcar…!

—Pero… —dijo el dependiente nervioso.

Comencé a coger pasteles y a comérmelos sin control. La tienda se convirtió en poco tiempo en un nido de migajas y las paredes comenzaron a quedar cubiertas de mis chocolatosas huellas dactilares.

Mi estómago no tenía fondo y poco a poco se fue inflando más y más. Bueno, es que no tenía fin. Era mi obsesión. Mi estómago no lo sabía, él no podía decir basta, porque mi cerebro descontrolado no podía detenerse.

El viejo observaba con regocijo mi masacre en la pastelería. No dejé ni una sola magdalena con su envoltorio. Mis ropas limpias estaban ahora dulcemente sucias.

Mi glotonería era máxima, y mi estómago seguía creciendo y creciendo. Ya no podía tenerme en pie. Me tiré en el suelo y le ordené al dependiente que me lanzase los bombones. Y así lo hizo. Uno a uno fueron a parar a mis carrillos que, ahora, estaban hinchados como los de un hámster o una ardilla.

Mi pantalón comenzó a ceder y el botón salió disparado. Mi barriga seguía creciendo sin pausa y todavía quedaban confites.

El viejo me miraba con curiosidad en los ojos y alegría en los labios. Realmente, aquélla era una dulce venganza.

Finalmente, sucedió. Al dependiente comenzó a dolerle el pecho, cayó tan largo como era y dio con la cara en un pastel de nupcias. Murió, sí.

Él murió y yo eructé.

—Buen provecho, pequeño Thomas —me dijo el viejo con una amplia sonrisa.

—Gracias, abuelo —dije con la boca llena.

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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