Relato 14

Relato 14

Escrito por hitoito el 18 junio, 2015

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Yoshio caminaba solo bajo la inerte mirada de una luna de agosto que amenazaba con sus grandes cuencas, tal si fuera un cráneo. Iba canturreando alguna canción infantil pero, del miedo que arrastraba, no se le entendía la mitad.

Siguió el largo camino que iba desde su casa al lado de los arrozales hasta el cementerio de Nakashima, lugar que llevaba abandonado desde que dejaron de enterrar cuerpos después de la última guerra.

Yoshio no sabía bien hacia dónde iba, lo hacía guiado por un instinto inequívoco que tarde o temprano le acabaría fallando, pero de momento le era bastante efectivo. Sin embargo, un miedo aterrador a pasar por al lado del cementerio, le comenzaba a dar ganas de volverse para atrás, ahora que aún podía. Pero algo más fuerte, o como llamado por algún espíritu embelesador, Yoshio siguió su camino hacia el templo abandonado donde había quedado con su novia, a la que no podía ver durante el día por discrepancias y diferencias entre los Maeda y las familia de Yoshio, los Saotome. Él no soportaba eso, y siempre quedaba furtivamente para verla pero, esta vez, en otro lugar.

Yoshio con una mezcla de curiosidad y miedo siguió su camino casi sin inmutarse, hasta que, cerca de un puente, concretamente casi a la entrada de éste, le pareció vislumbrar lo que parecía ser una linterna china. La linterna se movía y se aproximaba irremediablemente hacia Yoshio, que comenzó a pensar en que alguien sabía de sus encuentros con Tamae, la hija del señor Maeda. «Quizá sea un Ronin que busca fortuna obteniendo mi cabeza», pensó, pero no, la luz se fue acercando cada vez más a él, hasta que logró distinguir entre la numerosa oscuridad del camino la figura de una mujer ataviada con un kimono de color blanco y retazos de azul en forma de azucenas.

La misteriosa dama se acercó a él, portaba también una sombrilla china de preciosa factura. Él se quedó absorto ante la belleza de aquella mujer y, por un momento, se olvidó completamente de la dulce Tamae. Aquella mujer era un trozo de nieve con la forma perfecta. La mujer se acercó a Yoshio y le habló así:

—Una bonita noche para pasear, ¿verdad?

—La verdad, yo no estoy paseando, voy camino del viejo templo.

—Ah, qué casualidad, ¡yo también voy allí! Pero antes debo hacer una visita a mis padres que están enterrados en el cementerio de Nakashima. ¿Sería tan amable de acompañarme?

Yoshio se quedó pensativo unos instantes antes de contestar a aquella misteriosa mujer, pero sin dudarlo ni un momento, quizá embaucado por sus numerosos encantos, acabó contestando:

—Sí, la acompañaré. No es la mejor noche para que una señorita como usted vaya sola por estos parajes.

—Oh, muchas gracias, es muy amable. Mi nombre es Sora, ¿el suyo es…?

—Yoshio, mi nombre es Yoshio—contestó con algo de torpeza.

—Yoshio, qué nombre tan poderoso. Bien, acompáñeme, será un momento.

Yoshio acompañó a la misteriosa mujer de la que ahora ya sabía el nombre, Sora. Sonaba tan bien en aquellos labios tan perfectamente alineados, con aquellas comisuras tan discretas pero a la vez graciosas. Ya se había olvidado por completo de Tamae, aquella mujer era un regalo de los dioses, y se lo habían enviado una noche calurosa de agosto.

Yoshio iba delante de Sora con la frente muy alta y cogido de su mano. Sora era una dama delicada e iba a paso lento aunque seguro.

Pasaron con mucho por todos los lugares que circundaban el camino abrupto que llevaba al cementerio de Nakashima. No le pareció raro en ningún momento que la dama tuviese enterrados a sus padres en un cementerio que hacía dos siglos que no se usaba.

Llegaron a la altura del camino desconsolado que llevaba al cementerio y allí Sora le dijo algo:

—Debo entrar sola, se quedará justo detrás de esa tumba y me esperará hasta que termine de rezar por mis difuntos padres, ¿de acuerdo?

—Sí, así lo haré.

—Es muy importante que no entre para nada, por favor, es sumamente importante. ¿Me lo promete con su vida?

—Se lo prometo. No entraré para nada en el cementerio.

—Así lo espero —dijo Sora con un tono muy serio y se fue adentrando en la oscuridad del cementerio.

Yoshio se quedó detrás de una tumba a la espera de que Sora volviese, y esperó, y esperó, pero Sora no volvía. «¿Habrá ocurrido algo?», se preguntó en voz poco audible. Se quedó esperando durante bastante tiempo, pero Sora no volvía. Yoshio no podía romper aquel juramento, se lo había prometido a la misteriosa mujer de nombre Sora. Decidió esperar un poco más.

Al final se cansó de esperar y entró en el cementerio casi sin esperar nada, casi sin pensar en nada; solamente pensaba en Sora, y Tamae Maeda ya era un vago recuerdo, ya ni siquiera recordaba haber amado a esa muchacha de ojos negros; ya sólo tenía ojos para Sora.

Yoshio, más obsesionado por Sora que otra cosa, entró en el cementerio realmente convencido de que a Sora le había pasado algo, pero todo lo que él pensaba eran meras ideas erróneas en su cabeza que ahora sólo pensaba en Sora. Sora ocupaba todos sus pensamientos. Sora se había convertido en todo lo deseaba y anhelaba en su vida, y se fue en busca de aquello que realmente quería poseer. «¿Quién era Tamae Maeda?, ¿mi prima de Gifu, quizá?», se preguntaba entre paso y paso que daba, que le acercaban más y más a donde su amada estaría rezando por el alma de sus padres, seguramente.

Al fin llegó, pero lo que vio le congeló la sangre y seguramente le hizo perder toda esperanza de salir del cementerio de Nakashima vivo. Había tres tumbas, Sora estaba arrodillada frente a la tumba más pequeña, en la que ponía precisamente en kanjis bastante visibles SORA. Yoshio se quedó petrificado en el acto, y Sora habló con una voz que no era humana, una voz que se asemejaba al canto de una sirena furiosa:

—¡No deberías haberlo hecho! ¡No deberías haber entrado en el cementerio! Me lo prometiste, y lo prometiste con tu vida. Pero todos los hombres mortales sois iguales. Prometéis el cielo en la tierra, aun sabiendo que eso no es posible. Pues bien, ¡ahora tu vida me pertenece, incauto y curioso mortal!

Sora se acercó a él y en un arrebato de furia todo su cuerpo se iluminó con una mortal luz azul que iluminó todo el cementerio por un momento. Los onibi de todas las tumbas rodearon a Yoshio, que se fue quedando sin energía y se fue marchitando progresivamente, hasta que finalmente desfalleció y cayó al suelo como si fuese una figurita de papel.

Sora se acercó a él y le dijo: «Al menos tendrás un bonito recuerdo de mí, pero ya no volverás a ser el mismo», en el momento de decir estas palabras, la misteriosa muchacha dejó en su mano derecha una pequeña pelota temari y desapareció.

Yoshio, que había envejecido cien años de golpe, no vivió mucho tiempo, pero tuvo tiempo de contar la historia a un joven campesino que la fue pasando de generación en generación. Y, desde entonces, siempre que alguien se encuentra con la mujer del kimono blanco con azucenas azules, ni le devuelve el saludo, ni la acompaña a rezar por el alma de sus padres. Y, si alguien lo hiciera, lo mejor que podría hacer es obedecer las advertencias de Sora, quizá así y sólo así acabe rompiendo la maldición que pesa sobre ella.

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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