Miércoles

Miércoles

Escrito por Samantha el 5 junio, 2015

Samantha

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Siento la sangre corriendo por todos los vasos, la noto palpitar. El calor se apodera de mi carne y de mi piel y sé, aunque no me vea, que tengo todo el cuerpo enrojecido. No puedo moverme, atada de pies y manos a los grilletes de la pared. Vuelvo a sentir otro golpe y gimo, sin saber si es por el dolor o por el placer. O ambos.

Cállate.

Mmm… mascullo. Es el único sonido que puedo hacer ya que una pelota de goma en la boca me impide articular palabra.

He… dicho… que… te… CALLES mastica cada palabra y acompaña cada una de un golpe certero en diversas superficies de mi cuerpo. Estoy a su disposición, él lo sabe y yo lo deseo. Vuelve a sacudirme con la pala y no puedo evitar encorvarme. Empieza a ser molesto, pero tengo que contenerme; Max siempre me dijo que yo era la mejor en eso.

Me dejo ir y procuro desconectar de las sensaciones físicas concentrándome en el otro sentido que tengo disponible, el oído. Coldplay suena de fondo. Estoy tan saturada que aunque conozco la melodía, no logro identificarla. Eso es bueno, me permite concentrarme en algo distinto a los palazos. Logro darme cuenta de que la canción está en su estrofa final, con la voz de Chris Martin cantando: oh all that I know, there’s nothing here to run from, because yeah everybody here’s got somebody to lean on”. Oh, joder, siempre tan oportuno. “Don’t panic”. Intento sonreír por la ironía del momento en relación a la letra de la canción, pero no puedo y lo único que consigo es que ahora también me duela la mandíbula.

Comienza a sonar Everything’s not lost: “When you thought that it was over, you could feel it all around”. Vale, ya me he dado cuenta. Ha creado su propia playlist. Si es que es tan minucioso para todo… Al tempo, marca el compás con la pala en mi cuerpo.

Se para de pronto sin haber acabado la canción todavía y noto su cuerpo contra el mío, apretándome contra la pared. La sensación de frío me alivia ligeramente, aunque no sean los pechos los que tengo en carne viva. Lo oigo cantándome al oído “Come on yeah, Oh oh yeah, Come on yeah, Come on yeah, Oh oh yeah, Come on yeah…”. Me derrito, lo sabe. Noto su aliento en mi cuello, cómo se mueve, rozándose ligeramente contra mi al ritmo de la música, el pelo de su pecho acariciando mi sensible espalda y empieza a acariciarme.

Sus dedos son suaves y fríos. Recorre con sutileza mi nuca y se me eriza todo el vello del cuerpo. No deja de cantar, y en el momento que acaba la canción, ésta vuelve a sonar de nuevo. Un genio. Sigue bajando por mi espalda, moviéndose ligeramente hacia la derecha para abarcar toda su superficie sin dejar de cantarme. Esto sí que es una tortura, casi preferiría que siguiera con los palazos. O incluso que continuara con el cinturón aunque sea terriblemente doloroso, pero no esto.

Traza un amplio zigzag y cuando se acerca al final, desliza su mano de nuevo por mi costado derecho, hasta la axila y sube por el brazo para soltarme la mano, que cae como un peso muerto. Me doy cuenta de que ha dejado de cantar y ha comenzado a tararear. Se está divirtiendo mucho, puedo notarlo.

Su mano sigue sin despegarse de mi piel, y tras un rápido pellizco en la nalga izquierda, baja por mi muslo y mi pierna y me desata la atadura del pie.

—No juntes las piernas.

Asiento, ya que es el único movimiento al que mi cuerpo responde. Dudo si lo ha visto ya que noto que se ha puesto de rodillas. Me desata el otro pie, pero al no poder juntar las piernas es casi imperceptible.

—Ahora quiero que te gires y te quedes mirando hacia mí.

Obedezco de inmediato y roto hacia la izquierda ya que esa mano aún sigue sujeta. No puedo verlo, pero al girarme me rozo contra él. Es una sensación muy agradable. Cuando adopto la nueva posición noto su aliento en mi vientre. Un sonido que no es la lujuriosa música de Coldplay llama mi atención y sigue el mismo ritmo que los golpes de aire en mi piel. Oh, ¿en serio está jadeando? Así que él también es vulnerable. No es algo que no supiera, pero me sorprende en esta situación. Una parte dentro de mí se está partiendo de risa. Ahora me apetecería jugar a mí, pero no es la…

¡Joder! ¡Me ha dado una bofetada! Vale, retiro todo lo anterior. Sí que se lo está tomando en serio.

—¿Sabes? Estoy sorprendido. Jamás pensé en que fuese a acabar algún día contigo así, amordazada, atada, roja y, para qué negarlo, tan sumamente preciosa y dispuesta como estás ahora mismo. Me encantas.

Mi cuerpo no responde. Y mi cerebro menos ya que he entrado en shock. Una sensación de felicidad invade mi estómago. Noto cómo se acerca a mí de nuevo y, soltándome el otro grillete, me coge la mano y noto cómo deposita en ella algo metálico.

—Póntelas tú.

Tanteo con los dedos los pequeños objetos que me ha dado. Son de madera y miden apenas cinco centímetros. Pinzas. Hago lo que me dice, aunque sea una operación de la que casi nunca me encargo y sea ésta la primera vez que me piden que haga algo así.

Antes de que retire las manos de mis pechos, él deposita las suyas sobre las mías y, guiándome, repite la operación que antes hizo en mi costado.

—Tócate.

Mierda. ¿En serio? No me puede pedir eso. Es una de las pocas cosas que no soporto hacer. Y sí, me muero de vergüenza.

Noto que la sangre de mis entrañas se me sube a la cara. Me haré la sueca.

—Tócate. Último aviso —noto un deje divertido en su voz. Oh, quiere que juegue. Y es que él a mí también me encanta, en todos los aspectos. Me conoce muy bien y sabe que no voy a hacerle caso.

Mis manos están sobre mis pechos. Trazo un círculo y vuelvo al punto de partida. Noto un pequeño suspiro, una pequeña risa.

—Al final hasta puede que tanto dolor sea divertido. Es una de las cosas en las que también, una vez más, tenías razón.

Se acerca y me saca la pelota de la boca. Mi mandíbula aún no ha recuperado el movimiento y chorreo saliva. Colocándome las manos en el hueco poplíteo, me hace caer de rodillas e introduce en mi boca esa parte que tanto he codiciado.

Me sujeta la cabeza y me la mueve con violencia, en dirección opuesta al movimiento de sus caderas para llegar así a lo más profundo de mi garganta. Noto sus manos detrás de mi cabeza, desatando la venda de mis ojos. Me acostumbro rápido a la tenue luz de la habitación. Su cuerpo está desnudo frente a mí y noto cómo emana una gran cantidad de calor. Se separa de mí, me coge de las manos para que me incorpore y sonrío. Todo lo que había imaginado y un bastante más.

—Todo lo que he tenido en la cabeza desde que hemos empezado es saber cuál sería el máximo control que podrías soportar. Me encantaría poder oírte gritar hasta que te quedaras afónica.

Mi cuerpo se estremece. No puedo mirarle a la cara, no puedo hablar. Acabaría antes diciendo lo que sí puedo hacer.

—Levanta la cabeza, quiero ver tu cara.

La elevo ligeramente, lo justo para mirarlo de una manera sutil, es una situación violenta para mí.

—Te quiero probar. Todas tus formas y maneras, todos tus límites. Lo único que quiero es saber si estás dispuesta. Sólo asiente o niega.

Mi cuerpo no expresa emoción alguna, pero algo dentro de mí se pone a dar saltitos de alegría por todos mis órganos. ¿Que si estoy dispuesta? Él sabe la respuesta.

Asiento y las comisuras de sus labios se encorvan en una sutil sonrisa. Al instante se pone serio, me empuja con sus manos en mis hombros para que vuelva a arrodillarme y lo veo de pleno.

—Que comience la fiesta, pues —dice divertido.

Y, como toda fiesta que se precie, se empieza con el banquete.

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Pseudoanatomista. Lo que escribo es lo que sangro. Le dedico tiempo a las palabras porque es lo único que me mantiene cuerda.

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