La chica del pijama de rayas

La chica del pijama de rayas

Escrito por Pablo Rompe el 10 junio, 2015

Pablo Rompe

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Tantos años existiendo en la tierra

y aún no hemos aprendido nada,

que lo más importante no es lo que buscas fuera

sino lo que te espera en la cama,

tantos años y aín no hemos entendido nada,

el despertador es el invento que más demuestra nuestra estupidez,

suena y tenemos que salir a trabajar, estudiar, hacer tareas…

Nos obliga a hacer cosas que no queremos hacer,

yo no quiero irme,

yo quiero quedarme…

Me levanto y me visto,

tengo que ir a un trabajo que detesto

para ganar un dinero escaso,

y ahí está ella, tumbada en la cama,

con mi pijama de rayas,

me quedo mirándola justo antes de salir por la puerta,

su pelo resbala por su cara,

tiene la boca abierta, está resfriada,

ni se ha dado cuenta de que me he levantado,

le doy un beso en la frente y con todo el dolor de mi corazón, me marcho…

 

Pero ¡¿qué estoy haciendo con mi vida!?

Tenía que haberme quedado…

Tantos años en este planeta

y aún no sabemos distinguir entre lo banal y lo importante…

El frío de la mañana raja mi cara,

mis manos heladas y llenas de heridas buscan entre mis bolsillos un lugar donde esconderse,

esconderse de mí…

Mis manos deberían estar tocándola,

escribiendo,

cocinando para ella

pero no sufriendo golpes y dejándolas tiritando…

Tantos años y todo lo que nos queda es un lugar al que volver

y no un lugar donde quedarse…

Quedarse no tiene nada de malo,

nuestro bar de siempre,

nuestra playa y río de siempre,

nuestras sesiones de serie y cine de siempre,

nuestros orgasmos de siempre…

Quedarse es más arriesgado

y peligroso que aceptar la oferta cobarde

de quien se quiere marchar sólo para que le pidas que no se vuelva a ir…

 

Entonces yo soy un cobarde,

veintiocho años existiendo en esta vida

y aún no he demostrado ser valiente,

vuelve

y que le den a todo lo demás…

que le den a la vida cotidiana,

a las rutinas que no tiene dibujada tu sonrisa,

que le den a al mundo por no entendernos,

que sólo queremos dejar huella en los corazones y en las nalgas

no en vuestros putos bancos…

 

Debería volver…

Pero sigo caminando,

mis piernas no hacen caso a mi corazón,

mi corazón no hace caso a mi cerebro,

mi cerebro no hace caso a mis piernas,

y me quedo estancado mientras el semáforo se pone en verde…

Entonces suena mi teléfono, es ella:

“¿Dónde estás? Vuelve”.

No dudo un segundo y salgo corriendo hacia casa,

hacia nuestro lugar donde quedarse,

el hogar,

esquivo coches,

personas,

tiro a alguna señora mayor,

corro y el aire corta mis pulmones

pero me da igual,

llego a casa jadeando,

me quito la ropa y me meto con ella en la cama,

la abrazo por detrás y me agarra la mano,

huelo su pelo,

aquí es donde siempre debería estar.

 

No hay más.

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Infielmente vuestro.

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