Andando las calles

Andando las calles

Escrito por Fausto Ruber el 24 junio, 2015

Fausto Ruber

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La abrupta detención del bus me hizo tambalear entre los asientos al tiempo en que improperios me invadían el vocablo mentalmente por la mala conducción del chófer. Sin haber recuperado aún el equilibrio, de súbito un «disculpe, señor» parece llenar el mundo con la paz que sólo ha de transmitir la voz de los ángeles más bellos. Aparece frente a mis ojos, como un rayo de luz que sesga la noche, la silueta de una pierna envuelta en un pantalón ajustado que termina en un pie de café con leche claro en sandalias color cobre. «Dios mío», me digo mientras el corazón me golpea con fuerza el dorso de las costillas anunciando que algo tan grande e inevitable como el destino está por ocurrir. Se asoma entonces una mano delgada y pequeña que se aferra a la barra de soporte para ayudar a subir a la mujer más bella que mis ojos hubiesen contemplado jamás.

 

En esencia, se sentía como una flor silvestre: de ésas que crecen en el césped sin que nadie las siembre, humilde y sencilla, que parece desconocer su propia belleza e ignorar que en ella viven los colores del paisaje.

El pelo negro le caía liso y suave hasta la mitad de la espalda, decorado con haces de cabellos dorados mal teñidos. Se detuvo a mi lado, de pie porque la concurrencia de la hora no dejaba asientos libres y porque lo largo del trayecto y el calor del verano esclavizaban la caballerosidad de los hombres. No usaba perfume, pero el olor de su pelo incitaba a imaginar cuentos de caballeros, princesas y dragones, y tragedias de amor a lo Shakespeare. En altura era perfecta, su cabeza no pasaba mis hombros, lo que me permitía oler las flores invisibles que parecían crecerle entre los cabellos. Repasaba algo mentalmente, porque parecía hablar consigo misma en silencio y, cuando movía la boquita de niña buena, sus labios parecían desatar en mí los infiernos más oscuros.

Sin previo aviso, me congela hasta el alma al mirarme con esos ojos inmensos de otoño tranquilo. Intento disimular, pero el calor que me consumía el pecho y la cara me hizo imposible semejante misión. Algo en mí debió hacerle gracia, pues de inmediato me mostró las piezas metálicas de la ortodoncia que tan linda le quedaba. «No, por favor, no te rías, que si lo haces lo empeorarás todo, no podré sacarme tu sonrisa de este corazón que ya parece ser todo tuyo». Pero lo hizo. Y arrugó los ojos como con toda la ternura que cabe en la tierra, y se le hicieron unas comillas que le enmarcaron la boca como citando el arte de Dios.

Se le escapa entonces una risita, pequeña como un estornudo, furtiva de ese órgano espiritual que nos regala el milagro de reír; y con eso, me derritió hasta los huesos.

 

Y así estuvimos un rato más. Yo admirándole hasta las pestañas, y ella entre risas risueñas se sacudía el pelo para renovar el aroma del jardín de rosas de oro y azabache que le crecía en el cabello. Pero en silencio, siempre en el más romántico de los silencios.

Entonces, con tres palabras estremeció cada rincón de ese mundo perfecto que nació entre nuestras miradas, donde sólo parecíamos vivir los dos y el eco del bullicio de una civilización perdida hacía mil años en el tiempo. «Aquí me quedo», sentenció con tristeza en el rostro. No supe si esas palabras iban dirigidas a mí o si eran para el chófer, pero aquello no era importante, lo único que importaba era que se alejaba de mí, que iba en dirección a la puerta que le pondría fin a todo lo que tuvimos por quince minutos sobre el reloj, pero por una eternidad en el corazón. Tenía que hacer algo…

Pero no lo hice.

 

Y así, como si nada, bajó el último escalón y el destino de todos los que nos quedamos dentro siguió su curso. Y fuimos un cuento que terminó como empezó: con un bus que se detuvo abruptamente porque, en definitiva, el chófer no sabía conducir. Miro a mi alrededor, pero al mundo no parece importarle la historia de amor que acaba de morir sin haber nacido. Las niñas coquetas del fondo aún se ríen por cualquier tontería, el abuelo sentado al frente seguía mirando la hora como si fuese a llegar tarde al último instante de su vida, la pareja de al lado ya había terminado de pelear y guardaban entre ellos ese silencio incómodo e inestable que anticipa a una tormenta, y el conductor continuaba secándose el sudor de la frente mientras luchaba con la palanca de cambios.

Miro las calles pasar, con la dolorosa certeza clavada en el fondo de mi corazón de que cada vez la tenía más lejos, de que con cada metro que se interponía entre nosotros ella se hacía más imposible. Miro las calles pasar teniendo en la boca el sinsabor del «hola» nunca dicho, de las toneladas de besos que no nos dimos, del perfume de su pelo bañando mi almohada por la mañana, de sus manos pequeñas en mi pecho y su sonrisa preciosa en el resto de mi vida.

 

Por fin llegó mi turno de bajar del bus. Me recibe en la calzada el calor intenso del sol veraniego y el tormento de todo lo que pudimos ser me ronda las esquinas. Y es que las historias de amor, aun las más bellas, las que están escritas en las páginas del destino, nunca serán más que tinta, más que un evento casual de verano en un bus, por ejemplo, si sus protagonistas no tienen el valor de saltar al abismo, si no corren el peligro mortal de apostarlo todo en ese «hola» que podría cambiarle a uno la vida entera.

 

 

Basado en hechos reales.

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Fausto Ruber

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Estudiante de medicina amante de la literatura. Veintitrés años contemplando la decadencia del mundo en todos los sentidos. Nacido en Venezuela, criado en mi casa y educado por mis padres y ya no sé cuántos libros. Dedicado a escribir desde que aprendí a sostener el lápiz, pero creo que soy de los que nunca acaba de aprender. Lo primero que escribí públicamente fue un microcuento, costumbre que años más tarde mantengo; incurrí en ese camino casi por accidente, inspirado por un maestro con el que comparto una férrea enemistad y una torcida relación de odio-admiración. Filosofo me digo cuando recaigo en el vicio de pensar. Mi corazón habla en prosa, mi mente lo hace en verso. Me cautiva la idea del amor, en especial el cuestionar su existencia... porque nada amo más que a los fantasmas. De a ratos dejo que me maten mis ideas y escribo de la muerte, otras les dejo abrazarme y me sale un poema para ella. Hablo más idiomas de los que conozco. Crítico de todo, de las críticas, de lo moderno y de lo estúpido, del presente y del futuro, porque el pasado ha tenido por costumbre enseñarme a aprender de mis heridas. Observo silente la vida pasar por la ventana que mira hacia una pared naranja, entonces admiro la estética de la muerte y su baile con la vida. Mi mejor amigo es mi reflejo... aunque desearía que a veces no fuese tan hablador y tan sincero. A veces se me escapan de la garganta incoherencias, contradicciones y verdades que, de a poco, me van desvaneciendo como el humo. Narro historias tan ficticias como esa realidad que estás viviendo. "Un cronopio es un dibujo fuera de la línea, un poema sin rima..." dijo Cortázar, y desde entonces no existió una mejor definición para mi existencia.

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