Relato 13

Relato 13

Escrito por hitoito el 29 mayo, 2015

hitoito

21 publicaciones

Otro día de duro trabajo en la oficina. Otro día que comienza, pero que ya comienza mal. La escalera está precintada, y no me queda más remedio que subir hasta el piso ochenta y uno en ascensor.
No me gustan los ascensores, parecen cajas de zapatos que contienen gusanos. Los gusanos son las personas.
No es que odie los ascensores, en realidad les tengo pánico desde que era un renacuajo, y eso ya no se puede curar. Tampoco lo he intentado. Paso de gastarme el dinero en terapias que no llevan a ninguna parte, y paso de ir a psicólogos que me van a cobrar la cuarta parte de lo que gano trabajando en una oficina para cuatro chupasangres. Con unos que me chupen la sangre, creo que es más que suficiente.
Por eso no me lo he planteado nunca. Siempre he optado por subir las escaleras y hacer ejercicio, aunque tuviese que llegar un poco antes. Pero hoy no hay escaleras, no.

Le doy al botón con más miedo que vergüenza, y se acerca una chica y le da al mismo botón otra vez.
Escucho el zumbido del ingenio infernal y comienzo a ponerme inquieto. La chica me mira sin saber qué decir, y de repente se abren las puertas ante nosotros.
Como soy un caballero, dejo a la chica que entre en primer lugar. Entra, y después entro yo mirando a uno y a otro lado, con los ojos muy abiertos y comprobando que puede aguantar todo mi peso.
Después de eso, la chica me mira con cara de circunstancia y baja la mirada casi hasta el suelo, y porque no puede más…
Ella aprieta el botón del piso diez, y el cacharro cierra las puertas y comienza su ascenso.
Al cerrarse las puertas, algo comienza a golpearme en el estómago, en la boca concretamente. Yo comienzo a aflojarme la corbata y a sudar como un marrano, tanto es así que la chica comienza a apartarse todo lo que puede de mí.
Van pasando los pisos, y la chica llega al suyo; ni siquiera se despide, ni siquiera me desea que tenga un buen día. Se va y me quedo, ahora sí: solo.

Llega el fatídico momento. Se cierran las puertas, la luz del fluorescente titila. Mi sensación es cada vez de más angustia.
Me quito la corbata y la tiro al suelo. Aprieto el botón ochenta y uno, y comienzo a subir, igual que sube mi estómago.
Tiemblo, estoy temblando. Y comienza a parecer que todo tiembla a mi alrededor. Parece como si aquello fuese a caer en cualquier momento. Y, de ser así, moriría compactado como las sardinas de una lata de conservas. Qué muerte tan horrorosa, pienso.
Van sucediéndose los pisos y cada vez estoy peor. Cada vez distingo menos lo que es real de lo que es producto de mi imaginación, de mi maligna imaginación, que ahora me está jugando una mala pasada.
Piso treinta y cuatro, ya no tengo pantalones. Estoy en ropa interior. Hace demasiado calor. Alguien debería poner el aire acondicionado, pienso.
Piso cuarenta y cinco, cada vez estoy más desnudo. Mi camisa yace en el suelo, arrugada, pisoteada por los nervios y llena de manchas de sudor. Mi mente comienza a trabajar en mi contra. Ahora tengo un acompañante.
El tipo me mira de arriba abajo, y comienza a reír a carcajadas, y me dice: «Vas a morir». Yo me quedo sin palabras, porque no sé de dónde ha salido ese tipo. Si no he parado desde que se fue la chica, pienso.
Cada vez estoy peor, ya me subo por las paredes, busco salidas que no hay y comienzo a sudar de tal forma que temo deshidratarme en cualquier momento. Estoy en el piso sesenta y uno y el tipo saca una pistola y me dice: «Quítate los calzoncillos, muy despacio». ¿Qué otra cosa podría hacer?, obedezco. Me los quito despacio y los dejo sobre el suelo con ayuda de mis pies. El tipo parece satisfecho y guarda el arma.
Llegamos al piso setenta, y el tipo se evapora. Estoy desnudo completamente, y mi ropa ya no está, «¿se la ha llevado ese tipo?», me pregunto. Comienzo a sentirme no sólo nervioso, angustiado, sino también aterrado. ¿Qué está pasando?, me pregunto una y otra vez hasta la extenuación. «Esto no es real», digo para mí mismo. «Esto no puede ser real», me digo en voz que escucho, pero que no parece la mía.
Sueno tan raro que comienzo a verme diferente en el espejo, no me veo yo, veo al tipo.
Comienzo a golpear el espejo con ambas manos cerradas, y no consigo otra cosa que hacerme mucho daño, mis manos sangran, y comienzo a maldecir al ascensor, a ese tipo, a todos y a ninguno, estoy muy fuera de mí. Prosigo con los golpes, y ahora uso los pies, me rompo uno de ellos.
Con mucho trabajo me pongo en pie de nuevo, y finalmente uso mi cabeza como un ariete, pensando que, así, conseguiré abrir un agujero y saldré de aquel infierno, pero no.
Comienzo a escuchar carcajadas y todo me da vueltas. La sangre brota de la brecha de mi cabeza. Una sonora carcajada sale de alguna parte, entonces lo veo, el tipo que sacó el arma se está riendo de mí, y me dice: «Te lo dije, vas a morir».
Todo me da vueltas, el charco de sangre me hace resbalar y caigo. Me golpeo en la cabeza, y poco a poco se va apagando la luz del fluorescente. Ya no titila, ya no tiembla, todo se vuelve oscuro a mi alrededor.
Se abren las puertas, he llegado. Escucho gritos, pero no son los míos, parecen difusos, se alejan, igual que me alejo yo.

 

Publicaciones relacionadas

hitoito

21 publicaciones

Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

Comparte esta publicación en

Comentarios

Be the First to Comment!

Recibir notificaciones de
avatar

wpDiscuz