Dos moscas

Dos moscas

Escrito por Jairo Arráez el 18 mayo, 2015

Jairo Arráez

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Dos moscas. Siempre hay dos moscas en este pequeño cuarto. Por mucho que me afane en matarlas siempre vuelven a revolotear sobre mí. Dos moscas. ¿Cómo es posible? Son siempre las mismas, estoy seguro, y eso que las he visto morir.

A las dos a la vez, de un sólo golpetazo con el periódico, todavía no he conseguido cargármelas. Primero una y, luego, la otra. Y aun así hay dos moscas. Las he despachurrado bien sobre el mantel, contra la ventana y contra mi propio cuerpo.

La otra noche, sin ir más lejos, antes de acostarme le zurré a una, pero no murió, quedó malherida con una de sus herramientas volátiles a la virulé. Eso me dio la oportunidad de estudiarla a fondo, incluso de someterla a un concienzudo interrogatorio. El resultado no me llevó a nada. Dominado por el sueño, decidí despachar el cansancio tirado sobre el suelo, no sin antes dedicar un buen rato a confeccionar un lazo con hilo dental en el que introducir al maldito díptero. El otro extremo del cordel lo amarré a una de las patas de la silla. Ni qué decir tiene que a la mañana siguiente había desaparecido, no dejó rastro alguno. Inspeccioné palmo a palmo el suelo, las paredes las rastreé cual sabueso avezado sin hallar indicios de vida mosquil.

Mas qué grande y espeluznante fue mi asombro cuando, al disponerme a engullir el desayuno, descubrí sobre la mermelada de mi pan tostao a las dos moscas revolcándose en el pringue. De un zapatazo hice añicos la tostada que se esparció por todo este cuarto en minúsculas porciones, llegando incluso a los lugares más insospechados (todavía ahora, pasadas setenta y siete horas, veinticuatro minutos y casi medio segundo me quedan rastros entre los pelos del sobaco). Dos moscas, dos, sin inmutarse realizaron acrobáticas piruetas en el aire a modo de burla, incluyendo el ofensivo descenso en espiral que para el caso es como si te metieran un palo por el culo.

Como la violencia no me daba resultados satisfactorios inicié la vía del diálogo, pero con idéntico resultado. Y mira que lo hice bien. Saqué un pañuelo blanco (lástima que estuviera lleno de mocos) y lo anudé al palo metafórico que ya me había extraído del sitio que antes nombré. Con el simpático gesto de ondear la bandera en son de paz comenzaron las jornadas de puertas abiertas, mesas redondas y demás iniciativas parlanchinas. Recité con voz melosa y acento afectado algunos poemas del glorioso Siglo de Oro de la literatura española. Mi intención era buena, lo juro. No podía imaginar que se lo tomarían tan mal, joder.

La declamación exagerada y mis aspavientos sobre la rima no les hicieron mucha gracia, pero lo del acento que derivaba a cada verso en una amariconada interpretación, puso a las moscas, a las dos en concreto, de muy mala leche. ¿Quién podía imaginar que se tratara de puristas, de insectos letrados?

Comenzó una nueva guerra, esta vez no habría tregua. Me lancé poemario en mano contra ellas. El aire denso de este cuarto hediondo rechinaba con los mandoblazos que propinaba a diestro y siniestro, y con el vuelo zumbante de las moscas para evitarlos. La lucha era cruenta, desgarradora, profundas llagas me destrozaron la piel en las manos. De tantas vueltas como daba, terminé por marearme. Un sudor frío bajando por la espalda, náuseas carcomiéndome el vientre y un tembleque generalizado anunciaban mi derrota. Dos moscas, doscientas moscas, quizá dos mil, trazaban círculos a mi alrededor. Las inexistentes cuerdas con las que iban enrollándome consiguieron inmovilizarme.

Vencido, humillado y con unas ganas enormes de cagar pasé las horas de mi cautiverio. Mientras yacía derrotado las dos moscas se paseaban por mi cuerpo como auténticos mariscales saboreando su conquista. Ni las sentía cuando se columpiaban en el vello de mis brazos o de mis piernas. Hubo una cosa que me sacó de quicio y me hizo recobrar las fuerzas perdidas.

No era capaz de aguantar, cuando al fin el sueño me alejaba de mi triste realidad, que las moscas en su empeño por joder la marrana se me colaran por la oreja. Todo mi ser se estremecía ante la irritación que en los tímpanos me producían. Y no era el rechinar de su vuelo, lo verdaderamente molesto era distinguir su risa maléfica y burlona.

El insomnio con el que me fustigaban me proporcionó un lapso de tiempo en el que pude recomponer la situación. Planeé minuciosamente un contraataque letal.

Solté delicadamente el lastre que me oprimía el ano, dosificando con destreza el esfínter. A la olorica del emplasto defecado acudieron como putas, ¡las muy moscas! Se revolvían en la mierda, lujuriosas, en orgiástico placer. Con mis manos encallecidas portadoras de todo mi odio agarré los excrementos y los amasé con una mezcla de ira y satisfacción.

Quien hace pan pone en su preparación la ilusión de degustarlo una vez cocido; yo, trajinando aquel pedazo de mierda, percibía el sabor de la venganza.

Dos moscas, dos, se pasean en mis recuerdos y no puedo olvidarlas.

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