Relato 11

Relato 11

Escrito por hitoito el 3 marzo, 2015

hitoito

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Aquí estoy otra vez, y esta vez ante una escalera.

Nunca he subido una escalera. Nunca he tenido que subir una escalera, porque nunca me lo han permitido.

Realmente, no sé qu´r pasará en el momento que comience a subirla, y eso me inquieta.

Estoy nervioso, sí, lo reconozco. Por primera vez en mi vida voy a subir una escalera que parece que no se ve donde termina, no tiene fin.

No sé por qué, pero la verdad es que me tiemblan las piernas, y parece que no quieren responder. ¿Podré subir esa maldita escalera? Creo que sí, aunque no las tengo todas. Me parece una empresa imposible.

Comienzo a mover la pierna derecha, la tengo engarrotada, me cuesta horrores flexionarla, me cuesta aún más levantarla, pero debo hacerlo. Y me esfuerzo y me esfuerzo, pero el miedo parece ser más fuerte que yo y, al parecer, lo es.

La primera pierna ya está situada en el primer escalón, ahora debo levantar la pierna izquierda, y debo hacerlo con mucho cuidado, ya que no sé qué podrá pasar, tengo terror a lo desconocido. A saber lo que puede pasar, no quiero ni pensar en ello, pero comienzo a pensar en esto y me como la cabeza.

Me imagino que esa escalera nunca terminará, porque en realidad no tiene fin. La escalera comienza a hacerse cada vez más larga. Los escalones comienzan a estirarse, donde antes mi pie cabía con creces ahora sobra por los cuatro costados. Los escalones parecen haber aumentado. La escalera es ahora gigantesca, ciclópea, y yo me siento como una hormiga ante ella, o peor aún, me siento un grano minúsculo, me siento una mota de polvo, una partícula, me siento insignificante.

Me comienzo a sentir tan pequeño e inseguro que doy el primer traspiés y casi me caigo de bruces. Me reincorporo y sigo con el plan. El plan es subir la escalera, pero sigue siendo muy complicado para mí, tanto, que casi no puedo ni moverme del segundo escalón. «¡Segundo escalón! ¿Sólo?», pienso.

No me he movido lo más mínimo y el pánico comienza a instalarse en mí, ya ha amueblado la casa y parece que no se irá durante una temporada. Ahora sé lo que es temer algo, yo temo. Estoy aterrado, tanto, que no voy a poder moverme del segundo escalón, no podré continuar. Me siento inútil, muy inútil.

Consigo poner, a duras penas, el pie derecho en el siguiente escalón, tanta es la dificultad, que siento calambres en las dos piernas, mis músculos parecen estar en mi contra. Aprieto con todas mis fuerzas las dos mandíbulas, tanto, que me comienzan a doler, y consigo poner el pie izquierdo en el tercer escalón.

Cada minuto que pasa, el sufrimiento y la angustia que siento van en aumento. Duele de una manera indescriptible, y las piernas me flaquean. Miro a mi alrededor, sólo veo espacio sin final, un negro que me engulle, que me traga. No parece que pueda escapar de tal amenaza. Una amenaza invisible. Cierro los ojos para no ver cómo me va devorando la negrura, la oscuridad, y prosigo con mi misión, llegar al final de la escalera.

Con mucho ahínco, consigo poner el primer pie en el cuarto de los escalones de aquella escalera interminable, insondable, infinita. Lo consigo, y pongo el segundo en el mismo que hube colocado el primero. «Parece más fácil que antes…», me digo a mí mismo en un intento fútil por conservar la calma. Miserablemente, arranco un pie del cuarto escalón, y lo planto en el quinto, llevo casi tanto tiempo como para comenzar a echar raíces.

El reloj me avisa, llevo cerca de una hora luchando con aquella fiera escalera, estoy agotado. Mientras, veo como dos personas vestidas de blanco suben con total normalidad, hasta ir desapareciendo para finalmente diluirse con el negro. Asombrado, aunque algo asustado también, levanto el pie derecho y lo coloco en el siguiente escalón, y hago lo mismo con el otro pie. La gente de blanco sigue subiendo ante mis narices. Me parecen tan fuertes…

La escalera, entonces, comienza a acortarse. Ya veo el final, lo veo. Sólo me quedan diez escalones, podré lograrlo. Subo uno a uno todos los escalones que restan pero, al llegar, me doy cuenta de que la escalera ha desaparecido. Tan sólo veo un vacío terrible ante mis ojos. Tan sólo veo nada. No hay nada al final de la escalera.

La gente de blanco se lanza al llegar. Parece que están preparados; yo no. Yo tengo demasiado miedo a lo que no conozco.

Se precipitan sin descanso. Cada vez suben más y yo sigo aquí debatiéndome entre saltar como hacen ellos o no hacer nada de nada. No lo sé, estoy confuso.

Ahora se acerca uno de ellos a mí y me empuja, pero no al vacío, sino escaleras abajo. «¡Maldita sea! Ahora tendré que subir otra vez…», digo mientras vuelvo a quedarme atónito ante aquella escalera que parece no tener fin.

 

 

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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