Rec and Play; Stop

Rec and Play; Stop

Escrito por cruzmaria el 5 marzo, 2015

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De colega a colega. Llamo al timbre y una mujer mayor (la esposa, supongo) me abre la puerta con una cálida sonrisa. “Adelante, póngase cómodo”, y todo eso. Una señora que me saca más de cincuenta años y me habla de usted. “Pase al salón, Alberto le espera allí”.

—Tutéeme, señora.

Entro en el salón y en pie, justo delante de un ostentoso sillón con rebordes de madera pintada de blanco y acolchado en terciopelo rojo, se encuentra Alberto Kilmer en un elegante traje azul con una corbata roja. Me ofrece la mano, sonríe y eleva los carrillos hasta que se suspenden con gracia bajo las arrugas de sus ojos. Con todo, me da un buen apretón de manos y me hace un gesto con la otra para que me siente a su izquierda en un sofá. Me ofrece un whisky (que acepto de buena gana) y a continuación un cigarrillo (que tampoco rehúso). Me siento nervioso y a la vez excitado. Ese hombre ha firmado algunos de los libros que me ayudaron a terminar la carrera de periodismo, que me enseñaron el camino hasta que me dije “esto, esto quiero ser de mayor”.

Pongo la grabadora sobre la mesa, miro con ruego, o con súplica, a Kilmer y él asiente a la vez que cierra los ojos. Pulso rec y play a la vez, y la cinta empieza a girar.

—Me encuentro con Alberto Kilmer, en su casa. Él es un periodista español de origen alemán, que vino a vivir aquí cuando contaba con apenas tres años. Ha desarrollado gran parte de su carrera en la primera mitad del siglo XXI, y pronto se cumplirá un lustro desde que dejó de ejercer. Señor Kilmer, muchas gracias por atenderme.

—Llámeme Alberto.

—Si le parece, me gustaría repasar, aunque sea brevemente, sus orígenes en el mundo del periodismo. ¿Cómo recuerda sus primeros años?

Alberto hace un ruido con la boca, y mira al suelo.

—Eran años difíciles. Para los periodistas jóvenes fue una putada. Yo empecé a trabajar en un periódico local con veintiséis años, en 2002 o 2003. Unos años después, llegó la crisis, y no fue fácil entrar en un periódico.

—Sin embargo, fue durante los años de la crisis cuando su nombre empezó a ganar relevancia.

—Sí, bueno… Durante los últimos años ya. Piénsalo: ahora tengo setenta y nueve años y no tengo las mismas fuerzas pero, en ese momento, cada vez más y más compañeros dejaban de intentarlo y se iban a otra cosa. Los que quedamos fue porque le echamos huevos. Hicimos… hicimos de todo para sobrevivir, y al final el tiempo nos puso en nuestro sitio.

—De todas las exclusivas que publicó, sin duda por la que más se le recuerda es por la del caso de “el asesino de las balas de plata”. Contaba usted con… ¿veintinueve años?

—Treinta y uno.

—Treinta y uno, vaya. Gracias a esa exclusiva pasó de ser un don nadie a ser reclamado por todos los medios de comunicación.

—Bueno. Sólo fue un golpe de suerte. Estar en el sitio preciso en el momento exacto.

—¿Por qué no me cuenta en qué consistió aquel caso?

—Bueno, verás…

Alberto guarda silencio y cierra los ojos para ordenar sus recuerdos, supongo. Yo aprovecho para terminar el vaso del delicioso whisky. Me incorporo sobre el sofá para disfrutar de una de las historias más célebres del crimen y del periodismo de principios del siglo XXI, contada en primera persona por uno de los protagonistas vivos.

—No lo recuerdo todo bien, ya sabes que hace mucho tiempo. Pero fue algo así: el primer cuerpo apareció una noche de verano con un tiro en la nuca. La policía anduvo desconcertada, porque la víctima era una mujer joven, aparentemente sin enemigos, sin deudas, que acababa de salir de una discoteca e iba hacia su casa.

Alberto ha contado tantas veces esa historia, que habría de jurar que utiliza siempre las mismas palabras.

—Otro detalle fue, y esto es lo que dio nombre al caso, que la víctima había sido asesinada con una bala de plata. Como la que se usaría contra un hombre lobo o algo así. Pasaron los días, no recuerdo cuántos pero, casi una semana después, apareció una pareja de jubilados asesinados en su casa. Ella con un tiro en la frente; él, en la nuca. Al principio nadie relacionó los casos hasta que el forense extrajo las balas y se percataron de que también eran de plata. Tras varias pruebas más, llegaron a la conclusión de que habían sido disparadas por la misma arma.

Alberto hace una pausa y se llena el vaso. Me mira, afirmo con un gesto, y me llena a mí también.

—Nadie podía entenderlo —pierde la mirada en algún punto infinito entre los hielos de su whisky—. ¿Quién podría matar a aquella pareja de jubilados?

—Pero, entonces, llegó su golpe de suerte.

—Yo no lo llamaría así. Después de aquello, sufrí una enorme depresión, tuve que recurrir a ayuda psicológica. Estuve hundido durante mucho tiempo, ¿sabes? La fama no merece eso.

—¿Cómo ocurrió?

—Una noche de tantas nos tuvieron en la redacción hasta bien pasadas las tres de la madrugada. A nosotros no nos tocaban esos turnos, pero allí andábamos. Cuando salimos, cada uno se fue por su sitio y, apenas hube andado unos veinte minutos o así, escuché un sonido muy fuerte. Como el de un disparo, aunque yo nunca había escuchado nada igual. Venía de las traseras de un supermercado. Me acerqué para ver qué había pasado, y fue entonces cuando vi a un tipo, más bajo que yo, con una sudadera, corriendo calle arriba. No vi la cara, y ni siquiera me fijé si llevaba un arma o no. Seguí caminando y entonces vi a alguien tumbado boca abajo sobre unas cajas de cartón al lado de los contenedores. Vi la sangre y llamé a la policía.

—¡Vaya golpe de suerte, joder! —digo sin parar de sonreír.

Aunque creo que él no comparte mi entusiasmo. Me lanza una mirada de hielo, un gesto cortante que atempera mi euforia. Veo cómo se encoge en aquel enorme sillón. Desde luego, mi comentario estuvo totalmente fuera de lugar.

—Lo siento mucho —le digo—. Prosiga.

—Bueno, pues después de eso, la policía me interrogó, aunque al final no consiguieron cogerlo. De nuevo, fue el asesino de las balas de plata. Al día siguiente, en el periódico, me dejaron redactar a mí la crónica. Debería haber sido uno de los días más felices de mi vida, y sin embargo seguía con miedo en el cuerpo.

—¿Qué pasó después?

—Bah… Asesinó a un par de tipos más. Uno era un deportista que eligió mal la hora y el sitio para salir a correr, y el segundo era un camarero que estaba abriendo su negocio. Después de eso, paró. Creo que se asustó, o quizá pensara que ya se había divertido bastante, y decidió dejarlo mientras pudiera.

—Pero la policía estuvo a punto de cazarle.

Alberto guarda silencio. Espero a que él me cuente el final de aquella rocambolesca historia.

—¿No lo recuerda? Fue en el bar del camarero. Lo asesinó sin darse cuenta de que al final de la calle había una pareja de policías locales. El asesino se metió en el bar, y uno de los policías entró a por él y recibió un disparo en el hombro. Con una bala de plata.

Alberto sigue callado. Creo que había despertado demasiados recuerdos en él.

—Aun así, el policía afirma haber realizado tres disparos, uno de ellos impactó en el pie del asesino. En el pulgar del pie derecho más concretamente. Según cuenta, le reventó el dedo a ese cabrón. Si fuera cierto, ese tipo andará cojeando por ahí, ¿sabe? Cuando pierdes el dedo pulgar de algún pie, tienes que aprender a andar de nuevo. Y dicen que jamás puedes evitar la cojera.

Debe de ser por el whisky, pero yo no puedo parar de hablar, y empiezo a notar un gesto de incomodidad en Kilmer. Decido callar mis opiniones y me ciño a las preguntas que traía preparadas.

Después de eso, la entrevista tarda en empezar a ganar fluidez de nuevo. Una hora más tarde, aprieto el botón de stop, y damos por finalizada la entrevista. Trato de recoger los folios en donde hice anotaciones, a la vez que acerco la grabadora hacia mí, y no puedo evitar dejar en el vaso un poco de ese sabroso whisky. Demasiada tarea. No sé cómo, en una torpe acrobacia, acabo derramando el vaso sobre la pierna izquierda de Alberto Kilmer, y éste, sobresaltado, se pone de pie de un salto y retrocede un par de pasos.

—¡Vaya, cuanto lo siento! Permítame que le ayude.

Pero, cuando me quiero acercar, él retrocede un par de pasos más.

—No, déjelo. No tiene importancia.

Abochornado, agacho la cabeza y vuelvo a recoger mis cosas en la bolsa de viaje a toda velocidad. Entonces levanto la mano para estrechársela y despedirme. Él se acerca, andando de forma extraña, visiblemente incómodo con la pierna húmeda del whisky. Me estrecha la mano y salgo de allí lo más rápido que puedo.

Entro en el coche, arranco, enciendo un pitillo y, hasta que no llego a la carretera, no soy capaz de pensar con claridad. ¡Menudo gilipollas! Sólo yo podía entrevistar a uno de los grandes del periodismo de este país y verterle el whisky en la pierna. El pobre hombre, ¿qué pensará de mí? Al final me causó lástima. Ya no lo veía como a un héroe cuando al final, hediendo a alcohol, se acercó hasta mí para estrecharme la mano, con esa pintoresca forma de andar, después de que le vertiera todo el vaso en la pierna izquierda. ¡Aunque fue cómico! ¡Alberto Kilmer cojeando de la pierna derecha por mi culpa!

Doy un frenazo en mitad de la carretera. No puedo evitarlo, y hago la pregunta en alto.

—¿Por qué cojeaba de la pierna derecha y no de la izquierda?

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Cefalea en monodosis, administrada en el insomnio de la madrugada. Casi siempre de forma gratuita; casi nunca de forma analgésica.

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