Gritos

Gritos

Escrito por Carlos Aymí Romero el 2 marzo, 2015

Carlos Aymí Romero

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Si no tienen pan –dijo la reina− que coman pasteles

I

Antes de la entrevista vi una vez más las imágenes en youtube donde la mujer, aún sin identificar, cometió el intento de magnicidio que conocemos. Me afané por escuchar lo que dijo, pero no entendí nada más allá de un alarido que reflejaba el desquicie de la desgraciada. Una semana después de los hechos, todo el mundo se preguntaba quién era la mujer y por qué intentó degollar al presidente.

Apagué el portátil y acudí a un bar de las afueras donde me habían citado. A esas horas de la mañana había pocos clientes, y se ponían al día con la televisión y los periódicos del entierro de la magnicida, muerta tras siete días de coma, así como de las protestas de la tarde y la noche anterior. Yo no conocía al tipo que me había llamado hacía unas horas, pero la seguridad y la ternura con la que habló brevemente de la mujer recién fallecida me convencieron para presentarme en busca de la exclusiva.

Un hombre sentado al fondo me hizo gestos con la mano y me fui hacia él. Tomaba una cerveza. Quise romper el hielo y le pregunté:

−¿No es un poco temprano para beber?

Su mirada hizo que me arrepintiera de inmediato. Su desaliño, el temblor de las manos, la gabardina roída, la bolsa de viaje… Se trataba sin duda de un mendigo, o de un alcohólico, o de ambas cosas.

−Desde lo que ocurrió –me dijo− he recaído en mi fantasma, y desde ayer no quiero luchar más contra él. Así al menos no estoy solo.

No sé si para redimirme o para confirmar mi idiotez, pedí dos cervezas cuando se acercó la camarera, una latina más pendiente de las noticias del televisor que de hacer su trabajo. Como todos, estaba inquieta ante lo que podía venir.

−No hace falta emborracharme para que hable, tengo intención de contar su historia… nuestra historia.

A punto de justificarme, me callé. Saqué mi cuaderno y la grabadora. Él terminó su primera cerveza y dejó el vaso.

−Esta ciudad es un vertedero y por eso me siento cómodo, porque soy basura. Rosa estuvo a punto de sacarme del fango, pero su derrota fue también mi derrota.

Lo que acababa de oír era enrevesado y le pedí que empezara por el principio, por su nombre. Yo apunté el de Rosa en mi cuaderno, era la primera vez que escuchaba cómo se llamaba la magnicida.

−Me llamo Leo y Rosa es el nombre de la mujer de quien todos hablan, aunque nadie salvo yo conocía. Ayer murió una persona maravillosa y decidí que el mundo debía saberlo. Su historia merece la pena, y es lo que quiero contar.

El bar comenzó a llenarse, la televisión informaba sobre los disturbios en las ciudades del país. La gente comentaba y daba su opinión sobre lo que tenía que ocurrir. Leo siguió con lo suyo.

«Desde que comencé a vivir en la calle no me importaba cómo ni dónde, pero hace dos años encontré mi hogar al regresar a la ciudad que me vio nacer. O, al menos, cuando encontré la casa abandonada donde vivo desde entonces. Para llegar desde aquí sólo hay que seguir el curso del río hacia el sur, cruzar el Puente de Otoño, y atravesar la arboleda. Allí la conocí a ella hace seis meses.

»Encontré la casa por casualidad en una de mis peores borracheras y, si la casa no hubiera estado allí, es posible que hubiera acabado en el fondo del río. Reconozco que nunca la cuidé, y que con el paso del tiempo se convirtió en una pocilga.

»En la casa había una habitación pintada de rojo. La habitación tenía vistas al río a través de una ventana rota, pero sólo durante la mitad del año, pues durante el invierno la tapaba con maderos y cartones para protegerme del frío, y a mediados de la primavera la destapaba para ventilar los fuertes olores.

»Fue en esa habitación, al destapar la ventana a primeros de mayo, cuando me di cuenta de que alguien había estado en la casa durante mi ausencia. No era la primera vez que okupaban la casa okupada por mí.

»Hasta entonces, cuando en otras ocasiones descubría que alguien había estado allí, hacía lo posible para que no se repitiera. Pintaba las paredes con símbolos satánicos, ensuciaba todavía más, arrojaba jeringuillas al suelo… Sin embargo, en esa ocasión me quedé muy extrañado porque el intruso había puesto algo de orden en la habitación pintada de rojo y, sin saber muy bien por qué, decidí que esa noche no me emborracharía.

»Al despertar no cambié mi rutina, me marché temprano a la catedral y fui luego al ayuntamiento, lugares donde mendigaba durante horas para regresar al caer la tarde. Al regresar comprobé de nuevo que alguien había estado en la casa; la habitación roja estaba aún más ordenada. Esa noche tampoco bebí y a la mañana siguiente me levanté temprano para empezar a recoger la pocilga donde vivía.

»En menos de un mes la casa cambió por completo. Desaparecieron los cartones y las botellas. Borré como pude las pintadas satánicas de las paredes y, una tarde al regresar, mi okupa misteriosa había pintado parte de la casa con bastante destreza. Barrimos, fregamos, colocamos los muebles de una manera armoniosa, y hasta desbrozamos las malas hierbas que rodeaban la casa. Yo madrugaba cada día, y durante la mañana trabajaba sin descanso para que alguien que no conocía todavía continuara por la tarde.

»Quería que se tratara de una mujer, de una mujer dulce. Lo quería con todas mis fuerzas, lo deseaba como sólo había deseado de adolescente. Pero me resistía a dejar una nota o, peor aún, a aparecer de improviso. Por fin, cuando la casa parecía habitable (sin agua corriente ni electricidad, eso sí), me atreví a dejar en el salón una margarita y El principito. Regresé temblando y comido por los nervios, y lo que me encontré fue una nota que decía: «Me llamo Rosa y tu libro siempre nos ha parecido sobrevalorado, pero me gustó la flor y tu gesto. Un beso. Lo siento, no estoy preparada para conocerte». Tal vez no fuera tan dulce como había imaginado, el “nos” me llamó la atención y, por supuesto, que no quisiera conocerme me puso triste».

El bar se terminó de llenar y la gente parecía imantada a la televisión, el vicepresidente iba a dar una rueda de prensa. Yo esperé a que Leo retomara su historia, había hecho un alto para dar un trago a la cerveza. Ninguno de los dos hicimos caso a la tensión que se comenzaba a respirar.

«Por las tardes no paraba de releer la nota. Sin duda se trataba de una mujer con carácter y quise demostrar que yo tenía el mío. Decidí regalarle un libro cada semana. En una librería de viejo conseguí comprar Momo, La historia interminable, y las dos Alicias. A lo largo de cuatro semanas ella me dejó comentarios breves y mordaces, y alguna planta.

»Ya no podía decirse que la casa estuviera abandonada, ni okupada, ni tampoco que fuera mía. Era nuestra y era nuestro hogar. Era un viernes de julio y en el salón dejé una nota donde la citaba ese domingo para una cena en la habitación roja. Me marché de casa y a la vuelta encontré su respuesta: “sí”.

»Llegó el domingo, me vestí lo mejor que pude, y me marché a mis rutinas. En las horas de espera me sentí afortunado. Yo, me sentí afortunado… Durante el regreso compré una pizza para llevar y temí encontrarme con Rosa en el camino, pero no fue así. Al llegar pensé que no estaría, que finalmente no iba a aparecer. Pero también me equivoqué. Me esperaba en la habitación».

 

II

Pedimos más cerveza.

«Me esperaba en la habitación roja con vistas al río, sentada a la mesa que dejé lista antes de marcharme. Nos sonreímos con timidez y serví la pizza. Me sentí ridículo. Durante la cena apenas hablamos. La situación, lo confesaríamos tiempo después con ternura, nos llenaba de vergüenza al sentir, el uno por el otro, que merecíamos más que una casa abandonada, esa cena y esa compañía.

»Nos sorprendió descubrir que ambos teníamos estudios universitarios, que los dos tuvimos nuestra oportunidad familiar –Rosa incluso había estado casada− y que asumíamos nuestras miserias sin responsabilizar a terceros. En un susurro misterioso que comprendería tiempo después, ella zanjó la cuestión de su ruina diciendo que era fruto de su propia voluntad, para evitar problemas mayores.

»Rosa tenía treinta y ocho años, siete menos que yo. Me resultó imposible no preguntarme cómo podía existir una mirada tan cansada. Una mirada cargada de ojeras en un rostro repleto de arrugas. Tal vez en su día fuera bonita. El tiempo me haría ver que sus estragos físicos no se debían, como en mi caso, al abuso del alcohol ni de las drogas y, aunque como yo vivía en la calle, su desgaste era fruto de batallas que yo terminaría por conocer.

»Acabamos la cena y pensaba que había decepcionado a Rosa como hice a lo largo de mi vida con todo el mundo.

»−Debo irme, Leo –me dijo ella con tristeza−. Hemos hecho como La dama y el vagabundo pero sin dama.

»Y al decir la última palabra se rió. En ese momento pareció sentirse en paz consigo misma y yo supe que no podía dejar que se marchara sin más, que éramos nuestra última oportunidad y que entre nosotros había magia, tal vez extraña y rota, pero magia al fin y al cabo.

»−No puedes irte –le dije, y con torpeza añadí: −llevo tanto tiempo durmiendo solo…

»−Soy mala compañera de cama –contestó Rosa ruborizándose− y de sexo mejor ni hablar.

»Le dije que me había interpretado mal, que no pretendía, que me perdonase si… Al final se quedó, creo que sintió pena por los dos. Dormimos fundidos en un abrazo. Fue bonito aunque Rosa no paró de agitarse, de temblar incluso por momentos.

»Al despertarnos por la mañana me dio un beso en la mejilla. Ambos nos caíamos de sueño. Era lunes y no teníamos nada. A partir de ese momento y durante cuatro meses fuimos felices. Todo lo felices que podíamos ser. Luego su enfermedad venció».

El vicepresidente acabó de dar el parte médico, dijo que el presidente estaba estable, fuera de peligro, y que pronto pasarían a retirarle el coma inducido. Llegó entonces la última metedura de pata del Gobierno. El vicepresidente calificó a los manifestantes de terroristas y, creyendo tener el micrófono apagado, añadió: «Estos pobres idiotas se creen que van a lograr algo». El bar rugió. Yo me debía a Leo y a la mujer que en buena medida nos había despertado a todos, y regresé a su historia.

«Rosa me reveló su secreto la quinta noche de estar juntos. Yo seguía haciendo mi vida de siempre pero ella ya no salía de la casa. Cuando ese día llegué, más tarde de lo habitual por lo que me había ocurrido, quería beber a toda costa. Unos críos me pegaron y me robaron mientras se reían de mí. Ella consiguió calmarme y me ofreció contarme su vida si yo desistía de mi intención de emborracharme con una botella que tenía escondida. Accedí entre lágrimas, y me reveló su secreto.

»Me contó que era esquizofrénica de tipo paranoide desde hacía doce años. Me dijo que la enfermedad le vino a los veintiséis, después de un año de feliz matrimonio y cuando estaba embarazada de su primer y único hijo. Que una noche en su sexto mes de embarazo comenzó a escuchar voces dentro de su cabeza, le murmuraban cosas de su marido y de su bebé. Me dijo que consiguió dar a luz sin acudir a ningún especialista por miedo a que le recetaran medicación que afectara al embarazo. Se vino abajo y comenzó a llorar cuando contó que al tener a su niño las voces no se marcharon, sino que se hicieron más frecuentes, desagradables y violentas. A partir de ese momento no volvió a dormir nunca bien.

»Acudió entonces a un psiquiatra, le diagnosticó la esquizofrenia y le recetó la medicación con la que podría llevar una vida, le dijo, normal. Pero las voces no desaparecieron. Cuando pensó que su hijo y su marido podían estar en peligro por culpa suya, la que desapareció fue ella, sin explicaciones, sin un adiós, para siempre. Rosa abandonó su ciudad y se mudó a la capital, donde por un golpe de fortuna comenzó a trabajar de profesora en un municipio cercano. Allí permaneció dos años, soportaba a diario las voces de su interior que no paraban de hablar sobre sus alumnos y el profesorado.

»El primer año no le fue mal y creyó incluso que podría someter a las voces a través de su voluntad y de la medicación. Las distintas personas que hablaban dentro de su cabeza no desaparecieron, pero se volvieron menos audibles y violentas. El segundo año sin embargo la enfermedad se agravó, las voces se multiplicaron en poco tiempo, y dejaron de hablar entre ellas para dirigirse directamente a Rosa. Además los mensajes dejaron de ser críticas maliciosas para exigir sangre la mayoría de las veces. Rosa, al contármelo, pronunció la palabra “sangre” con tal intensidad que no pudo seguir. Rompió a llorar y esa noche se durmió en mis brazos de puro desconsuelo».

El estruendo que se había formado en el bar por las palabras involuntarias del vicepresidente parecía no afectarnos. Yo me concentré en Leo y él en el relato de Rosa.

«A la tarde siguiente de que ella me hubiera contado su secreto, nada más llegar a la casa, la miré a los ojos y le dije lo que pensaba. Le dije que era una heroína, porque un héroe no es quien hace grandes cosas por tener grandes capacidades, sino quien se rebela contra sus demonios y evita hacer el mal por mucho que se le empuje hacia él. Esa noche me besó por primera vez como nadie me había besado nunca, con una mezcla de pasión, agradecimiento y derrota. Después del beso terminó de contarme cómo había llegado hasta la casa.

»La situación al finalizar el primer trimestre de su segundo año se hizo insoportable. Su lucha diaria contra las voces melló su rostro de ojeras y de arrugas. Pronto la mirada se le empezó a torcer. Los rumores entre los alumnos y sus propios compañeros terminaron por hacer que se marchara. Pocos meses más tarde perdió la casa y sólo le quedó la calle. La calle y las voces. Unas voces que, fuera de control, sólo conseguía dominar a base de gritos. Comenzó así a alejarse de la ciudad a diario, a recorrer el sucio y solitario río, y a llenar con sus gritos la arboleda y el abandonado Puente de Otoño. Hasta que dio con la casa, hasta que me encontró a mí. No es que al conocerme dejara de gritar, me confesó que lo hacía durante horas mientras yo estaba mendigando, pero al menos cuando yo llegaba estaba tan agotada y yo le reconfortaba tanto que podía ignorar a las voces».

El final de la historia de Rosa llegaba; el principio de algo propiciado por ella con su intento de magnicidio daba comienzo. La televisión informaba de manifestaciones espontáneas por todo el país, de mareas de gente que no ocasionaban revueltas porque la policía en muchos casos se unía a los manifestantes. Todo apuntaba a la revolución. En el bar sólo quedaba el dueño que estaba cerrando caja, y nosotros dos. Leo terminó.

«Rosa nunca me lo confesó pero creo que ella intentó matar al presidente porque las voces le pedían matarme a mí. Las últimas semanas ella apenas durmió, temblaba y gritaba en sueños diciendo “¡No!” una y otra vez. Cinco días antes del suceso, le dije que no tenía miedo, que me imaginaba lo que le exigían las voces y que no me separaría de ella. En esa ocasión intentamos hacer el amor por primera y última vez, fue un desastre y, sin embargo, hermoso al mismo tiempo.

»¿Por qué eligió al presidente? Es posible que yo tuviera la culpa. Cada día le llevaba periódicos para que se evadiera lo máximo posible de su tortura. El país era una ruina y las voces supongo que también le pidieron que acabara con el máximo responsable. Lo que creo es que contra esa petición no pudo, o no quiso, seguir gritando. Tal vez aceptara hacerlo porque era el modo de salvarme a mí, o tal vez para poner fin a su tortura. Nunca me lo dijo y ahora estoy solo».

Leo comenzó a llorar, yo apagué la grabadora. Sólo supe decirle que Rosa era de verdad una heroína, y que el país iba a vivir la consecuencia.

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La literatura es la Mentira en la que más creo. carlosaymi.com @CarlosAymi

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