El ferroviario que quiso ser actor – Concurso marzo

El ferroviario que quiso ser actor – Concurso marzo

Escrito por Dianogos el 30 marzo, 2015

Dianogos

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El siguiente texto contiene ficción y realidad a partes iguales; los nombres pueden no ser los mismos, los lugares cambiados pero no así los hechos… que quedan en la memoria de mis antepasados. Va por todos ellos y por Federico.

Juan era de Jaén pero tenía un buen trabajo como jefe de estación en Dos Hermanas, provincia de Sevilla. Nada que le entusiasmara, pero daba de comer a sus hijos, Juanito e Isabel, y a su esposa, Anabella. Cada día echaba su jornal levantando el banderín rojo tres veces y escribiendo en su cuaderno las incidencias y mercancías que por allí pasaban. Una rutina tranquila que se rompía al llegar la tarde.

Y es que Juan tenía un método infalible para salir del tedio, algo que había conocido gracias a un viajante que hacía un año había conocido durante su estancia en el pueblo. Aquel hombre con acento cerrado de Granada se llamaba Federico y le propuso a él y a tres compañeros más de la estación formar un grupo de teatro. Representarían obras escritas por él y otras más clásicas; los fines de semana alternos de cada mes viajarían a los pueblos cercanos para representarlas y dar a conocer aquellas historias increíbles. Juan, reticente en un primer momento, aceptó a regañadientes. Pero poco a poco se fue dando cuenta de que aquella actividad le daba algo que no lograba entender, que le hacía sentir como nunca antes se había sentido: Juan consiguió descifrar el misterio de la felicidad a través de la expresión corporal y artística, ahora sentía ser libre.

Así, Juan y sus compañeros salían de trabajar, comían rápido en sus casas y se encontraban de nuevo en la trasera del ayuntamiento donde, en una pequeña barraca, ensayaban las obras que Federico les había propuesto en su visita al pueblo. La primera que representaron fue una de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, y tanto gustó que las gentes del pueblo pidieron otra representación más. Y otra. Y otra. Así que siguieron con este nuevo entretenimiento que agradaba a todos por igual. A todos menos a Manuel el del Cortijo Grande.

Manuel, hijo de Consuelito y Don Pedro Gil, terrateniente de gran parte de las tierras, era visto por todos como un cacique; era odiado a viva voz por la mayoría de los habitantes de Dos Hermanas menos por la Guardia Civil y el teniente alcalde, que le guardaba bien el aire. Tal era el carácter de Manuel que se quejó del alboroto que montaban con aquel “invento para tontos” que practicaban Juan y sus amigos. El alcalde hizo oídos sordos a sus quejas y siguió permitiendo el teatro de estos cuatro amigos hasta aquel diez de julio.

Una carta había llegado a casa de Juan con un nombre muy familiar en su envés. En su interior, el libreto de una obra de teatro y una carta de su querido Federico: Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, rezaba el título. La misiva les animaba a representarla puesto que «no había podido ser representada cuando la escribí». Eran otros años y la dictadura impidió a Federico hacerlo. Ahora corrían otros tiempo y, aunque en Madrid las noticias fueran de tensión, en su pueblo todo estaba muy tranquilo. Con ésas, Juan y sus amigos propusieron la obra en el consistorio y obtuvieron la negativa del alcalde, alegando éste que no era propia para todos los públicos y que no iba él a crear un mal ambiente, teniendo a Manuel tan pegado a sus cuartos traseros. La pelea entre unos y otros fue de órdago y no llegaron a las manos por el respeto que se tenían, pero dos días más tarde ya estaban ensayándola; sus mujeres les cosieron los trajes y la hija de Jesús, la Juanita “la chica”, les ayudaría con el papel de joven doncella enamorada.

El día anterior al estreno, el nueve de julio, el alcalde volvió a pedir, ahora con más calma, que no representaran aquella obra, prohibida en su momento, como decía él, “por algo”. Juan le prometió que si el público se quejaba durante la representación, pararían ipso facto y se irían a sus casas. Pero de igual forma, si aquello no sucedía, seguirían con su función.

El diez de julio de mil novecientos treinta y seis, Juan, sus amigos y la pequeña Juanita salieron al escenario improvisado de siempre a representar aquella obra maldita. Durante una hora el público enmudeció, rompiendo su silencio sólo al final para aplaudir a aquellos actores que tan bien lo habían hecho. En una esquina de la plaza mayor, Manuel mantenía su mirada aviesa fija en Juan.

Los días siguientes en el pueblo fueron una celebración constante del éxito de aquella noche. Nadie que viera la obra cejó en su empeño de saludar y felicitar a los actores, que incluso recibieron visitas a la estación para estrecharles la mano o enviarles algún presente.

El día dieciséis de julio sería el primero de los seis días libres que tendría Juan para ir con su familia a Jaén para reunirse con los suyos y poder contar las hazañas teatrales del último año. Ya en la estación, ataviado con un traje negro y corbata gris, sombrero a juego y zapatos recién limpiados por Pepito “el limpia”, charlaba con su mujer sobre a quién iban a visitar primero, cuando uno de sus compañeros le dijo que tenía que quedarse hasta mañana puesto que lo necesitarían en el turno de noche.

Juan habló con su mujer Anabella y le dijo que fuera ella primero con los niños, que al día siguiente estaría él allí. Se despidieron con un beso lento y poco habitual, se abrazaron, y Anabella le apretó fuerte, como intuyendo el desenlace de aquel viaje sin su marido.

A la mañana siguiente, a las siete y media del dieciocho de julio, golpearon la puerta de Juan con furia. No le permitieron siquiera hablar, de un golpe de culata lo noquearon y no recuperó la consciencia hasta verse de rodillas junto a la tapia del cementerio municipal. A su lado, sus compañeros, sangrantes y malheridos; enfrente, cuatro guardiaciviles y el cabrón de Manuel.

«Por rojos y maricones», fue lo último que escucharon aquellos ferroviarios metidos a actores de teatro antes de que el sonido de los fusiles les atravesara el cuerpo. Cayeron al suelo inertes con los ojos abiertos aún, incrédulos ante lo que acababa de suceder.

Aquel día también fue el comienzo del fin para los textos de Federico, que moriría fusilado y abandonado en una cuneta un mes después.

Lo que aconteció después es digno de contarse, pero será en otro momento, en otra barraca, con otros actores y actrices que representen el final de esta triste función.

(Continuará)

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Dianogos

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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Comentarios

1 Comment en "El ferroviario que quiso ser actor – Concurso marzo"

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Miguel Dávila
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Miguel Dávila
2 years 5 months ago

Genial el texto, y muy estremecedor al saber la sólida parte real que lleva detrás. Deseando que llegue ese “continuará”.
Enhorabuena, Dianogos.

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