Taxi (3ª parte)

Taxi (3ª parte)

Escrito por Marina DePablo el 10 febrero, 2015

Marina DePablo

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Quien teme a Virginia Woolf

 

 

 

 

Estrenaban ¿Quién le teme a Virginia Woolf?
No sabía realmente la hora de la película, pero mis deseos de pasar un sábado inolvidable consiguieron que llegase a apenas 15 minutos del comienzo.

Adquirí la entrada y saqué la cajetilla de tabaco del bolso. Era todo un arte, al menos para mí. Sacar lentamente el cigarrillo, abrir ligeramente los labios. Cerrarlos lo suficiente para que no se escape, pero no tan fuerte para parecer vulgar. Busqué las cerillas y encendí un fósforo. Lo acerqué lentamente al cigarrillo y absorbí delicadamente, primero una vez, después otra, hasta comprobar que estaba bien encendido.
Puede parecer algo corriente y tosco pero, si se le dedica el tiempo y el esmero que precisa, es todo un arte. Destreza que las mujeres pueden tener y que los hombres saben observar.

Disfruté de cada calada y, a la vez, de las miradas de varios maridos.
Sabía de su deseo, pero también sabía del deseo de varias de sus mujeres de decirme «fresca».
Apagué el cigarrillo y me encaminé hacía la sala de estreno, contoneando mis caderas lentamente. Me gustaba ser femenina, se me aceleraba el corazón cuando sabía que muchas miradas me observaban y perseguían a la vez. Noté calor en mis muslos, advertí calor por todo mi cuerpo. Quería saberme deseada y lo conseguía, cómo disfrutaba mi ser al saberme codiciada.
No tardaría mi cuerpo en salir a escena.

Cuando entré en la sala me hice a un lado y observé. Esta parte del juego era la mejor, cómo localizar a mi cita del sábado. Cita prevista para mí pero que ni intuía la otra persona. Es todo un placer.

Hubo varios maridos que giraron su cabeza y sus miradas, y hubo varias esposas pellizcando a sus maridos. Era un juego de seducción y sabía la contrapartida, críticas y más críticas. Pero algo sí que tenía claro, la persona elegida y que querría jugar a mi mismo juego, estaba encantada, al menos había sido así hasta ese momento.

Oteé a un personaje sentado varias filas delante de donde me situé. Parecía muy seguro de sí mismo. Sólo veía parte de su traje, un pelo más que engominado y sus dos brazos a ambos lados del asiento. Me reí para mis adentros imaginando la escena de estar este individuo con una mujer a cada lado y pensando «sois mías». A pesar de intuir que podría ser uno más de los muchos donjuanes a los que ya estaba acostumbrada, avancé. Cogí el bolso con la mano derecha y empecé a andar en su dirección.

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