Relato 10

Relato 10

Escrito por hitoito el 25 febrero, 2015

hitoito

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Hola, ¿qué tal?

Bueno, me presentaré.

Mi nombre es Akiko. Soy una chica de dieciseis años, japonesa, de la prefectura de Aichi. Sí, soy estudiante de instituto. Estudio en el instituto Toya, o estudiaba, antes de todo lo que me ocurrió, claro. ¿Que qué me ocurrió?, os preguntaréis. Bien, es bastante largo de explicar, aunque bueno, tampoco tenéis prisa, ¿verdad?

Era una fría mañana de noviembre. Caía un agua tan gélida que dolía al rozar la piel de mis orejas (sí, me olvidé el paraguas otra vez).

Mi pelo es negro y largo, llevo un flequillo que me tapa gran parte de la frente, incluso un poco los párpados. No soy ni alta ni baja y tampoco destaco mucho, porque mis ojos son como dos pinchazos. Tengo una nariz bastante bien hecha, se parece mucho a la nariz de Ayumi (la cantante de j-pop). Aunque no soy lo que se dice “una preciosidad”, llevo a algunos chicos locos. La culpa es del manga y su influencia creando estereotipos insulsos y algo estúpidos.

Como cada día, llegué un poco tarde a clase y todos los chicos y chicas se me quedaron mirando cuando pasé a través de la puerta shoji —que no es otra cosa que una puerta corrediza—. Sí, me sentí bastante idiota, pero es que últimamente llegaba siempre tarde por culpa del transporte público (el gobierno debería mejorar el transporte público en lugar de subir tanto los impuestos al ciudadano de a pie), así que no me preocupé demasiado y tomé asiento.

Al hacerlo todos los chicos se me quedaron mirando, y las chicas murmuraban entre sí —seguramente acerca de mi cara—, se reirían de mi deplorable aspecto, con todo el maquillaje corrido y mi pelo como una leona.
El profesor Takizawa me miró por encima de sus gafas y me dijo:

—Kikuchi-san, llega usted tarde otra vez. ¿Cuál es su excusa esta vez?

—Verá… Yo…

—Ya he pasado lista, así que… hoy ha faltado a mi clase y ya van unas cuantas ausencias. ¿Le ha quedado claro?

—Sí, completamente. Lo siento, le pido perdón. No volverá a pasar. —dije mientras hacía un gesto de culpa doblando mi cuerpo y apoyando mis manos encima de la mesa del pupitre.

—Akiko Kikuchi, siempre dice usted lo mismo. ¡Cualquier día le haré comer todas las gomas, a ver si así se le borran esas palabras de su sucia boca, holgazana!

Y entonces, dicho esto, algo increíble me sucedió. No tenía ni idea del porqué, pero fuere lo que fuere; necesitaba, ansiaba, tenía un deseo irrefrenable de comer… ¡gomas!
Sí, sí: gomas de borrar, de las de toda la vida, no de las otras que usan los adultos y algunos de mi edad, incluso más pequeños, para mantener relaciones sexuales “seguras”, aunque seguro que ellas no saben ni lo que es eso.

Bueno, después de esta disertación, prosigo con mi asombroso relato, y digo “asombroso” porque nadie podría creer lo que vendrá a continuación.

Yo estaba ya en una situación embarazosa. Me había puesto de rodillas bajo el pupitre y estaba devorando con avidez la primera goma. No era lo que se dice “un manjar”, pero a mí me satisfizo enteramente, aunque necesitaba comer más.

Tenía un apetito voraz por aquellos pequeños trozos de plástico. Así que comencé —como una loca— a pasar de una cartera a otra, buscando más pedazos que llevarme a la boca. No es fácil imaginarse la escena, pero para que os hagáis una idea, iba arrastrándome por el suelo del aula como un reptil, sin pudor alguno, se veía mi ropa interior con dibujos de rilakkuma, y me daba lo mismo.

Un chico me vio y exclamó horrorizado:

—¡Mirad! ¡Akiko Kikuchi está comiéndose nuestras gomas! ¡Es espantoso!

—¡Es verdad! —exclamaron todos mis compañeros de clase.

Yo, impasible —como si aquello no fuera conmigo—, seguí devorando gomas de borrar como si no hubiese un mañana, y lo peor es que no sabía por qué estaba haciendo aquello.

«Kikuchi-san, al despacho del director», dijo tranquilo el profesor Takizawa. «¡Ahora mismo!», eso lo dijo un poco más enfadado y señalando con la punta de su lápiz a la puerta del aula.

Pero aquel lápiz llevaba algo jugoso en su extremo superior. Sí, una goma de borrar rosada con virutas de lo que parecían ser especias —ahora todas las gomas me parecían especiales—. «Mmmmmm», pensé mientras me relamía.

Me seguí relamiendo e hice ademán de ir en dirección a la puerta shoji pero, en lugar de eso, me abalance sobre el profesor Takizawa y le arranqué el lápiz de sus manos con la boca.

Takizawa se quedó estupefacto viendo cómo engullía la goma de su preciado lápiz de quinientos yenes. Horrorizado, se propulsó con sus pies hacia atrás. Yo me subí a la mesa y comencé a rebuscar en los cajones. Allí encontré bastantes lápices con sus pedacitos sabrosos, deliciosos. Me chupaba los dedos y mi lengua mojaba mis labios una y otra vez. Se me comenzó a caer la baba y agarré el primer lápiz sin dudarlo un sólo momento.

Mis compañeros de clase me observaban entre curiosos y atemorizados. Sentían —al parecer— repulsión hacia mis actos, pero aquello no era culpa mía, yo había sido siempre una chica normal, bueno, casi. Aquello era demasiado para mí. Comenzaba a sentirme algo pesada, como empachada; realmente debía estarlo, había comido unas ochenta gomas de todos los colores, formas y sabores. Pero necesitaba más, necesitaba todas las gomas. Así que me puse en pie, abrí la puerta shoji y me dirigí hacia el despacho del director, que tenía una gran colección de gomas.

—Señor director, ¿puedo pasar?

—Pase, pase —dijo el director cuando ya estaba dentro—. Akiko Kikuchi, ¿qué ha hecho esta vez?

—Me ha dicho el profesor Takizawa que debe ir un momento a su clase, y me ha encomendado la ardua tarea de quedarme vigilando su despacho también —dije con cara de bondad, de niña que no ha roto un plato en su vida.

—Me parece bien, pero no se mueva de aquí, ¿de acuerdo?

—No, no lo haré. Vayase tranquilo —dije yo mientras le hacía ademán con la mano hacia la puerta, mientras le invitaba a salir por ésta, casi empujándolo invisiblemente.

El director Endo se fue a la clase de abajo y yo me quedé sola. «¡Por fin sola!», pensé, y comencé a buscar con desesperación. ¿Estaba realmente loca? Pero yo nunca lo estuve, ¿verdad? «¿Qué me está pasando? Ésta no soy yo», pensé una y otra vez en voz alta.

«No estoy loca, sólo tengo hambre. Veamos que hay de comer. Mmmmmm… Qué rico… Gom… Gom… Gom… ¡Gomas! Cientos y cientos de gomas con mucha antigüedad. Oh, qué exquisitez. ¡Menudo manjar! Se me hace la boca agua. Pero… Espera, espera, espera, ¡esperaaaa un momentooo! No, no, no, no y otra vez no. No puedo hacerlo. No puedo. No debo hacerlo. Pero… ¿quién me lo impide? Nadie, pues eso», me dije a mí misma en voz alta como si hablase con otra persona.

Comencé a comerme —una por una— todas aquellas bonitas gomas de la colección privada del director Endo, sin pensar en que en cualquier momento podía abrir aquella puerta y el gran banquete habría terminado.
Sucedió, Endo entró —como una exhalación— en su despacho y comenzó a buscarme con la mirada. Yo estaba escondida debajo de su enorme mesa de director de instituto.

Endo tomo su asiento y comenzó a balancearse en su silla. Yo aguanté bastante tiempo, lo suficiente, para lograr escapar indemne de aquel despacho que apestaba a habano.

Cuando salía por la puerta, escuché un grito despiadado: «¡¡¡Quién me ha robado mi colección privada de gomas!!!»

Salió corriendo del despacho en mi busca, pero yo no tenía nada, ni siquiera un resto de goma en  mi estómago. Gracias a un potente laxante que me dieron en la enfermería, acababa de venir del baño.

De todas formas, tampoco me sirvió de mucho, porque me expulsaron.

Después de eso, nunca más me volvió a dar por comer gomas de borrar en mi nuevo instituto, pero sigo llegando tarde y mintiendo. Al parecer, no funcionó el remedio del profesor Takizawa.

 

 

 

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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