Íntimo

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Escrito por Lorenzo GM el 12 febrero, 2015

Lorenzo GM

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Es el cuarto mensaje que recibo. La batería empieza a aflojar, pero el móvil decide jugármela despidiéndose cuando mis ojos se encuentran con tu última frase:

Ahora te cogería de la nuca, te acercaría a mí, y te pasaría la punta de la lengua por todos y cada uno de tus dientes. Metería tus dedos dentro…
Y me quedo como estaba, sola, en la última mesa del rincón de la derecha. Yo, mi deseo, y tu ausencia.
 A tantos kilómetros es difícil acertar el tamaño, pero es jugar a adivinarlo lo que más me excita.

La gente toma su café, acaba su sandwich, habla de temas que ni a ellos les importan. Entretanto, yo juego con la servilleta, la enredo como tus palabras en mi cabeza. Noto tu aliento por el cuello, tu susurro que juega a desabrocharme la razón y a desordenar mis papeles de lo que está bien y lo que no. Y de pronto noto cómo todo ese ruido y esas caras de fondo se desvanecen. Sólo estamos tus palabras, mi saliva, y el calor. La cremallera del pantalón me molesta, por no hablar del botón, que sólo hasta ahora había tenido sentido y ahora me pide a gritos que lo desajuste. 

El color se acumula en mis mejillas y el frío que entra por la ventana se mezcla con la quemazón que se sale directamente de las bragas, un calor que se hace cada vez más y más latente.

Debería pagar mi cuenta, coger mi café a medias y largarme de aquí, pero la mano izquierda parece haberse adelantado y, avispada como si fuera la tuya, se ha colado debajo de la mesa y se ha metido entre las piernas que se cruzan y disimulan la jugada. Oigo tus palabras escritas y me las llevo a las yemas de los dedos, el índice y el corazón, que hace ya un rato se deshicieron del botón impertinente y la cremallera asustada.

Cada vez me sobra más ropa, prendas que no me puedo quitar y que me oprimen, me estorban. Podría escaparme al baño, quitarme la ropa y deshacerme hasta quedarme vacía; hacerlo sencillo, sucio, ordinario y vulgar, pero normal. Pero imaginar tus ojos en fuego que me miran mientras juego a acariciarme, rozar mis bragas mojadas delante de todo el mundo, me deja sin respiración. Me excita demasiado sentir que aunque la gente de mi alrededor es testigo de mi festín, nadie se percata de que me estoy acariciando pensando en la única persona que no está: tú.

La mano derecha sólo se ocupa de sujetar el café, café que me llevo a la boca mientras ahogo el gemido que lleva tu nombre. Y mientras, la hinchazón del clítoris al contacto con los dedos de la mano izquierda, que hace rato son los tuyos, se hace cada vez más notoria. Movimientos circulares de unos dedos que ya no me pertenecen, y que se convierten en tu lengua ansiosa y juguetona, me hacen perder el norte.

El aire parece haber hecho un descanso en la garganta, me falta, me sobra, me duele. Me gusta.

Las piernas siguen cerradas como si de un telón de teatro fuera, y amortiguan el placer de pensar que si estuvieras aquí los demás no serían sino nuestro público dispuesto a pagar por ver cómo nos retorcemos del placer aquí y ahora, tocándonos, besándonos, devorándonos el uno al otro hasta desaparecer.

Con el veneno de tu boca en mi saliva, me tomo ese último trago de café que guardé para el final, donde ahogo el gemido que me lleva a abrochar el botón, cerrar la cremallera y pagar la cuenta. Pensando que las deudas de la intimidad entre tú y yo… me las cobraré en otra ocasión.

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