Presentaciones

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Escrito por Siseia Olvidio el 13 enero, 2015

Siseia Olvidio

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Hoy, dentro del diario provincial y más en concreto en las páginas de sucesos, aparece la foto de un hombre de mediana edad maltrecho en el hospital tras recibir una brutal paliza.

No sólo es mentira, lo de la paliza no, me refiero a los hechos que narra el personaje. Dice que salió de casa para ir a comprar a un supermercado de marca alemán y en el aparcamiento, antes de descender de su vehículo, un individuo le golpeó y perdió el conocimiento. Cuando se recuperó se encontró tirado en El paraje, donde lo atendió la ambulancia del 112.

El paraje es una conocida zona de cruising de la capital, los hombres acuden allí a enseñar sus pollas, a mamar y a ser mamados. Yo con las mentiras no puedo, ni con el doble rasero, pero ayer me apetecía que un tío me chupara la verga. Buscaba a alguien en concreto: un cincuentón casado según los cánones de la iglesia católica y pederasta. Es fácil encontrar en estos lugares a supuestos heterosexuales, padres de familia y amantes esposos de sus señora, deseosos de comer pollas y de que les enculen.

Me acerqué a un Citroën Saxo. En el interior, un hombre con los pantalones bajados masturbándose. Entablé conversación con él.

—¿Qué? ¿Tocando la zambomba, o eres más de cantar villancicos al micrófono? —le dije con picaresca. Él me miró. Le gusté, dentro del argot gay soy una “musculoca”, un buen polvorón.

Me abrió la puerta del copiloto y entré.

—A ver ese micrófono —me dijo. En el salpicadero llevaba una medalla de la Virgen de la Capilla y un añejo “Papá, te queremos”. Yo estaba excitado no porque la maricona esa me fuera a chupar la polla sino por lo que tenía pensado hacer después.

—Así me gusta, una chorra joven y depilada. Qué limpio eres —conforme me lo decía se la metió en la boca. La calidez, la humedad y cómo succionaba el mamón hicieron que me corriera en nada.

—Ahora me toca darte a ti, eres pasivo, ¿no? —sabía la respuesta— Pero me gustaría follarme tu culo fuera para que todos me vean —había varios coches más y algunos hombres andando.

Nos bajamos, se apoyó en el capó de coche de espaldas a mí y ofreciéndome su culo peludo. Le metí mi dedo índice, gimió un poco y le introducí el corazón… así hasta que tuve dentro de él todo mi puño mientras él se pajeaba. Noté cómo llegaba al orgasmo, su esfínter se apretó en mi muñeca y gritó de placer.

Saqué la mano sin consideración. Había anochecido, volvimos al interior del coche. Mi excusa era hablar, conocerlo, pero realmente esperaba a quedarnos solos.

—¿Vemos las estrellas?— le dije para que volviéramos a salir. Nos bajamos, me decía algo de volver a vernos pero no le di tiempo, además odiaba a los gachones esos con doble vida. La mano que hace unos minutos estaba follándole el culo ahora impactaba con la fuerza de un puño cerrado en su mandíbula, cayó al suelo y lo pateé. Se lamentaba y suplicaba como un perro, yo volvía a estar empalmado. La violencia me pone, la sangre y sobre todo que me imploren clemencia.

Lo dejé tirado en el suelo, le cogí de la cartera los pocos euros que llevaba, puse el coche en punto muerto y lo empujé un poco por la pendiente que llevaba a un olivar cercano.

Me encendí un cigarro y volví a mi rutina.

Os tengo que contar qué le pasó a la gata siamesa de mi vecina. Creo que no me he presentado pero para vosotros soy Salvador.

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Vivo mi muerte tan rápido como bebo mi vida.

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