La chica de la tienda de ropa

La chica de la tienda de ropa

Escrito por Dianogos el 12 enero, 2015

Dianogos

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Ésta es la historia de una muchacha que quería ser una cosa y se perdió por el camino. Nadie dudará de lo manido del asunto ni del tópico, siquiera, de empezar así. Pero ésta es la historia que quiero contar hoy porque se la debo y debo hacerlo.

Sonaba Your Song de Elton John, ella no era fanática del estrafalario pianista pero aquella canción la dejaba afónica. La primera vez que la escuchó fue en aquella película, en Moulin Rouge, perpetrada por Ewan McGregor y, al dejarse llevar por su ímpetu y su afán por saber, la encontró en YouTube, cantada, ahora sí, por Elton John. Desde entonces no hubo otra versión. Ni otra forma de cantarla que no fuera a gritos.

No sería por esa causa que tuviera la voz ronca, casi de chico; el alcohol y el tabaco fueron picando sus cuerdas vocales hasta dejarla en ese tono que, cuando no gritaba, sonaba vibrante, sensual, tentador. Eran pocas las veces que sonaba así, lo habitual era escucharla gritar cualquier cosa: desde un cotilleo hasta una llamada a su perro extraviado paseo marítimo abajo.

Era con su perro con quien más hablaba, con quien compartía toda su vida a diario. Desde que se levantaba y le gritaba para que se bajara de la cama, hasta que hacía lo propio para que se subiera a última hora de la noche. Juntos iban por la vida menos a un sitio, al infierno.

Así llamaba ella a su lugar de trabajo, una tienda de ropa de lujo en la que cada día veía pasar ricachonas con ganas de pulir los cantos de las tarjetas de crédito de sus maridos mafiosos, jeques o embajadores de algún país africano. Miles de euros pasaban por sus manos mientras entregaba bolsas minúsculas con artículos horribles de dudosa calidad. A aquella gente sólo le importaba la marca y ella estaba allí para recoger los beneficios.

Odiaba su trabajo y odiaba a su jefa, apodada “la pollos” por todas las de la tienda por su continua afición de regañarlas en todo momento. En alguna ocasión llegó a ridiculizar a alguna compañera suya delante de clientes. Pero a ella no; con ella siempre tenía ojo.

Le gritaba, sí, pero le guardaba el aire. Y todo porque un día pilló a su jefa en el vestuario dándose el lote con un cliente. Desde entonces compartían una relación de miedo y odio mutuos. No la echaría porque podría chivarse de ella y a cambio no la puteaba como a las demás. Fue un pacto de señoras, sin sellar, simplemente, así quedó la cosa.

Trabajaba en aquella tienda pero ella era farmacéutica; al menos eso ponía en el título que le otorgaron en la universidad y por el cual peleó durante cinco largos años fuera de su casa. Al terminar, las posibilidades de encontrar una farmacia de guardia sin dueña eran nulas. Por ello decidió buscarse la vida y acabó en aquella tienda.

Lo que verdaderamente quería contar es su penúltima historia, aquélla que le dio la oportunidad de cambiar todo en su vida por completo. Uno de esos días de trabajo aburridos, apareció por la puerta un joven de unos treinta años, bien vestido y de porte serio. En su mano derecha un maletín color crema encadenado a unas esposas que hacía unión entre el asa y su muñeca. Aparte de unas gafas de sol y de la corbata negra, no había nada más curioso que reseñar que aquel maletín encadenado.

Dio los buenos días con un acento irreconocible para cualquier persona de la calle pero no para ella; con el tiempo había encontrado un nuevo entretenimiento en averiguar de dónde eran sus clientes y la gran pista siempre la daba el acento… y la tarjeta de crédito que utilizaban.

A falta de plástico que analizar, concluyó con ese único “buenos días” que aquel individuo misterioso era del este, de algún país de la antigua Yugoslavia. Clientes raros éstos, pero muy agradecidos a la hora de dejar propina en metálico por el servicio prestado.

Fue ésa la razón que la movió a acercarse a él y preguntarle si podía ayudarle en algo. Éste no contestó, en lugar de ello, cogió un par de camisas y la miró a los ojos. Las gafas de sol le impedían ver su mirada pero entendió que preguntaba por los vestuarios.

En la tienda existían dos vestuarios muy bien diferenciados. Al ser una tienda de lujo, éstos eran amplios, muy bien iluminados y con perchas y asientos acolchados para que la persona (o personas) que entraran dentro se sintieran cómodas.

Se dirigió hasta la entrada del vestuario y, con su mejor sonrisa, alargó la mano abierta para indicarle el camino. El hombre del maletín entró cerrando la puerta tras de sí.

Pasaron cinco minutos y ,viendo que el comprador de camisas no salía, decidió acercarse a la puerta para escuchar. Pegó su oreja izquierda y escuchó al hombre hablar por teléfono, hablaba bajito pero azorado, como si algo no fuera bien. El idioma, que, ahora sí, reconoció sin dudas, parecía serbio.

Volvió a su puesto nerviosa, pensando en posibles soluciones a la situación. Pensó que si no salía en cinco minutos, llamaría a la puerta para preguntar si todo iba bien. Cogió el móvil y marcó el uno, uno, dos, pero no llamó; dejó el número preparado por si pasaba algo. Siempre había sido algo alarmista y esta situación la tenía de los nervios.

No tuvo tiempo para pensar mucho más. La puerta del vestuario se abrió de improviso, de manera brusca y rápida. De la misma manera salió el hombre ajustándose la chaqueta y la corbata, con las gafas de sol en la mano, dejando ver sus ojos azules.

No se despidió siquiera de ella, cruzó la tienda en menos de tres segundos y empujó la puerta de salida dejando que ésta se cerrara de golpe. De repente, el silencio se hizo en la tienda y el corazón de nuestra protagonista, queriéndose salir de su pecho, golpeó fuertemente su caja torácica.

Tardó unos minutos en reponerse, congelada por el miedo, por otro lado irracional, que le había provocado la situación. Cuando, por fin, una lucecita se encendió en su entrecejo: ¿qué había pasado con las camisas?

Rezaba por que todo no hubiera sido una estrategia para robarle un par de camisas que, por otro lado, valían cada una más de cuatrocientos euros. Corriendo se lanzó a buscarlas dirigiéndose al vestuario.

Abrió la puerta de madera blanca girando su pomo y lo primero que vio fue una de las camisas en el suelo. Entró del todo y no encontró la segunda pero si algo que la dejó congelada. El maletín de aquel misterioso hombre del este se encontraba en el suelo de aquel receptáculo. Las esposas también estaban en el suelo, justo encima de la camisa.

¿Qué hacer?

Y es aquí, amigos, donde todo cambió para ella, donde la historia se complica y donde yo dejo de escribir. Quién sabe, lo mismo algún día os cuento cómo recuperé mi maletín, cómo conocí a la chica y cómo pasó todo aquello que nunca debió pasar.

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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Comentarios

3 Comentarios en "La chica de la tienda de ropa"

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2 years 9 months ago

Esperemos que no se haga esperar mucho el desenlace!

Member
2 years 9 months ago

Yo no podría inmiscuirme en la hazaña creadora de un escritor. Pero está claro que el relato que nos has presentado es una gran introducción. Directa y escueta, sin tantas relamidas descripciones ni braverías lingüísticas. Y por supuesto, engancha. Si algún día continúa la aventura, espero que nos lo hagas saber 😉

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