Fragmento de ‘Merluza en salsa’

Fragmento de ‘Merluza en salsa’

Escrito por queridaresaca el 9 enero, 2015

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Mientras degusto una merluza con salsa sitiado y casi derrotado por el chachareo inane de una tertulia de pescadería en el televisor, me da por pensar mirando la carne blanca y laminada del pescado que debería buscar su nombre científico en internet, por si alguna vez lo necesito para rellenar un crucigrama mientras espero una llamada en urgencias de un hospital o simplemente para favorecer la digestión física, mental y espiritual de la merluza. Creían los antiguos alquimistas que conocer el nombre de una persona, animal o cosa ayuda a apropiarse de su esencia, así yo cerraría el círculo virtuoso de este animal que ingiero envuelto en tomate y pimiento asados, porque me da la gana y porque el que está ahora en la cumbre de la cadena alimentaria soy yo, aunque no sé por cuánto tiempo, otra especie puede estar ahora ascendiendo en la escala evolutiva, bendita sea, y convertirme a mí en su pitanza envuelto en verdura. Quizá por efecto de la lenta transmutación interna de la merluza hacia la quintaesencia, mirando distraído la piel escamosa del dorso de mis manos en el sopor de la sobremesa juego a unir las manchas fungosas que la cubren y en una repentina asociación de formas (es posible que estuviera agazapada tras los bastoncillos de mi retina o encapsulada en alguna neurona esperando su momento para surgir a la luz), aparece la silueta de mi madre, y la imagen que resalta tatuada sobre los eccemas de mis manos provoca que mi subconsciente regurgite desde su vientre de ballena la memoria casi digerida ya del tacto de una encarnadura de excelso animal marino, verdosa y reluciente hasta casi parecer translucida y el leve tintineo de la crepitación de finas escamas percibida al apoyar mi cabeza de niño sobre su pecho. Además, con este regusto virtual (mezcla de vista, tacto y oído) retorna también el sabor casi real de un día ya brumoso en el que le lamí un brazo jugando y el chupetón me devolvió la textura foliar y ligeramente amarga del hojaldre; esto pudo ser aquel día como tantos en el que mi madre entra en un bar, pide para ella un café solo y para mi hermano menor y para mí un vaso de leche desnatada y una tostada de pan integral con mermelada de frambuesa, se desinfecta las largas manos de sirena con un líquido que lleva siempre en el bolso para estas ocasiones, frota enérgicamente los vasos vacíos con una servilleta hasta que comprueba que están brillantes y sin manchas, añade sacarina antes de que nos sirvan la leche, dos pastillas para cada uno, comprueba con los finos labios fruncidos la temperatura adecuada del líquido, nos habla en un lenguaje tierno y comprensible para dos niños pequeños mientras nos atiende en los detalles más complicados del desayuno sin insistir tampoco en que comamos o bebamos todo, al terminar recoge con cuidado las migas de la mesa y las servilletas usadas para depositarlas en su correspondiente papelera, se asegura de que nos lavamos los dientes y las manos en el aseo cuando hemos terminado, pregunta si necesitamos hacer caca o pis, se repinta los labios azulados con una barra de carmín intenso y cuando le dan la cuenta, de pie en la barra saca de su enorme bolso azul marino un montoncito de monedas pequeñas que va contando una a una con cierta torpeza nerviosa para pagar, recoge el ticket y lo dobla varias veces antes de hacerlo desaparecer en su bolso, con una mano en la puerta nos lanza un beso sin culpa, se atusa el lacio pelo rubio para alejar la inquietud, da un largo suspiro, vuelve la cabeza y sale del local con ese reflujo al andar de temible oleaje de mar de fondo capaz de arrasarlo todo que le es tan propio y se marcha sin rumbo fijo en el primer autobús que pasa, dejándonos abandonados entre la multitud indiferente que atesta la cafetería. No la volví a ver hasta el final de mi adolescencia, unos meses antes de su muerte. Aún seguía desinfectándose las manos antes de comer pero la advertencia de galerna que emanaba de su cuerpo al moverse cuando era joven e indómita se había convertido, a causa del cáncer, en esa ondulación siniestra que la corriente da a un pez muerto en la orilla… (…)

 

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Nacido en Granada, 13/05/1961. Licenciado en Derecho, máster en prevención de riesgos y técnico superior de administración y marketing. Soy empleado público autonómico. Escribo desde que tengo uso de razón, o mejor dicho, existo desde que la perdí escribiendo.

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