Relato Extra

Relato Extra

Escrito por hitoito el 26 diciembre, 2014

hitoito

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Es una fría mañana de diciembre. Me asalta un escalofrío que me recorre todo el espinazo. Me incorporo de la cama y miro por la ventana. Hay cientos  de soldados desfilando, «¿nos están invadiendo?», me pregunto. Un gélido pavor me agarra por el cuello y me priva de respiración durante unos segundos. No sé qué hacer. ¿Qué debería hacer en un momento así?

Voy hacia la cocina; me pueden los nervios y casi tropiezo con el umbral, no lo hago. Intento prepararme un café, pero la imagen de aquellos enviados de la diosa de la muerte me atraviesa como un cuchillo en el estómago, y un puñetazo soberbio de nerviosismo hace que se precipite la taza donde había vertido el contenido de la cafetera.

«Piensa, Ašmenys, piensa», me digo a mí mismo en un intento por encontrar una salida de todo aquello. Pero no logro encontrar aquello que ando buscando y mis posibilidades se desmoronan —como si fuesen un castillo de naipes que ha construido un niño corto de miras en un día ventoso—.

Intento tranquilizarme; no me queda otra. Me tomo el café; esta vez de verdad y me dirijo a la entrada sin pensar mucho en lo que puede estar pasando ahí fuera. Sin embargo, no es momento para obsesionarse, es momento de conservar la templanza y la calma. Debo actuar y debo hacerlo ahora.

Me pongo mi abrigo, que cojo del desastrado perchero de caoba, y me enrollo la bufanda de lana gris alrededor del cuello. Planto mi gorra gris de franela encima de mi cabeza de cabellos anaranjados y salgo a la calle.

Parece que no hay nadie, pero si quiero llegar a casa de Akis y avisarla a ella y a su hermano, Kahvel, he de ser cauto pero raudo y no detenerme por nada; ni por nadie. Las calles están desiertas, aunque se escucha una especie de voz parecida a un gruñido con un tono marcial propagando, con ésta, un gran discurso demoledor que rebota en el cristal de las ventanas de las casas y establecimientos de la ciudad de Dubuo, pero que es repelido por algún arreglo barato de plástico o baquelita que lo absorbe.

Comienzo a andar de una manera más desenfrenada pero a la vez desacompasada; por momentos me fallan las piernas y la ansiedad quiere apoderarse del resto de mi cuerpo, no se lo permito y me armo de valor.

Finalmente llego a la casa de Akis. Su hermano Kahvel me abre la puerta y hablamos.

—Lo has visto, ¿no?

—Sí, Ašmenys. Nos están invadiendo. Finalmente la amenazas no fueron en vano. Akis estaba muy asustada, pero se fue hace un rato, realmente no se a dónde.

—¿Y qué podemos hacer? Porque, realmente, no veo nada que poder hacer para cambiar el rumbo que han tomado las cosas.

—Verás, tengo un plan. De hecho, yo y unos amigos pensamos que podía ser que el invasor (del cual, mejor no decir su nombre) podría atacarnos en cualquier momento y que de ser así deberíamos estar preparados. Como bien sabes, Lėkštė es un país pequeño y, siempre habrá alguien más poderoso que querrá hacerse con el control de nuestra pequeña patria que, por otro lado, es un punto estratégico. Debemos hacer frente a quien nos amenaza y no acobardarnos, porque sólo así se puede liberar a nuestra gente y, quizás también, a la gente del mundo entero.

—Bien, explícame ese plan, y no hace falta decir que estoy de acuerdo contigo.

—De acuerdo, pero primero y antes que nada, debemos irnos de aquí cuanto antes mejor. He escuchado por la radio, en un boletín oficial del nuevo imperio Kotel, que pronto pasarán casa por casa; establecimiento por establecimiento; escondrijo por escondrijo… buscando a gente que no tenga el pelo de color rojo, y nosotros lo tenemos anaranjado, pero no rojo. Tenemos que irnos. Sólo la gente con el pelo rojo se salvará de ir a un campo de trabajo o de la muerte.

—Entiendo… Vámonos entonces. No sé qué estamos haciendo aquí, perdiendo el tiempo con tonterías.

—Esperamos a Akis.

—Pero… ¿a dónde ha ido Akis? ¿Está loca? ¡Están por todas partes, son como una plaga!

—No lo sé, pero si tarda mucho nos iremos sin ella.

Decidimos esperarla no más de hora y media, aunque afortunadamente llega después de una hora, pero no viene sola; con ella vienen dos chicas y tres tipos altos vestidos de calle, con pantalones de tirantes y gorras de franela negras; no les conozco de nada pero, al parecer, Kahvel sí, de hecho, se dan un efusivo abrazo y llevan a cabo una especie de saludo secreto. Al parecer, son los amigos de los que hablaba y llevan una maleta larga y enorme.

—Camarada Ašmenys, salud.

—¿Nos conocemos?

—¿Dónde están mis modales? ¡Ni siquiera me he presentado! Mi nombre es Kladivo y soy el comandante del movimiento antiopresor de Lėkštė. Somos la resistencia y ahora formas parte de nuestra organización. Te hemos elegido a ti para llevar a cabo esta misión.

—¿Qué misión? No entiendo nada de nada.

—Deberás acabar con el emperador Škarje, que se reúne con el resto de su cámara en el edificio del Parlamento de Dubuo, y para eso necesitarás esto.

Abre la gran maleta y dentro hay una serie de bombas de fabricación casera pero muy profesionales con unas cargas explosivas suficientes para volar medio país.

Me quedo mudo, en silencio y observo con atención para no perderme las instrucciones del comandante. El plan parece fácil:

«Tienes que ir a la inmediaciones del edificio del Parlamento de Dubuo y buscar el hotel Keksas; una vez allí, las chicas del hotel harán el resto: te proporcionarán un disfraz de guardia de sala y te enseñarán a decir las cuatro frases en kotelsvens (idioma de Kotel) que normalmente les han visto usar a los guardias. Debes neutralizar a uno de ellos y hacerte pasar por él; con el casco no se verá el color de tu pelo. Después, y no menos importante, debes asegurarte de quedarte cerca de una ventana, ya que por allí te pasaremos la maleta con las siete bombas. Una vez la tengas, deberás colocarlas en las siete columnas que sostienen el edificio del Parlamento y, si todo sale bien y no hay contratiempos, tendrás aproximadamente 20 minutos para escapar. Si no lo logras o algo falla, deberás acabar con la vida de Škarje con tu pistola. Mucha suerte y salud».

Me despido de mis camaradas con la certeza de que el plan debería salir bien, pero no las tengo todas. En realidad el miedo se me está comiendo poco a poco y sólo quiero que esto acabe pronto. Akis me da un beso que me sabe a despedida amarga; a pesar de la dulzura que desprenden sus labios.

Salgo por la puerta y todo está muerto —como si hubiesen pasado con una gran escoba y hubiesen barrido a toda la gente de un plumazo—, no hay señales de vida en ninguna esquina, en ninguna tienda, excepto en el hotel Keksas, donde un botones muy amable y servicial me está esperando. Me abre la puerta y, ya dentro, ocho mujeres se acercan a mí.

—Tú debes de ser el aprendiz, ¿verdad?

—Me llamo Ašmenys. Me envía Kladivo.

—En efecto, has venido al lugar indicado. Mi nombre es Kirss y éstas son mis chicas. Tenemos tu disfraz y las ordenes de Kladivo.

—Bien, no hay tiempo que perder.

Nos ponemos en marcha. Me enfundan el uniforme y me dan clases de kotelsvens. Me enseñan a decir varias frases necesarias como «buenos días: dobro jutro»; «todo en orden: vse, da bi»; «a sus órdenes, mi comandante: na vašo moj poveljnik» y «sin novedades: mirno», entre otras. Se supone que con eso ya estoy preparado para la misión.

Salgo del hotel Keksas y me agazapo detrás de un muro derruido. Observo a los guardias y veo que uno de ellos se está fumando un cigarro. Espero a que el resto de los guardias entren. Me acerco a él por la espalda y lo agarro de la barbilla y la cabeza; ha sido más fácil de lo que me pensaba. Le parto el cuello y lo llevo detrás del muro en el que antes me escondí. Le pongo unos sacos encima para no levantar sospechas.

Entro dentro del Parlamento de Dubuo y simulo ser el otro guardia que en realidad está cadáver detrás de un muro en ruinas. Comienzan a dar pequeños y continuados golpes en una de las ventanas. Me aseguro de que nadie está por mi zona en aquel momento y abro con cautela. Comienza la segunda parte del plan.

Kladivo y sus hombres están abajo con la gran maleta a unos dos metros de mí, suben encima de un camión, y me acercan la maleta. La escondo. No hablamos; sólo me despido de ellos con un gesto de mano y veo como ellos se alejan. Ahora estoy solo en esto. Me han dejado a mi suerte contra un imperior, no sé si me va demasiado grande, pero no importa; voy a hacer mi trabajo.

Así que, voy colocando una por una las siete bombas, pero, cuando estoy a punto de colocar la séptima, uno de los soldados grita: «visoka, ne premikaj se! (¡alto, no se mueva!)». No me detengo y la coloco, en el reloj veo que marca exactamente diez minutos; tengo diez minutos para largarme.

El guardia dispara, el fuego abrasa mi piel y siento el desgarro de la bala cerca del hueso. Yo acierto a darle con mi arma en el centro de su frente y el guardia cae al suelo, tan largo como es, dando un grito ahogado pero estridente que pone en alerta al resto de guardias.

Comienzo a correr con el tiempo y los guardias pisándome los talones, y no me paro a mirar atrás, pero oigo las balas murmurando en mis oídos, no obstante, ninguna me alcanza y consigo parapetarme en una tienda que está a unos doscientos metros del Parlamento de Dubuo.

Respiro hondo y miro mi reloj; sólo quedan tres minutos para que el plan sea un éxito, me quedo mirando fijamente el edificio y ya no miro más el reloj. Cuento mentalmente los segundos y espero impaciente el desenlace.

Cuando mi conteo mental llega a los tres segundos, algo se atraganta en mi garganta y estoy a punto de vomitar. Entonces pienso en la consecuencia de mi acto y lo que puede llegar a suponer. Explota.

Una gran nube de humo y fuego apoteósica lo llena todo. Todos los cristales de los establecimientos y casas que hay alrededor estallan en mil pedazos y parte de las estructuras más cercanas se desmoronan; dando lugar a miles de víctimas inocentes, ciudadanos y ciudadanas de Dubuo. Ahora veo lo que acabo de hacer, estoy llorando. Caigo de rodillas y me doy cuenta de la magnitud de la catástrofe.

Los soldados se movilizan; se mueven rápido de un lado para otro. La calle está llena de una excitación abrumadora, me siento insignificante y sólo quiero desaparecer. Salgo de la tienda e intento pasar desapercibido. «Quiero irme a casa».

Me alejo, aquella imagen del desastre ya no me parece tan cercana, me parece un recuerdo de un pasado lejano que sólo quiere atormentarme. Escucho una voz que sale de los altavoces que hay en toda la ciudad; están emitiendo una especie de boletín informativo:

«Lamentamos informar a los ciudadanos de Dubuo y al país de Lėkštė en general que el augusto emperador Škarje ha sido víctima de un despiadado atentado mientras proclamaba la anexión de Lėkštė a su imperio. Con las explosiones producidas por dicho atentado, han fallecido un gran número de personas, de momento desconocemos un número exacto. Continuaremos informando. Unidad, Imperio y Larga Vida al Emperador Škarje».

Siento regocijo y angustia a la vez; me siento bien pero estoy roto por dentro.

Llego a mi casa y enciendo la radio. Una noticia de última hora lo confirma: «El Emperador Škarje ha muerto». Mi cara de satisfacción se refleja ante el espejo hasta que escucho algo que no me espero: «Tenemos el nombre del autor del atentado: Ašmenys Valtis, un chico de Dubuo de dieciocho años de edad. Está en busca y captura. Así que, si le ven, no duden en comunicarlo a las autoridades competentes. Continuaremos informando. Unidad, Imperio y Larga Vida al Imperio Kotel, Descanse en paz emperador Škarje».

Me quedo atónito sentado en mi butaca. Sin poder moverme; estoy demasiado cansado, sólo quiero dormir. «Estoy acabado», pienso. Ahora sí que no sé cómo salir de ésta.

Golpean a la puerta una vez, después otra, y otra, y otra, y otra, y otra más; y así durante repetidas veces, hasta que la tiran abajo y veo sus uniformes negros con bandas azules acercarse a mí.

—¿Ašmenys Valtis?

—Soy yo.

—Acompáñenos.

Me levanto de mi butaca, quizá por última vez, y me dejo hacer sin oponer resistencia. Me ponen unas esposas y, después de eso, las palabras que me dice me parecen vagas, difusas. Lejanas. Todo se nubla a mi alrededor.

—Queeeeeeeeeeedaaaaaaaa deteeee-te-tee-tenido poooor e-el aaaaaaaaasesinato deeeeeeel eeeeeeeeeempe-pe-pe-peraaaaaaaador Škarjeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee…

 

Y aquí se acaba todo; mis sueños, mis planes… absolutamente todo.

Me han deportado al país del difunto emperador Škarje, Kotel. Ya nunca más saldré de aquí, nunca.

Su hijo y heredero del imperio me ha perdonado la vida, pero no me voy a librar de una pena ejemplar.

¿Y qué saco en conclusión de todo esto?

Por fin maté al opresor. Hoy el mundo es mejor, me siento mejor, pero la cárcel es mi nuevo hogar. Y ya jamás podré volver con mis amigos; ni podré casarme con Akis.
No es lo que esperaba.

¿Ha valido la pena?

Eso no lo sabe nadie. Quizá haya salvado al mundo de una gran amenaza, pero no me he salvado a mí mismo. Eso no me convierte en un héroe, sino en un mal asesino, el peor de todos.

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hitoito

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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Comentarios

2 Comentarios en "Relato Extra"

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Lorenzo GM
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Lorenzo GM
2 years 11 months ago

Muy buen texto hitoito, me ha gustado mucho. Enhorabuena!

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