Relato 5

Relato 5

Escrito por hitoito el 15 diciembre, 2014

hitoito

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¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí…? No, aquí. Pero… ¿por qué aquí y no allí? ¿Hmmm? Porque lo digo yo. ¿Tú quién te crees que eres? Soy alguien mucho más importante que tú. Ya, claro… Tienes que ser más importante que yo… ¡No te creo! No me importa lo que creas o dejes de creer, estúpida. No me gusta que me insulten. Te voy a… ¿A qué? ¿A pegarme? ¿A arañarme? ¿A…? Matarte, voy a matarte. Estoy harta de tener que soportarte cada jodido día de mi vida. Y… ¿cómo piensas hacerlo? Yo controlo tus manos, es más, controlo cada uno de tus desincronizados movimientos. ¡Asquerosa!

—¿Con quién hablas, Liza?

—Eso no es asunto tuyo, duérmete.

—Pues sí que es asunto mío. Así que dime con quién estás hablando.

—No estaba hablando con nadie, y no hablemos más del tema.

—Te he escuchado. Hablabas con otra mujer. ¿Quién era?

—No era nadie, y duérmete.

—¡Ah, no! No me dormiré hasta que no me digas quién demonios estaba hablando contigo.

—No hablaba con nadie. ¿¿Me oyes??

—No hay por qué gritar. Dime quién era y te dejaré en paz, Liza.

—Liza no está. Yo soy Bernadette.

—Uhm, Liza, deja de decir tonterías…

—¡Te he dicho que no soy Liza!

—Deja de hacer gilipolleces y dime con quién hablabas.

En ese momento me desdoblé. Liza agarró a la pesada de Anne por el cuello y “yo”, Bernadette, cogí un cúter y rajé su cuello. Me manchó las manos la muy cerda. Cerda hija de puta.

Debía hacer algo por callar esa bocaza, y entonces regresé a la realidad, y Anne me volvió a preguntar con insistencia la misma pregunta una y otra vez, una y otra vez, y así hasta la náusea.

Mi cabeza me ardía, me iba a estallar, y esa maldita pregunta rebotaba dentro de mi cabeza hueca como la pelota en un juego de ping-pong. «¿Con quién estabas hablando?» Maldita sea… ¡Con nadie!

—¿Con quién estabas hablando, Liza? —inquirió la maldita perra.

Yo no quería contestar, ni lo hubiese hecho en un millón de años, pero al final sabía que ella no desistiría, que continuaría preguntándome hasta que me diera ganas de vomitar.

Sí, era alguien muy insistente, y yo odio a la gente como ella. Bueno, en realidad odio a toda la gente por igual, pero ella tampoco es una excepción. Pese a compartir una habitación conmigo. A pesar de eso, no me simpatizaba, ni como compañera de habitación ni como ser humano.

Odio a la humanidad. Odio ser humana. Me odio.

Anne, como vuelvas a preguntar la misma pregunta, como vuelvas a preguntarme lo mismo, te juro que… pensé en aquel instante en que cesó de preguntar.

Entonces separé las manos de su cuello y, como repelida por ella —como si dos polos iguales chocaran—, salí despedida hacia atrás y me golpeé la cabeza. En ese preciso instante volví a mirar y era mi propio cuello el que tenía las marcas de mis manos.

Volví a la realidad otra vez, y estaba yo tirada en el suelo, luego recordé que yo nunca había tenido ninguna compañera de habitación, pero allí estaba ella encima de mí.

Anne comenzó a estrangularme. Yo no podía hacer nada, aunque forcejeé. Sus manos atenazaban mi cuello con fuerza. Y en un súbito movimiento mis propias manos rajaron mi cuello con el cúter que en otra realidad rajara el de mi compañera imaginaria de habitación.

Y ya no volví más a la realidad.

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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