Relato 4

Relato 4

Escrito por hitoito el 11 diciembre, 2014

hitoito

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Otra mañana que me toca ir a mi lugar de trabajo. Comienzo a andar despacio observando a ambos lados; nunca se sabe quién puede estar detrás de ti, a un lado o al otro. Nunca miro de frente, siempre voy moviendo la cabeza hacia los dos flancos y la retaguardia. Mirar de frente es para los incautos, y yo soy una persona muy precavida.

Cruzo la calle casi sin mirar si viene algún vehículo; realmente lo que me importa es saber quién me está siguiendo desde hace cinco minutos.

Hace rato que ya he dejado mi casa muy lejos. Estoy cerca de ese puesto de perritos en el que te ponen mucha mostaza, y comienzo a escuchar pasos, pasos de zapatos, quizá zapatos caros, quizás zapatos de un agente de la CIA o del FBI, no estoy seguro, pero me siguen. Me siguen y se acercan cada vez más y más. Están tan cerca, que puedo escuchar sus tacones retumbando en las aceras repletas de gente inexistente. Sólo estamos yo y “él”, pero…

¿Quién es él? No tengo ni la menor idea; ni tampoco qué querrá de mí, qué puede querer de un pobre chupatintas como yo, a saber…

Sólo sé que si miro hacia atrás no hay nadie, nadie me sigue. Al parecer es un tipo astuto y sabe lo que se hace. Es como un jodido espía de las películas de James Bond, nunca sabes por dónde te podrá salir, y eso me pone muy nervioso y hace a mi adrenalina dispararse.

Estoy cada vez más asustado y aligero el paso. Él también lo hace, y escucho sus pisadas cada vez más cercanas, más próximas, más pisando mis talones. Me siento como el hombre que sabía demasiado y el sudor me cae sin cesar.

Estoy seguro de que hasta que no me atrape no dejará de perseguirme. «¿Qué quiere de mí?», grito desesperado. El tipo no dice nada de nada y sigue al mismo ritmo, sin aminorar el paso, que suena como el gotear de una cañería, perpetuo. Inamovible e implacable; no cesará en su empeño por atraparme.

Sigo caminando, mirando hacia todas partes, pero sigo sin mirar de frente. La ansiedad se apodera de mí. El pulso se acelera de una manera espantosa; paso de un ritmo de pulsaciones normal, a uno casi sincopado, frenético y fuera de control. El corazón parece querer salir de mi pecho en aquel mismo instante. Estoy aterrado, los pasos siguen y siguen.

Estoy muy lejos de mi lugar de trabajo, pero eso no importa. ¿A quién cojones le importa? ¡Estoy a punto de morir asesinado por un jodido psicópata invisible!

Comienzo a caminar más y más deprisa, todo lo que mis piernas me permiten. Las suelas de mis zapatos crujen; temo que en cualquier momento dirán basta y me quedaré sin ellas, esa idea me hace estremecer.

Estoy tan y tan lleno de ansiedad, miedo y desesperación que comienzo a correr sin mirar atrás. Mi perseguidor fantasma comienza a correr detrás de mí, oculto, sin ser visto.

Comienzo a pensar en las formas que podría usar para matarme. Una cuerda de piano, rápido, limpio y silencioso; o quizá una pistola del calibre 52 con silenciador; o algo más rudimentario como un cuchillo de carnicero,… Da igual. Voy a morir, lo sé.

Tuerzo la primera calle a la derecha pensando que lograré despistarlo. Sin embargo, qué errado estoy, los pasos me siguen con determinación y sin descanso. Parece que el tipo no se cansa nunca, y yo ya estoy al borde del colapso. En cualquier momento voy a desfallecer y entonces…

No, mejor no pensar en ello ahora.

Ahora debo seguir corriendo. Tengo que conseguir despistar a ese jodido psicópata. No puede seguir corriendo mucho tiempo más.

Debería parar y tomar aunque sea un copazo. Necesito recobrar el aliento. Estoy exhausto. No… mejor seguiré corriendo, igual logro despistarlo.

Comienzo a correr aún más aprisa con la incertidumbre rondando mis pensamientos. No sé cómo acabará esto, ni cuándo, pero sí estoy seguro de que uno de los dos acabará venciendo.

Cruzo las calles llenas de tráfico sin mirar. Me llevo de propina varios «subnormal», «imbécil, mira por dónde andas», «gilipollas» y un largo etcétera.

Voy derecho a la comisaría de policía. Allí no podrá hacerme nada, pienso. Cuando, de repente y sin esperarlo, comienzo a notar los pasos tan cerca que puede agarrarme de las solapas de mi abrigo. Pierdo mi sombrero, y no es momento para volver a recogerlo.

Y cuando creo que voy a llegar a tocar la acera donde está situado el acceso a la comisaría de policía, entonces, súbitamente me embiste un gran armatoste gris, y salgo despedido hacia un lado. Todo se nubla a mi alrededor. Estoy tendido en el asfalto, hace frío, pero no veo nada y ahí parece que acaba todo.

 

—Doctor, ¿cree que soy un enfermo? ¿Que realmente lo mío es preocupante? ¿Cree que puedo curarme?

—Bueno, contestar a eso no es nada fácil, y usted no está realmente enfermo, pero padece lo que se denomina manía persecutoria.

—¿Es usted imbécil? ¡Ese diagnóstico ya lo sabía antes de venir a su puta consulta!

—Yo seré un imbécil, pero usted… está muerto. De hecho murió usted en el percance con aquel Sedan de color gris. Esto es un psiquiátrico del Más Allá y, si no me cree, mírese, mírese los pies. No tiene pies.

—No… ¡No…! ¡¡Noooooooooo!! ¡¡Mis pieeeeeeeees!!

—Tranquilícese, se acostumbrará a su nueva vida, digo no-vida. Cálmese. Llamaré a una enfermera del Más Allá para que le dé los cuidados pertinentes —dijo el doctor.

Sale de su consulta y se dirige hacia una enfermera joven con una falda tan larga que no dejaba ver si tenía o no pies.

—Enfermera Robin, déjelo que grite un rato. La amputación de ambos pies ha sido un éxito.

—¿Le traigo una silla de ruedas?

—No, déjelo que se arrastre como un gusano. Al fin y al cabo, es lo que ha sido toda su miserable vida.

 

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Soy el que escribe en la sombra. El sombrío ser que derrama la tinta sobre el papel mientras todos y todas dormís. El que se oculta tras las palabras con el objetivo de desaparecer con ellas. La vaga y lejana música que suena desde un piano desvencijado por el paso de los años. El encanto de un libro polvoriento que descansa abandonado en algún recóndito estante de una biblioteca desolada.

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