La trampa de Estocolmo

La trampa de Estocolmo

Escrito por Dianogos el 25 diciembre, 2014

Dianogos

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1

Sentada en aquella silla de anea frente al papel en blanco, enfrente la tarjeta de aquel hombre pinchada en la pared. Todo lo demás, un cenicero medio lleno, cerillas, un paquete de tabaco negro, el flexo encendido, el portátil y varios folios en blanco bajo un par de bolígrafos BIC. La ventana cerrada y con las cortinas velando el entorno lúgubre de primeros de invierno.

No quería mirar a la habitación, todavía no. Tenía mucho que hacer primero y tenía que ser rápida, el tiempo contaba en su contra. Cogió de nuevo el bolígrafo y lo picó en el papel en blanco. Sólo ha de escribir una palabra. Sólo una. Pero ésta significará el final de todo.

Se encendió un cigarrillo e intentó concentrarse. Piensa en el proceso, en lo que vendrá, en las repercusiones, en cuánto durará, cuánto tiempo pasará hasta que esa palabra sea dicha por él. Quiere hacerse una coleta pero rompería la estética total de su cuerpo, ésta no concordaría con aquel conjunto y aunque no la pudieran ver, no podía permitirse aquel lujo. Se saca uno de los tacones y juega con su talón y el tacón, inhala de nuevo el humo del cigarrillo y lo deja en el cenicero. Seguía pensando en aquella palabra, una, que le diera sentido a todo, que le acabaría poniendo final a la historia.

Se levanta y permanece frente a la ventana. La persiana está subida y por culpa (o gracias a) la cortina, la habitación permanece en penumbra. Está atardeciendo y eso significaba que le quedaba poco tiempo; a las ocho y media de la tarde tenía que tener aquella palabra lista. Era la primera de muchas tareas, pero era la más fundamental de todas.

Cerró los ojos, rozó el carmín exagerado de sus labios y se concentró en escuchar el silencio. El cigarrillo se consumía víctima del abandono mientras el único sonido en sus oídos era su propia respiración que intentaba ahogar buscando el silencio. Su mano bajó de sus labios al cuello en un intento de provocar la vuelta al resuello y a la vez, contrariada, intenta el silencio. Su mano sigue bajando hasta su clavícula y en ese instante se para. Contención total de la respiración. Ha empezado a escuchar más sonidos.

El primero el de su corazón, un sonido grave, descompasado, acelerado e intenso. El segundo es otra respiración, casi jadeo, detrás de ella. Pero aún no quiere mirar, no es el momento.

Desde su clavícula, su mano baila por el brazo opuesto rozando la camisa de hilo negra por sus aristas; viaja por los límites de sus pechos hasta llegar a su cadera. Es como si su mano fuera dando vida a cada parte de su cuerpo y ésta se pusiera a contonearse. Su cadencia se contagió a todo su cuerpo y se sincronizó con el, ahora si, jadeo tras de sí.

Volvió a sentarse, necesitaba concentrarse y el tiempo apremiaba; la habitación cada vez estaba más oscura y tendría que empezar ya a encender las velas colocadas en cada una de las esquinas. Pero eso sería después. Primero, la palabra.

 

2

Pensó en lo que la había llevado a esta situación, al origen de esta dulce responsabilidad. Recuerda el origen de todo, en aquella presentación de su último libro. Aquel joven desconocido, de aspecto desaliñado pero mirada firme y profunda, barba de una semana y más alto que ella. Recuerda cómo se acercó a la mesa donde ella firmaba los ejemplares a cada uno de los asistentes, cómo les iba sonriendo y dando las gracias; recuerda el momento en que él, se puso delante, clavándole su mirada sin decir nada.

Cualquier otra se hubiera sentido intimidada por aquella mirada clavada en la suya, pero ella no. Le aguantó la mirada y le cogió el libro para firmárselo, le preguntó su nombre y éste no respondió. Sonrió mientras bajaba la cabeza para escribir y tardó cinco segundos en hacerlo. Le devolvió el libro dedicándole una última mirada, esta vez tentadora. Él bajó la cabeza y sacó de su bolsillo una tarjeta que le ofreció desde la distancia. La cogió y se la guardó en el bolso sin mirarla.

No fue hasta que terminó el acto cuando ella se acordó de la tarjeta; abrió el bolso y le echó una ojeada. Abrió los ojos tanto que quienes la rodeaban le preguntaron qué pasaba con aquel minúsculo detalle de papel. Ella no dijo nada, la volvió a guardar y siguió celebrando. Pero todo había cambiado.

Días más tarde sonó su móvil. Un mensaje.

“Te garantizo Síndrome de Estocolmo inmediato… si te atreves a secuestrarme.”

Él ignora que a ella le apetece meterle en problemas, que tras el episodio de la inauguración, había estado dándole vueltas a cómo iba a ser todo. Le respondió a los veinte minutos.

“Ésta es mi dirección, mañana a las 14 horas, tendré en cuenta tu tarjeta”.

Cerró el móvil y marchó a casa.

 

3

No quería volver a pensar en aquel momento inicial, aquél en el que tocaron a la puerta, ella abrió y un hombre de aspecto desaliñado, barba de una semana y mirada penetrante, se apostaba en el quicio sin decir nada. Cómo ella le dejó pasar mientras fumaba un cigarrillo y cómo él, mudo, se sentó en una silla situada en mitad de la sala.

Ella tampoco dijo nada, se acercó por detrás y le colocó una venda sobre los ojos y una mordaza en la boca. Acarició sus muñecas para llevarlas a la parte trasera de la silla y atarlas. Hizo lo mismo con sus tobillos a sendos extremos del asiento. Después de eso, le dio la espalda y comenzó el ritual, el primero de los pasos, la última instrucción.

Se sentó en la silla de anea frente a aquella tarjeta y fijó sus ojos en el papel en blanco. La tensión no la dejaba pensar pero debía hacerlo.

¿Cuál sería aquella palabra de control que acabaría con su placer?

 

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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