Humo y Gea, Bestia y Mar

Humo y Gea, Bestia y Mar

Escrito por nemesis el 9 diciembre, 2014

nemesis

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El viento recorre la ciudad, colándose por rendijas insospechadas, una noche cerrada cubre todas las calles y callejuelas de la urbe. El bullicio que queda es el de algún borracho tropezando con las aceras y farolas aún encendidas.

Media luna ilumina las zonas oscuras, dos sombras se mueven con pasos armonizados por una música que sale del móvil de una de ellas. Acordeones y pianos rememoran el cansancio de sus cuerpos, pues una noche de baile entre sombras es más que gustosa y agotadora.

Gea, una de las sombras con forma de mujer, piernas largas y sinuosas, pecho grande, bien colocado, sutilmente a la vista de todos, sin llegar a ser obsceno o demasiado provocador, el vestido verde aguamarina que lleva se encarga de ello. Ahora, descalza por la acera, con las sandalias de tacón en mano, notando el frío asfalto en la planta de sus pies, acompasando su piel, ésa que Humo, la segunda sombra, esta vez masculina, se encarga de erizar por sus hombros descubiertos.

Humo, una figura alta y musculada, blanquecino, de rasgos animales, juega en los hombros de la mujer con sus dedos fuertes y gruesos mientras que con la otra mano agarra la cadera de ella, igualando los pasos que dan, yendo al unísono mientras la armonía de la música les acompaña.

Pese a que ambos quieren llegar, se encuentran disfrutando de un paseo nocturno hacia el cobijo que ofrece la casa de Humo, un pequeño y acogedor cuchitril en pleno centro de la ciudad.

Sus pasos se ven agilizados ante el inconveniente de quedarse sin tabaco y sin bebida.

Veinte minutos después, con las farolas ya apagadas y el cielo empezando a clarear, llegan a la guarida de la segunda sombra, a la cueva de Humo.

Se sienten a salvo, con tabaco y vino blanco, desnudan sus cuerpos y se dejan caer en la cama para reír, conversar y dejar que el tiempo les consuma.

El reloj de pared, que no cesa de marcar horas, suena cuando tocan las ocho de la mañana, dos horas han pasado de calma y sosiego, dos horas de serenidad y quietud.

Aire cargado con una bóveda de humo que cubre plenamente la estancia.

Aire espeso y tóxico, ojos irritados, rojizos, gargantas resecas y dos cuerpos relajados.

Una cama grande, deshecha, un desierto por el cual danzar con o sin compañía.

La mano de Humo recorre el cuerpo de Gea, con lentitud y alevosía, recorre uno a uno cada pliegue del cuerpo de aquella mujer desnuda; ella, por su parte, juega con su escroto aún sin reaccionar a los impulsos primarios.

Mirando fijamente a Humo, con una sonrisa picara y malvada, susurra con un débil hilo de voz:

—Quiero que me folles como si no existiese un mañana, hazme tuya, sin miedo ni corazón.

El cuerpo del hombre reacciona involuntariamente, la erección se hace visible, palpable, sus ojos se abren cual búho en la noche. Agarrando del cuello a Gea, coloca su cuerpo de lado, dedos ágiles que bajan al abismo recubierto de poco vello. Nota como la humedad de la zona impregna su mano, vuelve pegajosos sus gruesos dedos y sin miramiento alguno, apretando mas fuerte el cuello de la mujer, introduce dos de ellos, índice y anular. Gea intenta gemir, pero la mano que oprime su garganta se lo impide, agarra el escroto del hombre y comienza a moverlo con sosiego.

La mano de Humo se mueve con rapidez, metiendo los dedos hasta el final, notando aquel abismo más húmedo y viscoso que antes, notando las convulsiones que crea el cuerpo de Gea mientras se corre en su mano. Se incorpora y agarrando de su tobillo la gira para colocar su hermoso y encarnado culo boca arriba, lame su cuello y espalda, recorre sus costillas, sus cicatrices, marcas de guerra, y sigue bajando hasta sus nalgas, ahora prietas, el cuerpo de ella se balancea en una agónica espera.

La lengua de Humo alcanza el acantilado de la mujer, lame con ansia aquel destino y recorre con avidez la unión de ambos lugares, embute su lengua en el primer abismo, húmedo y expectante, mientras que el dedo corazón se introduce lentamente en la segunda y ya dilatada entrada. Gea gime de placer, ansía ser follada, mientras nota los dedos de Humo dentro de su cuerpo.

Poniéndose encima de Gea, hace que ésta expire todo el aire que sus pulmones guardaban, llevando uno de sus brazos hacia la espalda y agarrando su pelo con la otra, se introduce visceralmente en el cuerpo de la mujer, no le cuesta entrar, aquello es un paisaje marino, húmedo y salado.

Comienza perezosamente, metida tras metida, con una lentitud desesperante para Gea.

—Quieres que te folle bien, ¿verdad? Pídemelo, ruégamelo.

—Por favor, haz que gima como una perra, fóllame ya.

—Deseas correrte una y otra vez, ¿verdad?

—Sí.

Sin llegar a terminar el «sí» de Gea, aferrándose al pelo de la mujer, haciendo palanca con el brazo de la misma, se introduce con fuerza y rabia en ella.

—Gime como sólo tú sabes hacerlo —exige Humo mientras embiste el cuerpo de Gea, suelta el pelo y con ágil rapidez le da una cachetada que enrojece su tez blanquecina.

—¡Gime!

El cuerpo de la mujer se contorsiona cual octópodo a cada arremetida, nota cómo su entrepierna húmeda cubre el sexo del hombre que ahora la posee, gime, gime alto y ronco, su mente expulsa endorfinas y adrenalina a partes iguales. Otra bofetada en sus nalgas, cada vez más rojizas.

Gea destierra el elixir de su cuerpo excitado, humedeciéndolo todo más si cabe.

Humo sale de ella, siente cómo el sexo de la mujer lo expulsa entre contracciones de placer, sonríe y eleva el cuerpo de la mujer a la posición original del perro, otra cachetada, sonora y picante.

Agarra sus caderas y arremete contra ella, el grito que produce la mujer inunda la estancia e incluso parece que hace que la bóveda del cuarto se disipe por momentos.

El dolor y el placer se entremezclan en cada entrada del hombre, entra y sale con brusquedad, el sudor de su frente cae indiscriminadamente sobre el cuerpo enrojecido de la mujer, se queda dentro de ella, prensando su cuerpo contra el suyo, sin salir, sin moverse, simplemente se queda dentro de ella, apretando todo su sexo contra el de la mujer.

Sale con rapidez y la gira, dejando sus pechos nacarados a la vista, glorificando sus pezones duros. La lengua de Humo los recorre con gula, uno de sus pecados preferidos, alza sus piernas para apoyarlas en su pecho, lame sus pies, sus gemelos, dejando que ella se confíe, se relaje, se calme, basta notar que su cuerpo está en reposo para meterse de nuevo dentro de ella. Gime de placer, de dolor, de éxtasis, un sinfín de sensaciones cubre el cuerpo de ambos.

Gea, con sus brazos tras las piernas haciendo palanca para que su culo quede más alzado, suda y disfruta mientras es presa de la dominancia que Humo ejerce sobre ella. Contorsión digna de un oleaje en luna llena.

Nuevamente la mujer expulsa éxtasis de su abismo marino, mojándolo todo, empapándolo a él.

Humo baja sus piernas, se coloca de cuclillas sobre ella y hace que ésta introduzca su pene erecto y salado en la boca.

Engulle rápidamente, juega con su capullo inflamado, mientras roza con la mano derecha los testículos y el perineo del hombre, con la otra toca su sexo.

Agarra su cabeza y comienza a follarse a su boca de manera literal, haciendo que salive, que se atragante, incluso que tenga arcadas por cada arremetida en su garganta.

—No me quiero correr en tu boca, quiero hacerlo dentro de ti, no quiero que te corras más veces, quiero que lo hagas una última vez conmigo, ¿entendido?

Gea no habla, sólo asiente con la cabeza, mira con ojos aviesos los de Humo y sonríe, limpiándose la baba que escurre por su barbilla.

—Quiero entrar dentro de ti, hasta el final, todo entero, quiero fundirme contigo, Gea.

Gea asiente de nuevo mientras sigue sonriendo y relame sus labios.

Ubica a la mujer de lado, muerde sus nalgas y se coloca junto a ella, escupe en su mano y la pasa por su pene erecto y endurecido por la excitación.

Sólo unos segundos de quietud y arremete contra ella, se introduce de tal forma que Gea siente la plenitud hecha realidad.

Ritmo veloz, ambos cuerpos se convulsionan, gimen, gritan, sudan.

—Córrete por y para mí.

Embestida tras embestida, ambos llegan al clímax mutuo y conjunto. Ambos recorren los placeres de la lujuria, el siguiente pecado preferido por ambos.

El elixir de Humo recorre el sexo de Gea y viceversa, ambos sudados, húmedos, extasiados por tal delicia, por tal goce, aún gimen y mantienen los espasmos propios del orgasmo.

Humo sale lentamente de ella, siente cómo ambos abismos se han hecho uno, y el sexo de Gea expulsa la espuma espesa del mar.

Respiraciones agitadas, bóveda espesa en lo alto, placer en el aire y dos cigarros que se encienden para vanagloriar la consumación de tal delicia.

Aire espeso, tóxico, ojos irritados, piel enrojecida, ventanas empañadas por las exhalaciones antepuestas, gargantas resecas y, de nuevo, dos cuerpos relajados.

http://artistaenproceso.blogspot.com.es/

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