.Hiedra y Selva.

.Hiedra y Selva.

Escrito por nemesis el 29 diciembre, 2014

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[..Selva..]

 

«Las ocho de la mañana, ni un minuto más ni un minuto menos», ésas fueron las palabras de la abogada de su futuro exmarido, «ni un minuto más ni un minuto menos». Habría llegado a esa hora si no fuese porque está atascada desde hace más de media hora en la avenida principal. Llega tarde a la cita, y según le han comentado, Hiedra es una mujer muy estricta con el tiempo, detesta esperar a sus clientes, ya que lo considera como una falta de respeto. Sólo espera que Federico, su abogado, sea capaz de calmar los ánimos tanto de Hiedra como de Alejandro, su aún marido.

Entrando por la puerta del despacho a las nueve menos cuarto de la mañana, se encuentra una escena demasiado agria para comenzar la reunión: Hiedra y Federico discutiendo; Alejandro sumergido en el móvil (como siempre).

—Llega tarde, señora Gracia, he de imaginar que usted no tiene otra cosa que hacer, pero en mi caso, e incluyendo a su marido, debo añadir que no estamos para perder el tiempo, ni tampoco aceptar estas faltas de respeto por su parte —sentencia Hiedra, abogada de Alejandro.

—Buenos días, siento el retraso, hubo un accidente en la avenida y nos dejaron allí durante casi una hora.

—Selva, siéntate y podremos empezar la reunión como es debido —añade Federico, intentando quitarle hierro al asunto.

Se sienta junto a Federico, frente a Hiedra y Alejandro, el cual no deja el móvil y tampoco es capaz de mirarla a la cara. Muy propio de su marido. Abstraerse de los problemas antes que afrontarlos. Si bien era verdad se habían convertido el uno para el otro en eso, en un gran problema.

Por un momento, mientras van sacando papeles, se queda observando con cierta curiosidad a Hiedra, la mujer impasible de la que todos hablaban por su crueldad y frialdad en los casos que llevaba.

Era tremendamente atractiva, media melena color azabache, con los ojos color ámbar, «podría sumergirme en ellos y nadar entre ese color cálido», piensa Selva, maravillada.

Sus labios finos proclamaban la veracidad de lo que le habían dicho, era una mujer dura. Tenía rasgos masculinos pero pese a ello era, con una sutileza pasmante, hermosa y atrayente.

 

Hiedra comienza a hablar de formalismos y hace que Selva salga de su ensoñación y vuelva a la realidad. Es la abogada de su marido, de su futuro exmarido.

 

No puede evitar pensar en lo irónico que sería el volver a entablar una relación sexual con una mujer, y que esta mujer fuese ella. Alejandro moriría de rabia y celos, suponiendo que separase sus jodidos ojos del móvil.

 

Comienzan a debatir Hiedra y Federico sobre las cláusulas que cada uno quiere imponer en el divorcio. Discuten cortésmente, no elevan la voz, pero Selva se da cuenta de que Hiedra alterna su mirada entre ella y su abogado, lo cual, según tiene entendido, no es normal.

¿Sentirá la misma atracción que ella? Sonríe por dentro disimulando su nerviosismo exterior.

 

[…Hiedra…]

Hiedra siendo una mujer implacable no puede evitar mirar a Selva, una mujer menuda, con el cabello corto y dorado, ojos oscuros y cara de pícara. Nota cómo se sonroja cada vez que la mira, es una mujer con morbo, y por ello no llega a entender cómo su cliente la deja escapar.

Observa con cierta malicia el vestido negro de cuello cerrado ya que se entrevé su pecho por la transparencia de éste.

Por un momento una idea sobrevuela la mente de Hiedra, mientras finge escuchar las peticiones de Federico. Sería tan divertido romper las cadenas que unen a Selva con Alejandro y más tarde usarlas para encadenarla, por ejemplo, a una cama, con el culo en alto, dispuesta a recibir el placer de su lengua.

Tan pequeña y manejable, sería más que entretenido atarla y disfrutar de ella.

En realidad no era una idea tan descabellada. Alejandro ya había comentado en una reunión anterior el tema de su bisexualidad, un dato más que revelador para Hiedra.

Intentando no sobresaltarse por lo que su mente imagina, vuelve a prestar atención a Federico, sin darle demasiada importancia a la humedad incipiente de su entrepierna.

 

 

[…Selva…]

Según la perspectiva de Selva, las gafas que Hiedra lleva no le hacen justicia a sus ojos ámbar, aquellos ojos merecen una mirada despejada, limpia, tan sensual que no puede evitar cruzarse de piernas y sutilmente apretarlas para consolar su apetito sexual femenino.

Hiedra por su parte, jugando a las miradas entre ella y Federico, se las ajusta levemente mientras clava sus ojos en ella, se muerde el labio con disimulo e incluso sonríe, con cierta perversidad.

Selva nota la humedad en su interior, nota el calor que sale de su bajo cuerpo, siente calor y rubor al mismo tiempo.

Se sonroja y mira a Hiedra, esperando alguna otra señal.

 

Finaliza la reunión tras un par de horas inútiles ya que no se ha sacado nada en claro ni han llegado a un entendimiento mutuo.

Alejandro da la mano a Hiedra y a Federico y se marcha diciendo un «hasta la próxima reunión» aún ensimismado por su teléfono móvil.

Federico hace lo propio, se despide de Selva, prometiendo una llamada, y de Hiedra con un apretón cordial de manos.

 

Quedando en la sala acristalada, Hiedra cierra disimuladamente la puerta por dentro, y comienza a guardar papeles, mientras que Selva en un intento exitoso por quedarse con Hiedra a solas, intenta cerrar su bolso fingiendo que la cremallera no cede, y en un gesto brusco lo vuelca en el suelo sin querer.

 

H: Vaya, ¿qué ha pasado? —pregunta Hiedra con un sutil tono de voz.

S: Bolsos baratos, eso pasa. Si ese cabrón me pagase todo lo que me debe podría comprarme uno de los caros, pero como no es así, pues cremallera rota.

H: Hombres, ya sabes, no valen para demasiado.

S: A mí me lo vas a decir, que éste ni para follar vale. Todo el día con el móvil. Un día se casará con él.

H: Entiendo…

Hiedra se agacha junto a Selva para recoger todo lo caído del bolso, y sin demasiada sutileza roza su mano al coger una libreta.

Ambas se miran, Selva sonríe y se retira el mechón del flequillo.

H: Ni para follar valen, querida.

Selva siente cómo su entrepierna se humedece por momentos, el roce de manos ha sido la chispa y la voz de Hiedra ha iniciado un incendio en su cuerpo.

 

No piensa demasiado en lo que quiere hacer y, sin dudarlo, agarra a Hiedra de ambos lados de la cara y la besa. La besa con pasión, con desmesura. Hiedra responde su beso. Lleva tiempo deseando a aquella mujer, y no pretende cortar sus alas ni su pasión por ser la futura exmujer de su cliente.

Ambas arrodilladas se funden en un beso, húmedo y caliente, como sus entrepiernas.

 

Selva se siente avergonzada, pese a que su beso ha sido respondido, se levanta con avidez y quedando arrinconada entre Hiedra, que se ha levantado lentamente, y la mesa amplia de reuniones, guarda silencio mirando a los ojos de la mujer que la observa con una sonrisa cálida a la par que lasciva.

Hiedra se acerca a Selva y lame con suma lentitud el cuello de Selva. Hace que se erice su piel y un escalofrío recorra su cuerpo.

Selva, apoyada en la mesa no sabe bien cómo actuar. Observa cómo la mujer se quita las gafas y las apoya en la mesa. Con la misma mano con la que ha dejado las gafas comienza a subir el vestido negro de Selva. Se derrite en ansias y ganas de que Hiedra la posea. Pese a ello sigue aún sin hacer nada.

Hiedra sube la mano por sus muslos y sonríe al notar la calidez de sus bajos, y susurra en su oído un débil: No te avergüences de lo que ambas queremos”.

 

Selva siente que se le sale el corazón del pecho, que sube y baja con rapidez debido a su nerviosismo.

Sus piernas fallan y sin poder sujetarse a la mesa cae de rodillas.

Hiedra hace lo propio y se pone a la misma altura. Ambas en el suelo, se miran con deseo y pasión. Selva besa de nuevo a Hiedra, ésta, por su parte, mientras corresponde el beso, la tumba lentamente, acaricia con sutileza sus senos, sus pezones ahora duros; Hiedra nota el corazón acelerado de la mujer que lentamente comienza a poseer.

Su mano sigue deslizándose por Selva, sin detenerse hasta llegar a la entrepierna, notando la humedad de su ropa interior sonríe, mientras sigue besando, ahora lentamente, los labios ya sin carmín.

Selva por su parte busca desabrochar la falda ejecutiva de tubo de Hiedra. Ella también quiere jugar, no se quiere quedar atrás en eso de dar placer.

 

La mano ágil de Hiedra se sumerge entre los muslos de Selva, y con sus dedos, comienza a buscar la gema de su sexo, palpitante y abultada. Usando el dedo corazón consigue encontrarla, y juega con ella, la acaricia, la manosea, hace que se humedezca aún más, mientras empieza a escuchar los gemidos entrecortados de la mujer.

Selva consigue despojar a Hiedra de la atadura de su falda oscura, y apartando el tanga, con el dedo índice busca la joya de la corona, un clítoris abultado y ansioso de placer.

Juega con él y siente el espasmo de los muslos de Hiedra.

Ambas jadean sin exagerar, notando la mano y el calor denso de la otra.

 

Hiedra la tumba, y se desliza por la moqueta burdeos, hasta ponerse frente a frente con el sexo de Selva, un sexo suave, limpio, sin frondosidades, rosado y acuoso.

Separando los muslos con las manos, comienza a lamer mansamente aquella humedad. Juega con la lengua entre sus labios, saborea el elixir que ofrece aquel manjar.

Nota las convulsiones de Selva, escucha su jadeo mientras se aferra a su cabeza e introduce con cierta rapidez la lengua en su interior. Se mueve con delicadeza, con pasión y fervor, quiere que disfrute de lo que es un orgasmo.

Lame más y más rápido, sin dejar resquicio seco, lame con ansias, con hambre de hidromiel, siente cómo los muslos de Selva tiemblan, cómo sus manos le tiran del pelo para que continúe, nota cómo el éxtasis llega en forma de monzón.

 

Selva se funde en un gemido de puro placer y su cuerpo se contrae a la par que se relaja, toca sus senos y busca la cara de Hiedra entre sus piernas.

Es el turno de Selva, la cual sin mucho cuidado y aún jadeante tumba a Hiedra.

Mientras la besa, introduce dedo índice y anular dentro de ella, notando aquella mareada, caliente y espesa.

Hace rápidos movimientos de dentro afuera, con el dedo gordo mueve su gema abultada, un clítoris que pide a gritos que le besen y laman.

Baja por el cuerpo de Hiedra, hasta llegar al tesoro que ocultan sus muslos rígidos, comienza a lamer mientras sostiene la mirada con aquellos ojos ámbar, notando la presión de sus piernas, mientras lame el clítoris excitado introduce de nuevo ambos dedos en su interior, combina perfectamente el movimiento, y disfruta del sabor que el cuerpo de Hiedra la ofrece. Un sabor dulce y pegajoso. Sabor de mujer.

Hiedra gime sin preocuparse de que están en el despacho acristalado de su bufete, gime dejándose llevar por el placer que Selva le brinda.

Se toca sus propios senos y los manosea con excitación, con fervor mientras nota cómo los dedos de Selva se introducen en ella, más y más fuerte, más y más dentro. Siente la calidez de su lengua y nota cómo su rocío sale de ella. Mana éxtasis, expulsa placer en un gemido entrecortado y duradero. Su cuerpo se convulsiona, y termina por yacer junto al de Selva.

 

Hiedra, sonriente, se deshace el lazo del pañuelo que adorna su cuello y ata las manos de Selva a la ancha pata de la mesa de reuniones. Se levanta y baja su falda, se dirige hacia su maletín y hurga en él. Busca algo, pero Selva, un tanto pasmada, no puede ver qué hace dada su situación.

La sonrisa de Hiedra se ensancha y sus ojos se vuelven sórdidos y maliciosos, nunca sale de casa sin su querido vibrador, Zeus. Un compañero más que fiel para los largos días de reuniones y las amplias noches de papeleos en su despacho.

Zeus, un juguete dorado, ancho y grande, con un botón de vibración, amigo fiel de Hiedra.

 

Vuelve junto a Selva y se arrodilla junto a ella. Le presenta a Zeus y los ojos de ésta, se desorbitan al ver el tamaño de semejante juguete.

 

S: Me van a escuchar, nos van a pillar.

H: Es una sala insonorizada, a mis jefes no les gusta que salga nada de dentro ni entre nada del exterior. Puedes estar tranquila, he cerrado por dentro.

S: Pero…

H: Shh, tú déjate llevar —sentencia Hiedra mientras lame y escupe sobre Zeus. Se coloca frente a Selva y abre sus piernas, mientras que apoya su cuerpo sobre el suyo y la besa, introduce lentamente a Zeus en el cuerpo de Selva, sus muslos tiemblan y su boca se abre para coger aire. Los ojos abiertos de par en par bizquean ante tal entrada.

H: Déjate llevar y relájate. Siente el placer y no pienses en nada más.

 

Selva no puede pronunciar palabra, pues justo Hiedra ha activado el vibrador, aún sin entrar del todo Zeus comienza a dar doble placer a la mujer.

Su inmensidad la llena, hace que sus piernas se tambaleen, su espalda termina por arquearse y comienza a gemir al notar a Zeus entrar y salir.

Hiedra lame por encima del vestido los pezones de la mujer gimiente, duros y mordisqueables.

Nota cómo el placer inunda el cuerpo de Selva, cómo Zeus juega en su interior y hace de ella un simple pelele.

Selva consigue librar una de sus manos, y ahora se desliza hacia la cavidad de Hiedra e introduce sus dedos, índice, corazón y anular.

Ambas gimen y sienten cómo el placer, tanto de la una como de la otra las invade, sienten cómo el orgasmo, el clímax, o el culmen de ambas se acerca para consolidarse en el éxtasis puro y duro.

Sus humedades son palpables, ambos cuerpos vibran y gimen.

Llegan al clímax, Hiedra con la mano de Selva, y Selva con aquel dios manejado por Hiedra.

Zeus consigue que Selva esparza su elixir por la moqueta y la mano de ella hace lo propio con el sexo de Hiedra.

Jadean, se convulsionan y aprietan los muslos uno contra otro por puro placer.

Aún pueden continuar dándose placer mutuo, tanto es así, que en plena excitación Selva se sube encima de Hiedra haciendo un sesenta y nueve casi perfecto, y apretando sus muslos contra ella comienza a lamer de nuevo su sexo caliente y voluminoso, lo come con avaricia, con glotonería, lo quiere todo para ella.

Por su parte, Hiedra, fundida en gemidos hace lo propio con Selva, y separando sus nalgas comienza a lamer desde el ano hasta el clítoris sin cesar, empapando su cuerpo de saliva y placer.

Ambas lamen sin mesura. Selva introduce los dedo índice y anular sin parar de chupar y jugar con su lengua. Hiedra excita el ano de Selva y embute el dedo índice en él, Selva gime extasiada, y acelera el ritmo de sus dedos.

Se derriten la una con la otra, forman un solo cuerpo mientras sus sexos excitados se estremecen y palpitan al unísono.

Sienten cómo cada cavidad destierra su brebaje interior.

 

Han llegado al culmen, éxtasis total, han expulsado de su cuerpo la hidromiel digna del dios Zeus.

Se sienten libres y complacidas.

Relajadas y tumbadas sobre la moqueta burdeos, no prestan atención al teléfono que suena en la mesa.

Ni tan siquiera prestan atención al cristalero que colgado por los aires finge limpiar los cristales de aquella sección.

 

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