Diccionarios para ricos

Diccionarios para ricos

Escrito por Dianogos el 17 diciembre, 2014

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De que la promoción de la cultura de este país es algo olvidado desde hace años ya no le cabe duda a nadie. Obligar a la industria cultural a tributar un veintiuno por ciento por productos de primera necesidad es una locura. Y han escuchado bien: de primera necesidad.

Cines, teatros, espacios museísticos, conciertos… todos se están viendo mermados e incluso cerrados por una mala gestión y un desaforada ignorancia en la gestión por parte de los estamentos públicos. Que se lo digan a la ciudad de Jaén, con un solo cine, a las afueras y con un precio equivalente al de Madrid o Barcelona; como para pensarse el ir o no.

Uno de los casos más flagrantes en cuanto a destrucción de la accesibilidad cultural es el nuevo diccionario de la lengua española. Vayamos por partes:

Por un lado está la controversia de la inclusión de nuevas palabras al diccionario, algunas de ellas como «bíper», prácticamente en desuso desde hace una década, o «chupi», con un significado y uso de lo más relevante, sin duda. Puedo entender que hayan entrado palabras de uso en Latinoamérica como «amigovio», extendida y utilizada allende los mares, pero me niego a creer que «papichulo», censurada por el corrector de mi procesador de textos, sea necesaria en el libro de referencias del español; ahí no queda la cosa, la definición de esta palabra reguetonera es sesgada, machista y niega la posibilidad de que un hombre, por ejemplo, pueda atraer a otro hombre. Hagan la búsqueda y juzguen por ustedes mismos, van a llevarse más de una sorpresa.

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Si, amigos, el lema de la RAE

Me gusta escribir y me gustan también los libros; suelo utilizar la página web de la RAE para hacer mis consultas pero, además, me gusta tener el diccionario a mano. Es por eso que me acerqué a una librería jienense para hacerme con el nuevo diccionario y, al preguntar por el precio, se me quitaron las ganas. El nuevo diccionario de la lengua española, mi lengua materna y a la que debería poder tener acceso siempre, cuesta nada más y nada menos que noventa euros.

Alguno podrá decirme: “míralo en internet”. Estoy de acuerdo, aunque tendremos que matizar, puesto que esta última edición aún no ha aparecido en la web completamente. Y les diré una cosa, ¿acaso no debería ser gratuito? ¿Qué ocurre con aquellas personas, y creedme, aún son bastantes, que no tienen acceso a internet? Y, por último, ¿por qué la edición de un libro de uso público se encarga a una editorial privada? ¿Por qué un estamento que rige y controla nuestro idioma es manejado a través de subvenciones por empresas privadas?

Orwell lo auguraba en su 1984 con la neolengua: el idioma es fundamental para expresarnos, para poner palabras a lo que tenemos en la cabeza y sin la referencia, el número de palabras irá cayendo más aún de lo que lo hace día a día; si vendemos nuestro idioma por cien euros, lo más probable es que no lo compremos, que no lo consultemos, que se acabe deteriorando. Porque un diccionario para ricos no es, para nada, un buen camino para avanzar culturalmente.

En definitiva, la cultura en nuestro país se vende muy cara, tanto, que al final nadie la compra. Esperemos que, los que próximamente se bajen del carro y los que después suban, hagan examen de conciencia y den preferencia a las necesidades básicas, a las que nos permiten crecer día tras día como pueblo.

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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