Cuento de navidad: 1940

Cuento de navidad: 1940

Escrito por Dianogos el 16 diciembre, 2014

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Esta historia, como muchas otras, es totalmente real. Lo sé porque tengo la suerte de conocer a una de sus protagonistas, mi abuela. Pero tendremos que retroceder en el tiempo, mucho antes de que siquiera pensara en ser madre, hasta un tiempo en el que las cosas en este país estaban bastante mal.

Pedro Cano Abelenda, cartero durante la II República, sindicalista y diputado provincial por Izquierda Republicana, fundó en el año 34 un grupo de teatro, junto a varios de sus compañeros, que representaba obras de toda índole en la Sociedad Económica de Amigos del País. Padre de cinco hijos, con inquietudes culturales y artísticas, y una vida normal para una ciudad como Jaén.

Todo cambió con la Guerra Civil. Durante los tres años que ésta duró, estuvo refugiado con su mujer e hijos a la espera de la resolución de un conflicto que truncó toda su vida para siempre.

En la primavera del 39, recién terminada la guerra, un amigo suyo del bando vencedor le recomendó que se entregara, por no haber cometido ningún delito más que tener otras ideas políticas; y así lo hizo. Entró en la cárcel en marzo del mismo año habiendo recibido numerosas cartas de recomendación en la prisión de Jaén que abogaban por su inocencia y pedían que no fuera ejecutado. Y así fue.

Pasó en esa prisión cuatro infames años esperando la suerte que corrían otros de sus compañeros y amigos: acabar en la tapia del recinto principal. Un fusilamiento al amanecer. Pero, al parecer, una mano desconocida, sin duda amiga, fue cambiando de lugar el expediente de Don Pedro, dejándolo siempre el último…

Durante su estancia en prisión no dejó de pensar en sus hijos y escribió cartas y cartas, adornadas la mayoría con dibujos, pero, además, buscó la manera de no morir de vergüenza y pena, de no caer en la depresión. Y su solución fue el teatro. Pidió permiso al director de la prisión para formar un grupo de teatro que representara obras del gusto y agrado del Régimen, la mayoría religiosas o de exaltación del espíritu nacional. Los temas no le importaron, lo verdaderamente importante era poder crear, expresarse, dejar volar la imaginación y representar ante el público una historia.

Como podrán imaginar, queridos lectores, aquella tarea del teatro era apta sólo para hombres, resultando esto un problema a la hora de representar papeles femeninos. Y ahí es donde entra mi abuela, entonces sólo hija de Pedro (y Ana), Amparo.

Amparito tenía 10 años e iba a la prisión a visitar a su padre todas las semanas. Le llevaba comida y útiles para escribir, todo material era poco para una persona acostumbrada a la calle y a la buena conversación, que ahora se veía entre rejas en una celda de dos metros cuadrados. Lo único que veía desde su celda era un trozo de cielo y el paredón donde cada noche, durante meses, fueron cayendo en oleadas personas sin más culpa que el pensamiento distinto.

Tras algunas visitas, y cuando la tensión fue remitiendo, el director de la prisión preguntó a Pedro si su hija Amparito podría participar de las funciones teatrales, interpretando algunos papeles femeninos o infantiles. Pedro vio en esto la oportunidad de pasar más tiempo con su hija y no dudó en aceptar la propuesta; y así fue como padre e hija comenzaron a actuar juntos tras las rejas de la prisión provincial.

Amparito pasó a formar parte de la compañía de teatro de la prisión provincial de Jaén y su papel, más allá de lo artístico, fue clave para muchas familias con presos allí. Y es que, aparte de sus textos teatrales y alguna que otra orza con comida, en sus calcetines guardaba las cartas de todas aquellas madres, mujeres e hijos de aquéllos que no podían recibirlas de manera ordinaria; mensajes ocultos que disfrutaron represaliados, huidos de la justicia, combatientes del fascismo e incluso algún ladronzuelo condenado por robar alguna gallina. El guarda de la prisión no vio nunca la necesidad de cachear a una niña inocente como ella. Mensajera de ida y vuelta para un grupo de personas que no sabían conocían del exterior salvo aquellas cartas escondidas incluso en su pequeña ropa interior.

Fueron muchas las representaciones que se dieron en esta prisión con aquel grupo de teatro que sufrió tantas bajas como altas entre sus integrantes, gente que no volvió a pisar aquellas tablas o siquiera el suelo nunca más. Los ensayos eran dos días a la semana, siempre y cuando no hubiera ningún problema o se le cruzaran los cables a algún mandamás de la prisión o de la delegación del gobierno. Cuentan que en 1942 “alguien” colgó una bandera republicana en lo alto de la cruz en el cerro de Santa Catalina. Aquel incidente trajo muertes, castigos, e incluso la cancelación del Auto Sacramental, obra preparada por este conjunto de presos que no vio la luz hasta unos meses más tarde.

Y así anduvo Pedro Cano hasta el 44, año en que lo dejaron salir.

Los siguientes años los pasó envuelto en un halo de vergüenza y lástima, sin saber muy bien qué había sucedido. Cada Navidad, con la venida del dictador a la provincia de Jaén, tenía que huir de la ciudad si no quería ser encarcelado. Así que, aceptando el cobijo de don Nicola Serra, italiano antifascista y procurador de seguros amigo suyo, abandonaba a su familia por Navidad para ir a Málaga, donde vivía, hasta que Franco abandonaba su estancia en Arroyovil después de Reyes.

No duró mucho más Pedro Cano; un cáncer de garganta se lo llevó en el año cincuenta, dice mi abuela que por no haber gritado toda la rabia acumulada.

Él cerró el telón de su vida a los cincuenta y un años. Pero otros mantuvieron viva la representación hasta el día de hoy. Amparo Cano, con más tablas que nadie, sigue emocionándose al contar ésta y otras historias de la triste Historia de este país, de esta ciudad. Quedan muchos cuentos de vieja que contar, cuentos reales que el paso del tiempo se empeña en borrar de nuestras cabezas para condenarnos a repetir estupideces. No dejaremos que ocurra, no dejemos que ocurra.

Grupo de teatro de la prisión de Jaén. Año 1940.

Grupo de teatro de la prisión de Jaén. Año 1940.

A mi abuela la reconoceréis rápido, su padre va vestido de blanco y, en esta ocasión, fue el narrador y rey del Poema del Mío Cid.

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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