As de corazones

As de corazones

Escrito por Rebeka V. el 4 diciembre, 2014

Rebeka V.

40 publicaciones

Caminaba fastidiada por su mala suerte, asfixiada por la presión, exiliada hasta quedarse sin suspiros, los iba soltando como si fuera la ultima vez que podía ensanchar sus pulmones con el aire que regala Madre Tierra.
Sollozaba rabiosa por cada minuto de sufrimiento que la vida le había mostrado. Cuando creía que veía su camino, un largo río se cruzaba ante ella y andaba pasito a pasito con la lluvia mojando sus mejillas, lluvia que caía desde sus ojos hasta sus rodillas e impregnaba cada gota que derramaba de la ira que recorría su interior.

Buscaba su camino, lo encontraba, se emocionaba y despertaba. «La magia es la ignorancia de no saber que va a tener fin», y la tristeza es la alegría camuflada con disfraz de diablesa tambaleando su rabo de un lado a otro, azotándote en la cara como quien azota a las moscas cuando las atrapa contra la pared.

Firmó el contrato con la muerte hasta leer la mas mínima letra pequeña. La melancolía, momentos vividos, los laberintos que recorrían cada día se hacían cada vez más estrechos. Se perdía en sus extensos pasillos neuronales y cruzaba la puerta de la locura hasta tenerla cara a cara para decirle que la cordura se hacía cada vez más malvada y las cuerdas que ataban su cabeza se estaban soltando hasta el punto de quedar totalmente deshilachadas.

El miedo no tiene cara, no tiene rostro, el miedo juega a manipular tu mente, se adentra con sus garras, araña todo tu interior, el miedo llega con presión que se adentra en tu pecho y aprieta, aprieta tanto que sólo te queda intentar liberar el nudo que las cuerdas de la locura pusieron en tu garganta. Pero ella está atada de piernas y manos y se siente enganchada a esa sensación de vértigo en las entrañas.
En su mente se derrama la locura como una gota de aceite; si te lanza valiosas palabras, se va limpiando a zarpazos las capas de mierda que tiene su alma.
Es consciente de la verborrea mental de sentimientos vestidos con palabras y que lucen sus mejores zapatos, su Chanel número 5. Sabe los limites que marca su locura, es una loca racional y emocionalmente peligrosa.

Deja las huellas en las camas esqueléticas de hoteles de lujo, su ADN en las pollas de desconocidos que unen sus cuerpos en la penumbra de habitaciones colgadas de insomnios, en el aliento de la copa de licor más caro que sus labios hayan probado jamás.

Se esnifaba el polvo de las estrellas, el cielo se fumaba en dos caladas, vivía al limite del precipicio.
Hay que llegar al fondo para impulsarte hacia arriba y allí estaba ella, en el fondo sentada, cruzada de piernas.
Vamos a escribirnos, alma y cabeza, que hace mucho tiempo que no me hablas, se decía entre calada y arteria derramada.
Pero esta vez de su pecho izquierdo al parecer no salía nada, se perdió en sí misma, ella lo sabía. Ya no le quedaba nada, su poder, su magia, su espejismo… todo eran escombros de una realidad luchando por respirar intubada al respiradero de sus propios pulmones. Perdió todas sus damas y volvió a recuperar sus putas. Ya tenía todo el tablero para volver a lamerlo.

Quiso jugarse sus besos al mejor impostor, quería mentiras, acción, engañarse a sí misma… Salió del desconcierto hundida en la falta de inspiración, quería arrancarle el corazón del pecho al mismísimo amor. Lo tenía todo calculado: ligueros, braguitas de encaje… mejor ir sin sujetador, unas botas de tacón en las que el miedo lamía las suelas, el vértigo en persona, la sensualidad hecha carmín en esos labios indigentes.

El amor llamando a su puerta, dos golpes, ¿una taquicardia quizá?
Estaban por fin juntos, cara a cara… Ella sabía que se jugaba su siete de copas por un as de corazones, que estaba dispuesta a abrirse el pecho y dejarse matar, deseaba perder la cabeza por alguien que no fuera ella misma.
Él sabía que la madrugada se escapaba por los poros de su piel, que era la princesa encantada que supo cómo enloquecer, era Cenicienta acuchillando a su madrastra, Blancanieves con chupa de cuero, Cupido follándose al amor.
Era la tormenta más bella y cruel que podía existir, el relámpago que ciega tus ojos, la musa de los versos de Panero.
Ella era todo un pecado y él la tenía que cometer.

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Escritora y soñadora en mis ratos libres.

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