No te preocupes, estoy contigo

No te preocupes, estoy contigo

Escrito por Miss Chaotic el 8 octubre, 2014

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La chica del vestido gris caminaba por las oscuras calles a medianoche. Tanto su vestido gris como su rostro trasmitían una profunda tristeza; una tristeza que combinaba muy bien con la lluvia vespertina.

El aire frío de la noche abanicaba su larga y sedosa melena. Sus brazos se cruzaban y se abrazaba a sí misma por reacción al frío, pero aquel frío no podía compararse con lo fría que se sentía ella y lo mucho que necesitaba el calor de alguien.

Se sentó en un banco de un oscuro parque. No había ni un alma que ver en la noche, casi parecía un pueblo fantasma. Y ella se sintió más sola aún. Un pequeño gato estaba merodeando por la zona. Su maullido era suave, casi parecía decirle algo, o así lo veía ella. El gato la miraba, quieto, sin dejar de maullar. Entonces ella alzó su mano, en gesto de que se acercase, y así fue. Aquel gato callejero se le acercó, pero pasó de largo, cosa que no le sorprendió. Soltó un suspiro y alzó la vista al cielo.

Pasados varios minutos, aquel gato se sentó a su lado en el banco y la miró. Ella, esta vez sorprendida, miró al pequeño gato y lo acarició. Éste se dejó acariciar y ronroneó. Ella dibujó una sonrisa en su labios. Justo antes de darse cuenta, de sus párpados cayeron lágrimas. Se acarició las mejillas, tocando sus lágrimas sorprendida. Sus lágrimas cayeron sin permiso, y no sabía el porqué.

Una figura masculina se aproximaba al banquillo. Aquel hombre se sentó justamente en el lado donde estaba ella. Atravesándola, como si en aquel banco solamente estuviese el pequeño gato y él. Como si ella fuese invisible. Ella se levantó, atravesando al muchacho y colocándose en pie a pocos metros. El pequeño gato se levantó del banco y miró de nuevo a la chica. Aquel hombre no la veía. No podía verla. Ella estaba muerta.

Lo que ella no sabía es que vagaba siempre por aquel parque buscando a alguien que pudiese verla y sentir calor. El calor que le hacía falta de unos ojos encontrándose con los suyos. Ella lloraba por no encontrar unos ojos que la mirasen de nuevo. Necesitaba a unos ojos que le dijesen: «¡Te veo! Y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo». Y por fin los encontró. Los ojos verdosos de aquel precioso gato, que aún no se había apartado de su lado y se limitaba a ronronear y a deslizarse por sus piernas. Ella, con lágrimas en los ojos, sonrió. Sí, era un gato, los ojos de un gato, pero aquel gato le decía: «Te veo, y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo».

Entonces ella supo que estaba allí, que la veía. Seguía llorando, pero por saber que unos ojos la miraron.

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Si no pudiese escribir probablemente estaría muerta.

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2 Comentarios en "No te preocupes, estoy contigo"

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2 years 11 months ago

Bien hecho, me has tenido enganchado en la trama y me ha sobrecogido….

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