En lo alto de la torre

En lo alto de la torre

Escrito por Tiraplegui el 24 octubre, 2014

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Mírale a los ojos. Una vez que estás frente a ella su aroma te invita a no perderla nunca más. Preciado tesoro. La Libertad, fiel compañera, fiel amiga, resguárdate en mis brazos y permíteme que diga que, gracias a ti, soy capaz de regalar un verdadero “Te quiero” a quienes me rodean.

En lo alto de la Torre


El silencio era demasiado ruidoso. Solo ante el gran castillo. Ante una explanada donde, aquella noche, como un asaltante más, se me vino todo encima. Aún me acuerdo de cuando estaba en mi habitación. Ahora ya no queda nada. Alguien se la llevó sin ni siquiera preguntar. La cogieron y huyeron como hienas en busca de su nueva presa. Pero esto no va a quedar así, juro y perjuro, aunque sólo sea el reflejo de la más extendida impotencia, que llegaré a donde sea, donde esté, con el único fin de traerla de nuevo. Al recuerdo invito, como una explosión sin mesura, a que inunde el paisaje de terror y de dolor, pues si esto no es una declaración de guerra, que venga el más valiente y más poderoso a llevarme la contraria. Soy aquél que asume la responsabilidad de sus actos, las consecuencias de sus obras y recojo las derrotas en mi camino. No pido cuentas a nadie, sólo quiero que, mi corazón se llene de ira para vaciar todo
el amor. Se llene de ira, explote, y muestre cavidad para el amor, de nuevo para él.  

Miré al cielo, bueno, a lo que quedaba de él. Todo se había desvanecido. Las estrellas cayeron como meteoritos ardientes ante nuestros pies. Ante los pies de los seres más frágiles del planeta que, viendo todo aquello, quisieron convertirse en dioses. Pobres ilusos, ante la caída de los astros, nosotros somos capaces de querer ocupar ese trono desvalido, todo vale, nada queda. Firme razonamiento de este tipo de personas, “bestias”, que se hacen llamar seres humanos. Sí, seguro que son ellos quienes la han apresado, maldita sea. No vale todo, no vale pasar por encima de todo o todos para llegar a tu meta. Bendita meta, si esto es cierto, vuestra meta será sólo el principio de vuestra decadencia, de vuestro final. Yo os daré lugar en el purgatorio si es el caso, aunque eso me lleve a estar más alejado de ella.

El silencio era demasiado ruidoso. Mire aquel castillo, donde tenía que llegar sí o sí. Parece que hablo como ellos… maldita sea. Sólo espero respirar una bocanada más de aire con ella. Unos la llaman albedrío, otros arbitrio… yo, sin embargo, la llamo manumisión. Sí, puesto que como su palabra indica, es el acto que tenían los Romanos de liberar a los esclavos. Manumisión, vida, en mí haces reflejo tú, como ese filtro de malas sensaciones y de malos momentos. Iré a por ti, puesto que, desde que te fuiste de mí, los árboles son una mera decoración en las montañas y sus ríos, meros paseantes por la naturaleza.

Es el momento de actuar. Arremetí contra todo y contra todos. Las fuerzas se iban despojando de mi cuerpo como las vestiduras en una noche de amor. Mis ojos pedían auxilio a la Luna, pero ella, desde arriba, era testigo de lo que mi corazón quería volver  a sentir. Yo me abría camino entre aquellas “bestias”, ahora hermanas, puesto que yo pertenecía a ellas, de nuevo, una vez más… Cortaba arterias, abría cuerpos, y liberaba corazones. Los instintos trabajaban a modo de cárcel, a modo de presión sobre uno mismo que impide ser “Seres Humanos”.  Subí las escaleras de la torre, una a una, una a una, una a una… Mi sangre pintaba toda mi armadura, mi cara estaba llena de arañazos, quería descansar pero sabía que si lo hacía estaba acabado. Aquello era el preludio de la muerte, el preludio de la “libertad” eterna. Perdón, mejor dicho, de la engañosa y vil “libertad” eterna. A ella no la espero, no quiero que sea ella a quien me encuentre en la cima, sino a su hermana, a la otra. A la Libertad con mayúscula.

Abrí la última puerta y, efectivamente, allí me esperaba. Sobre la cama, con un paño mojado, queriéndome decir algo. Hundí mi rodilla en el suelo y rompí a llorar. Por fin me incorporé y, mientras limpiaba mis heridas, le dije:

«Aun cuando creas que no voy a ir a buscarte, yo lo haré. Donde estés, yo llegaré. Desde que te fuiste estuve encerrado en una cárcel de vergüenza. Ahora te tengo, y no te perderé. Yo soy junto a ti lo que quiero ser. Bendita Libertad, osaste desaparecer de mi vida y no pude elegir donde descansar. No voy a dejar que te vayas, dame aire, dame fuerza, dame tregua. Intenta no escaparte más, aunque sé que eres muy caprichosa y querrás viajar. Yo te necesito y juro que, aunque lo hagas te encontraré. Porque es sencillo, simplemente gracias a ti puedo quererme, y gracias a ello, puedo decirte: te quiero».

Los dos se abrazaron aunque sabían que, tardo o temprano, ella se iría a resguardar a los brazos de otro.

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