Alguien con quien poder odiar el mundo juntos, y lo que surja

Alguien con quien poder odiar el mundo juntos, y lo que surja

Escrito por Miss Chaotic el 21 octubre, 2014

Miss Chaotic

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Se bebía la cerveza a morro en aquel bar. No le importaba nada, quién la mirase, qué pensasen, qué opinasen, sólo quería beber, beber y sumergirse en aquellos pensamientos que la invadían. Observaba a la gente de reojo. Se fijó en una pareja, se tomaron de la mano en la mesa y sonrieron mirándose a los ojos. Ella soltó una sonrisa sarcástica al mirarlo. «Y yo sólo quiero tener a alguien con quien poder odiar este maldito mundo juntos, esta maldita ciudad», pensaba, mientras le daba otro trago a su cerveza.

Estaba cansada de la monotonía diaria, de los mismos días, de la misma rutina, de la misma mismísima mierda. Porque como aquella frase que dice así: «Cada día es una fotocopia del anterior», ella opinaba exactamente lo mismo.

Soltaba suspiros. Suspiros que ni ella misma se daba cuenta que soltaba. Suspiros que decían mucho pero a la vez nada. Suspiros que intrigaban, que incitaban, que reflejaban tristeza, o soledad, o ambas.
Que añoraba el calor de un abrazo, de un beso, de una mirada, de un polvo.
Que se jodía por añorarlo y necesitarlo, y más se jodía por ignorarlo.
Sólo quiero tener a alguien con quien poder odiar el mundo juntos, y lo que surja, se dijo para sí.

Que odiaba a toda la gente de aquel bar, y que se moría de celos al verlos tan felices y sonrientes, mientras que ella la única compañía que tenía era su botella de cerveza.
Necesitaba conversar con alguien. Una buena conversación. Una de esas conversaciones con la que se te pasan las horas volando y cuando quieres darte cuenta son las tres de la mañana, o seis, o simplemente no te importa qué hora sea, pero ¿con quién conversaría si nadie la estaba mirando?

Estaba cansada, agotada, tenía sueño, pero no quería ir a casa. Allí no había nadie que la esperase, ni nadie que se encontrase en ella.

Incluso ya de pequeña estaba cabreada con el mundo. Ella nació cabreada con el mundo. En su mirada se podía apreciar un completo infierno, que todo aquél que se cruzase con sus ojos, podría salir en llamas.
¿Quién estaría dispuesto a quemarse en esos ojos, asumiendo el riesgo?

Fruncía el ceño. Seguía dándole tragos a la botella, observando cómo pasaban las horas del reloj de pared de aquel bar. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba sola, completamente sola. Toda la gente se había marchado. Maldijo en silencio. Su botella ya estaba vacía, tan vacía como ella. Seguía ahí, sentada, quizá esperando que en el último momento apareciese alguien, alguien que ella sabía que no iba a aparecer, pero que tenía la esperanza de que llegase.

Estaba cansada de estar triste, de ser una persona triste, de que la tristeza fuera ella. Estaba tan cansada que del cansancio que sentía ya ni lo notaba.

Se quejaba por todo, pero no hacía nada.

Un muchacho se sentó a su lado, con rostro y mirada apenada, se pidió la misma cerveza que ella mientras la miraba. La miraba a los ojos; ella se encontró también con su mirada. «Bonita mirada la tuya», dijo él. Ella sonrió. Él estaba roto, cansado, hundido, apenado, triste, como ella. Se notaba la soledad en sus ojos, el vacío. «¿Es posible sentirse identificada con una mirada?», se preguntaba ella. ¿Es posible ver la soledad en sus ojos, la tristeza, la melancolía, la añoranza…? Qué bonito encontrarse a alguien igual de roto que tú, o peor.

Él sentía interés por ella; ella sentía interés por él. Hablaron. Se contaron cuán solos estaban. Ella contó lo mucho que odiaba el mundo y lo bonito que sería tener la compañía de alguien para odiarlo juntos. Él sonrió. Él odiaba también el mundo, y le dijo que sería todo un honor odiarlo con ella. Ella rió.

Mereció la pena conversar con alguien en aquel bar hasta altas horas de la madrugada, hasta que el dueño, asqueado, tuvo que echarlos porque no se marchaban. Mereció la pena permanecer en aquel bar, teniendo la esperanza de que alguien llegase, y llegó. Porque como dice la frase: «La esperanza es lo último que se pierde».

Y él decidió quemarse en esos ojos, porque sintió que merecía la pena arder por ellos.

—Igual deberíamos quedarnos así de tristes— dijo él mirándola a los ojos.
—Igual deberíamos— sonrió ella.

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Si no pudiese escribir probablemente estaría muerta.

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