La palabra de los desconocidos

La palabra de los desconocidos

Escrito por Dianogos el 15 septiembre, 2014

Dianogos

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Respuesta nº3, batalla de “los desconocidos”.

 

Ululas sin miramientos en mitad de la ciudad, tu estómago te dice que estás harta de mariposas y que el vómito será multicolor. Llevas los tacones en la mano y el bolso de marca te arrastra; la gente te mira pero eso a ti te da igual, tú sólo quieres gritar alzando las manos una palabra, una sola palabra.

Las nubes te lo ponen más difícil pero también aportan épica y música. Primer trueno, primeras mil gotas sobre tu ya despeinado pelo. Tras ésas, otras cientos de miles y tu vestido de Gucci se torna fotografía de vodevil. Pero nada de eso podrá pararte, ¿verdad? Sólo una palabra al viento, más alta que los cláxones, más fuerte que el destino, más libre que lo que los demás deseaban.

Estás llegando a todos los límites: tu cuerpo se confunde con la lluvia, la ciudad se te queda atrás, un cartel te avisa de que estás abandonando Realidad y que te quedan dos kilómetros para llegar a Locura. Pero no paras de gritar esa palabra, dejas caer tu bolso y tus tacones y huyes hacia el único punto de cielo azul en la lejanía, como si quisieras ascender y olvidar la tierra mojada para secarte abrazada al sol.

Ni siquiera has pensado en trabar batalla, ni en respirar, y por supuesto ni en parar de correr. No al menos hasta que le encuentres.

Pero aunque tu cerebro sea una máquina perfecta, metódica, tu cuerpo se debilita tras el esfuerzo y tu corazón, otrora rey de tus impulsos, te dice que pares, que él se baja aquí. Decides apartarte del camino, dejar de gritar aquella palabra y tumbarte sobre una piedra grande, en mitad de un campo abierto.

Hueles a pólvora, hueles a batalla, pero cierras los ojos; no es tu guerra, no es tu palabra. Extiendes los brazos y coges aire, tus pulmones lo necesitan, tu cerebro te lo implora. El vestido se seca dejando un mapa sobre ti de caminos inescrutables, perdidos entre tus rodillas y tu escote, vuelve la calma, pero no por mucho tiempo.

Un silbido, una luz atraviesa tus párpados dejándote por un momento sin aliento. El golpe es fuerte, tanto como para hacer que tus brazos irremediablemente tiendan a cubrir tu pecho. Pero ya es tarde, tus manos aciertan a encontrar una flecha que atraviesa tu cuerpo a la altura del corazón y choca tras el impacto con la piedra dejándote literalmente clavada a ella.

Esto no te lo esperabas, no era tu guerra pero alguien te ha acertado de pleno; oyes pasos pero ni siquiera te molestas en moverte, sabes que no hay escapatoria ya, que todo el sufrimiento ha terminado, que el final está cerca. Una sombra tapa ese rayo de sol que secó tu vestido y que ahora te permite abrir los ojos y mostrarles su belleza al desconocido. Y le ves.

Delante de ti, con su arco en la mano, te sonríe. No es más real que tu misión, ni más concreto que tu empresa, siempre has creído que sería la palabra la que te llevaría a un final deseado. Destino se ríe de ti y coloca a este desconocido a la sombra de tus ojos.

Brota la sangre de tu pecho, tu boca se torna bermellón y tus manos abandonan la madera para alargarlas hasta su rostro. Le pides que se acerque, le sonríes, le das confianza. Él se agacha hasta tu cara y coloca su oído en tus labios, sabe que dirás algo, tiene la curiosidad a flor de piel.

Él no espera a una guerrera, tan sólo a una víctima más de la locura de sus guerras. Confiado, deja caer el arco tras escuchar tu palabra y no se da cuenta de que tus manos se han colocado tras su cuello. Su boca se simetriza con la tuya, tus ojos torturan a los suyos y, en el momento más inesperado, sacas fuerzas de donde no las había, de donde siempre habías depositado la esperanza, en aquel rincón de cuentos y leyendas… y aprietas su cuerpo contra el tuyo.

Lentamente, la flecha se hunde en su pecho y vuestras bocas se juntan entre el rojo y la sal; sus manos se apoyan en la piedra, sin resistencia, sin mediar y las tuyas siguen abrazando al arquero hasta notar todo su cuerpo sobre el tuyo. Tu vestido se plancha, ya no hay caminos ni senderos, ahora hay paz.

Unidos los cuerpos, la flecha recorre ambos de corazón a corazón y una última palabra surge de la boca del desconocido que te hace sonreír. Ya no es suya, ni tuya. Ahora, es vuestra palabra. Podéis descansar en paz.

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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