De cómo desArMAR las brújulas de invierno

De cómo desArMAR las brújulas de invierno

Escrito por Esife el 24 septiembre, 2014

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Dices que eres frío, que no te gusta hablarle a la distancia de unos ojos que no puedes mirar, que sientes frío.
Desde que no estoy, desde que te obligué a olvidarme.
Pues bien,
yo sé qué es el frío mejor que el aire.
Me lo encuentro cada día, cada noche y cada vez que me acuerdo de tener que olvidarte, teniendo solo un edredón para taparme y poder salvarme, ya que el frío puede congelarme sin mi sur, aunque todavía no quiero dejar el norte.
Congela mis palabras, congela mis neuronas y no pienso, no creo, no siento.
Y es que así, no puedo hablar de ti.
 
No puedo hablar de las rosas, del café ni del invierno que pasamos, enredados entre sabanas de piel y huesos. Tampoco de cómo reían nuestros pies intentando calentarse con caricias bajo techo y con las mantas por el suelo.

Pero se nos hizo tarde y tú propusiste esperarme y yo me seguí yendo a ninguna parte. Allí no encontré nuestras mitades porque estaban rotas y fue culpa mía: yo las rompí. Fue culpa mía también no tener el pegamento suficiente para quedarme a arreglarlo.
Ahora cambia el pegamento por coraje.
Me da miedo prenderme con otras cerillas, me da miedo arder y consumirme, pero ardería una última vez más contigo si pudiese convencer al infinito para que se quedase.

Quise quererte y lo hice, quise tenerte y te tuve, tuve que dejar marcharte y lo hice. No me importó el infinito ni las rosas ni el café ni nuestros pies helados encontrándose en una de las camas de un piso con cuatro habitaciones para desArMAR, nueve ventanas de las cuales dos son puertas que dan a calles céntricas; ocho, puertas que chirrían al cerrarse si es que cierran; una, cocina sucia y desordenada; un aseo con orquesta en la ventana; y una terraza que da a la montaña en vez de al mar.

No me importó nada de eso,
porque me importaste tú.

Así que no puedo hablar de tenerte, porque ya no te tengo y no me gustaría tenerte, si te privo de tenerme entre tus brazos y pisando el mismo suelo. Y es por eso que gané consecuencias que no me apetecía acarrear, carga pesada en la mente, ninguna canción que hable de ti y nadie que me acaricie la espalda.
Aquí en el norte se me congelaron: pies, ideas y recuerdos, y tú que querías esperar todo el verano a que llegara el invierno…

Créeme, cambiaría mis pies fríos por tu verano
si tú
te pudieses quedar en mi invierno y ser mi norte,
siendo siempre
 sur.

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