Los palos que la vida no me da

Los palos que la vida no me da

Escrito por Dianogos el 22 septiembre, 2014

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A Beth

 

Todo domingo por la tarde tiene algo de reflexión. Suenan canciones que el sábado se barruntaban, pero no llegaban a definirse. Y es que no hay épica sin banda sonora, ni cámaras lentas sin protagonistas. Recuerdo las discusiones primigenias, las de toda la vida: este grupo sí, este otro no, para llegar a profundidades que provenían del fondo de las jarras de cerveza. Películas, libros, lugares en los que perderse, sonrisas a media distancia, miradas profundas.

Protegeré el tercer caparazón con un halo de superioridad moral; guiaré mis palabras hacia el rencor de lo incorrecto, la página perdida del guión de siempre. Contaré lo que nunca tuve que contar y me abstendré de comentarios al respecto, ejerceré de político sensato y mentiré sobre lo ocurrido. Hablaré de palos de otro, de lucernas sin encender, enterradas en su abismo.

Aprender de todos los palos, jugar a no reconocerse, a que no te importe. Establecer la distancia mínima tras el fracaso, lucir tu mejor sonrisa. Escribir frases ocultas en el cuaderno de la frustración, dibujar penes en los márgenes y patalear sin atender a la maestra.

Quiero hacer poesía sucia. Quiero sentir esa sensación de poeta bohemio, calado de humo y alcohol, de noches y bocas húmedas, de baños sucios donde apoyar las manos durante el coito. Quiero tirar mi sombrero al perchero desde la puerta y vomitar sangre tras la pelea inútil por aquella mujer de mirada penetrante y carmín “rosa puta”.

Pero cuando las miro, cuando leo todas esas palabras una detrás de otra, me ofusco y no me reconozco. No sé llevar bien las modas, no me quedo tranquilo vendiendo mis letras al postor de lo fácil. Pretendo ser sincero conmigo, no contigo, ni contigo. Es la única manera de saberme cuerdo. O triste. O desahuciado.

Así que renuncio por voluntad propia a ese beso furtivo en aquel portal, al encuentro con la femme fatale; a vómitos, folleteos, palabras de duro, miradas de blando, noches de bohemio sin control. ¿Por qué?

Porque merezco más que una cálida calada al amor, porque no creo en el de una sola noche; porque las mentiras me gusta decírselas al espejo y a nadie más.

Porque la recompensa es el fluir y no el chocar.

Así llevo yo los palos que la vida no me da.

 

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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